Suplemento especial: Debates de la izquierda popular

Por: Patria Grande | 23 de agosto de 2017

Continuamos con la publicación del suplemento “Debates de la izquierda popular”, una herramienta para promover la reflexión y la discusión colectiva de cara al conjunto de nuestra militancia y a quienes se referencian con nuestra construcción.  

Las notas que publicamos hasta ahora, y las que seguirán saliendo en los próximos números, se ordenan alrededor de tres grandes ejes generales de discusión: el balance de las experiencias políticas más recientes en Argentina y América Latina, sus limitaciones y posibles vías de superación; la caracterización de la nueva etapa política, las razones del triunfo de la derecha neoliberal; y la construcción de una nueva alternativa popular, sus vínculos con el acumulado, las propuestas y los liderazgos del kirchnerismo y de diversas expresiones peronistas y de izquierda que hoy se encuentran en la oposición.

Invitamos también por este medio a la militancia de PATRIA GRANDE a enviarnos sus aportes.

 

La unidad como estrategia urgente

Por Mariela Di Francesco y Julia de Titto

En nuestro corto recorrido como organización, pasamos de autonombrarnos como “izquierda independiente” a reconocernos en tanto “izquierda popular”. Pero los debates que no pudimos saldar más que formalmente en los sucesivos plenarios nacionales no sólo nos impidieron profundizar en las implicancias de asumir esa identidad que es una estrategia de poder y no una bandera o slogan, sino que nos dejaron muy retrasados respecto de lo que la situación política actual nos demanda. ¿Cuál es nuestro rol como parte del campo popular? ¿Qué significa “construir una experiencia superadora del kirchnerismo”? ¿Cómo damos respuesta hoy a estas preguntas, bajo un contexto que, innegablemente, nos sitúa en el desconcierto y la urgencia? Y lo más importante, ¿cómo caracterizamos en profundidad esta coyuntura y las opciones que nos damos para intervenir en ella?

Muchos y muchas confiamos en que este proyecto de izquierda popular apunta a avanzar en amalgamarnos con el movimiento nacional popular y su expresión mayoritaria en la actualidad (el kirchnerismo), comprendiendo que esa experiencia no se encuentra “enterrada en el pasado”: es lo que realmente existe y condensa los intereses de amplios sectores de nuestra sociedad, contrarios al proyecto neoliberal. Una nueva mayoría política y social es indispensable para pensar al socialismo del siglo XXI o cualquier transformación de fondo en nuestro país. No se trata, entendemos, de “no ser una izquierda gorila más” con intenciones de dialogar con ese sector, ni de autodefinirnos en base a nuestras diferencias con él. Muy por el contrario, además de abandonar las subestimaciones y enfocarnos en aquello que nos identifica, hay que ir mucho más allá, generando en la praxis nuevas experiencias enriquecedoras para el campo popular en general, que respondan a los intereses del pueblo. Eso, indudablemente, nos conducirá a fortalecer nuestra identidad e influencia.

Ese “generar en la praxis nuevas experiencias” incluye entre otras cosas las experiencias electorales que, por definición propia de nuestra organización, son una herramienta para intervenir en la realidad y disputar poder. Pero, además, debemos pensar y repensar lo electoral en función de cada contexto para definir el modo de afrontarlo. En esto tampoco pudimos saldar debates y lo que significa el “construir con”, para algunos y otros, remarcó aún más las diferencias.

Es evidente que algunos supuestos acuerdos vuelven a ponerse en discusión, en particular las cuestiones esenciales de caracterización: ¿Estamos o no frente a un cambio de etapa? ¿Es este un año bisagra? ¿Tienen o no importancia las elecciones legislativas? Nosotras creemos que todas esas preguntas se responden con un “sí”, que se reafirma y demuestra en los resultados de las PASO y en la responsabilidad que nos cabe frente a ellos. No se trata de meras muletillas vacías: son expresiones que nos dicen que hoy el ajuste y el saqueo dejan a millones de personas bajo la línea de pobreza, que nuestros derechos están cada vez menos garantizados por un Estado que busca aleccionarnos como militantes y como pueblo profundizando las desigualdades e instalando un nuevo modelo económico y cultural. En todo caso, si pensamos que nosotros no tenemos hoy una “gran incidencia” sobre este panorama, la salida no debería ser replegarnos sino enfocarnos en intervenir cada vez más.

Se vuelve urgente repensar tanto los esquemas bajo los que leemos la realidad como el sentido de nuestra militancia. No será suficiente “militar mucho más” y redoblar esfuerzos si no hay un lineamiento claro y consecuente con la generación de una política de masas. Desde ya, no se hace política de masas sosteniendo debates y dinámicas dirigidas a nuestro ámbito interno. Tampoco poniendo como prioridad la construcción y acumulación propia, como si eso fuera un fin en sí mismo y “engrosarnos” por sí sólo nos garantizara “torcer correlaciones de fuerza”. Menos aún replegándonos en las construcciones sectoriales a la espera de algo que no sabemos qué es ni cuándo ocurrirá. La acumulación de fuerza propia y la búsqueda de obtener pisos de mayor amplitud para construir con otros no solamente no son contrapuestas, sino que en la amplitud reside la clave para garantizarnos una mayor fortaleza, en este momento crucial.

No podemos sentarnos a esperar. El macrismo es gobierno hoy. Y atender a esta urgencia no significa tener una visión de corto plazo ni ansiosa. Es estar dispuestos a que sean los mensajes de nuestro pueblo los que orienten nuestra política. Es dar un paso adelante, hacer un aporte hacia la construcción de un futuro de mayor unidad donde el proyecto de largo plazo debe ser asumido por el campo popular en su conjunto.

Por todo eso, nos resultó muy poco serio que a la hora de explicitar nuestras diferencias, la conducción de nuestra organización haya hecho referencia a “los tiempos de la organización” por un lado y “los tiempos de la realidad” por el otro. Los primeros, obligatoriamente, tienen que ser los segundos, si es que es la realidad lo que queremos transformar en primer lugar.

Cambia la etapa, cambian las tareas

Es de vital importancia no subestimar el cambio de etapa política para ordenar nuestra militancia. Caracterizamos en varias oportunidades que se trata del “intento de una fuerte modificación de la relación de fuerzas entre las principales clases sociales como parte de una ofensiva empresarial, de un cambio en la política del aparato represivo y las fuerzas de seguridad, en la orientación de la política exterior y en el propio rol del Estado en la sociedad, entre otros”. A esto es necesario sumar la ofensiva regresiva en el plano simbólico y cultural que, lejos de ser mero reflejo de la situación económica, constituye buena parte de las condiciones de posibilidad para una derrota popular y el desarrollo del plan neoliberal. La disputa por los derechos humanos y las políticas de memoria, verdad y justicia son un claro ejemplo.

También decíamos que la estrategia de los sectores dominantes era consolidar un bipartidismo conservador en el sistema político que dé por tierra con la “desprolijidad” populista, para lo cual, entre otras cosas, necesitan “aislar y relegar a Cristina y a los sectores del kirchnerismo que se mantengan leales a su liderazgo”. Por eso, es preciso entender los resultados de las PASO del 13 de agosto sin caer en impresionismos derrotistas, y analizarlos desde las categorías y el enfoque que elaboramos nosotros y nosotras. El ajustado triunfo pero triunfo al fin de CFK en la provincia de Buenos Aires (que, de todos modos, no opaca el triunfo a nivel nacional de Cambiemos) atenta contra los objetivos de las clases dominantes y, por el momento, mantiene abierto el desenlace.

Como militantes, debemos asumir que nuestras lecturas tendrán consecuencias a la hora de encarar las tareas de esta etapa, que parece consolidarse. Si queremos contribuir a entorpecer el proyecto neoliberal, en las condiciones actuales, urge preguntarnos qué haremos de cara a octubre ante el escenario aún abierto respecto de la candidatura de CFK. Si buscamos formar parte de una izquierda no testimonial, dogmática ni ensimismada y poner nuestra militancia en función de asestarle un golpe al proyecto de los sectores dominantes argentinos e internacionales, se impone la necesidad de aportar a la conformación de un gran frente político y social antineoliberal con vocación de mayorías.

Es un deber del campo popular en general salir de los maniqueísmos, mezquindades y ombliguismos. Nuestra organización no está exenta de esa responsabilidad, que implica por sobre todas las cosas empezar a escuchar más y mejor a nuestro pueblo.

 

Kirchnerismo, peronismo e izquierda popular

Por Lautaro Rivara

Hemos escuchado que el kirchnerismo es el peronismo del siglo XXI (o incluso su actualización superadora). Se dice así, livianamente, trazando una voltereta histórica de difícil justificación. Creemos, en cambio, que el kirchnerismo fue un proceso de “alvearización” del peronismo histórico, es decir, una actualización de menor radicalidad programática y con menor arraigo popular respecto de su antecedente histórico. El impulso al encuadre masivo en las organizaciones sindicales y partidarias, en vez de reactualizarse en los sujetos de la economía popular, auténticos descamisados del siglo XXI, fue reemplazado por el protagonismo expectante de ciertas clases medias. Se dio lugar así a la explosión del fenómeno progresista que se expresó en “las plazas de las resistencia”, en las que sólo un nostálgico podría ver un reflejo de la heroica resistencia peronista. De hecho, creemos identificar la profundización de este proceso desde 2011 hasta la conformación de Unidad Ciudadana. Podemos mencionar como hitos el distanciamiento de buena parte del movimiento obrero organizado, la fractura inducida de las centrales sindicales y el cambio de rumbo de algunas organizaciones de base territorial durante años vinculadas al kirchnerismo. Se consolidó así una especie de “despopulización”, una tendencia a interpelar privilegiadamente a una ciudadanía abstracta, sin valerse de las típicas mediaciones militantes de las organizaciones territoriales y sindicales tan características del primer peronismo y de los procesos más avanzados de la región.

El kirchnerismo implicó, parcialmente, la concreción de una vieja fantasía: la de un peronismo sobrio, sin desborde popular. Por eso, un intelectual orgánico al proceso como Eduardo Rinesi puede hablar orgullosamente del carácter liberal-republicano del kirchnerismo y de su moderación cívica, cuando el anti-liberalismo fue un aspecto progresivo del peronismo histórico. Intuimos en el kirchnerismo una exagerada confianza en las instituciones y un profundo recelo respecto de la movilización popular. Y también una negativa a tensionar los límites de la democracia formal cuando estos no permiten dar batalla a los poderes fácticos de corporaciones como la agraria, la judicial o la mediática. Algo muy distinto, en suma, a lo promovido por referentes como Cooke, Olmedo o Walsh, siempre preocupados por patear el tablero.

Si queremos empalmar lo mejor de las tradiciones de izquierda y de las nacional-populares, primero debemos coincidir en cuáles son esos elementos a religar. Y, para ello, debemos conocer la historia de las organizaciones revolucionarias que nos antecedieron en el intento de reconciliar al nacionalismo popular y a una izquierda trágicamente divorciadas desde la década del cuarenta, cuando el peronismo era la identidad política activa y claramente mayoritaria de nuestro pueblo. Pero las identidades no son eternas, y nuestro pueblo se liga a ellas con cierta astucia. La confirmación de la tesis ‘duranbarbista’ que afirmaba que un partido incontaminado de peronismo podría alcanzar una mayoría electoral es un hecho que parte en dos nuestra historia nacional. Para la sorpresa de todos, el liberalismo químicamente puro del PRO se alzó con el triunfo. Esto nos lleva a la conclusión de que lo que fue una lectura precisa entre la década del cuarenta y del setenta respecto de la progresividad intrínseca del peronismo (y, más aún, de la posibilidad de disputar sus estructuras, hoy mucho más anquilosadas que entonces) puede ser de una ceguera imprudente en este nuevo siglo. Todavía más si extrapolamos procesos históricos y no adecuamos nuestras estrategias a las nuevas realidades.  

Las tácticas frente al peronismo fueron innumerables: la interpelación externa, la confluencia orgánica, el entrismo, etc. Debemos estudiarlas y sacar nuestras lecciones. No se trata de inventar la pólvora, sino de disparar con puntería. Y esa puntería demanda la construcción de correlaciones de fuerza. De lo contrario, pueden repetirse errores, como los de las organizaciones que adoptaron una estrategia integracionista ingenua. Como silenciosos apéndices del FPV se demostraron incapaces de traccionar ninguna medida de cierta radicalidad, diluyéndose por completo en la más obsecuente de las posiciones. Estas correlaciones de fuerza implican dar saltos en nuestra inserción popular y adquirir un protagonismo destacado en los procesos de resistencia antineoliberal. Izquierda popular no puede significar que nosotros ponemos las buenas ideas y que el pueblo lo ponen los otros. El sustitucionismo de clase media es un viejo vicio de la izquierda argentina, y también con él debemos ajustar cuentas. No alcanza la lucidez ni tampoco el voluntarismo para sostener la llama de posiciones revolucionarias en el paraguas de un gran y contradictorio movimiento nacional todavía por constituirse. ¿Por qué habríamos de conducir, o siquiera incidir, en un proceso de estas características?

El otro punto central para construir correlaciones de fuerzas concierne a la claridad ideológica y la formación política. Es eso lo que explica cómo minorías compactas y bien organizadas pueden masificarse en coyunturas de alza de la lucha de masas, y traducir eso en mayorías electorales. Este fue el devenir del proceso boliviano y venezolano, lejos de las fantasías de quienes imaginan una acumulación electoral lineal que nos hará colocar primero un diputado, luego alcanzar una intendencia y finalmente conducir el aparato estatal sin la mediación decisiva de la movilización popular y sin las oportunidades habilitadas por la coyuntura nacional y global.

La amplitud táctica requiere de un “dogma ideológico” como el que demandaba Mariátegui, entendido como un piso común de acuerdos teóricos y estratégicos. La izquierda popular no puede ser un pastiche, pura apertura a elementos contradictorios que no buscan ni encuentran su síntesis. Debe apropiarse críticamente del programa del peronismo histórico, retomar sus mejores elementos, abandonar el lastre de sus fatales limitaciones (si fuimos derrotados es porque existieron), y construir un sendero propio. Y asumir la existencia de otras tradiciones nacionales como el federalismo, el cristianismo popular e incluso de organizaciones de izquierda que alcanzaron a construir una inserción popular de masas. Debemos recuperar la centralidad leninista de la formación, tan desatendida por nuestra organización. De lo contrario, de no confrontar monolíticamente las tendencias centrípetas de esta coyuntura, la dispersión, el yerro o la claudicación estarán a la vuelta de la esquina.

 

Tres debates dentro de la izquierda popular

Por Adrián Lutvak

En este artículo, proponemos ordenar los núcleos de debates en tres puntos que creemos centrales:

  1. Histórico: izquierda y peronismo
  2. Caracterización de la etapa actual y sus tareas
  3. Metodológico: ¿Qué significa ser de izquierda en el siglo XXI?

1) La izquierda argentina tuvo, principalmente, dos caminos después de la irrupción del peronismo. Las corrientes de izquierda liberal, como en su momento el PC o actualmente el trotskismo, se ubicaron como antiperonistas y definieron que su estrategia consistía en lograr que las masas rompan con ese movimiento. La otra corriente histórica es la que se ubicó dentro del campo nacional popular y apunta a su radicalización hacia un horizonte socialista.

Las experiencias de izquierda peronista en los años setenta fueron las mayores expresiones de masas de la izquierda en la historia de nuestro país, llegando a organizar a millones de personas y accediendo a espacios de poder significativos, aunque por poco tiempo. Esas organizaciones, al igual que toda la generación de los setenta, fueron derrotadas y ese balance es un debate en sí mismo, pero no dejan de ser las experiencias más importantes que tenemos.

Existen cientos de grupos y corrientes de izquierda que se ubicaron por fuera del campo nacional y popular con vocación de diálogo e interpelación al peronismo pero fueron marginales en términos históricos. También existen otras tantas experiencias de izquierda que apuntaron a la confluencia con ese sector, perdieron potencial transformador y fueron asimiladas por el peronismo o derrotadas. No existen garantías.

El primer núcleo del debate que nos interpela como PATRIA GRANDE tiene que ver con cómo pensar un proceso de emancipación de nuestro país y cuál debe ser la relación entre la izquierda popular y el peronismo.

2) El kirchnerismo es la expresión mayoritaria dentro del peronismo en el siglo XXI y evaluamos también que es la expresión actual más progresiva del mismo. A partir de 2008, con la ruptura con sectores del agro y el Grupo Clarín, empezó una mayor radicalización en la que abandonó la perspectiva neodesarrollista para tomar una orientación de características “populistas”.

Desde ese momento, se presentó la polarización entre dos bloques sociales que luego fue caratulada como “la grieta”. Esa disputa se mantiene hasta la actualidad y en los momentos de mayor agudización de esas contradicciones es cuando más llegada tuvo la postura de la izquierda popular, como en el balotaje de noviembre de 2015. Mientras la polarización esté vigente, la posibilidad más allá de la utilidad política de proyectar un espacio a la izquierda del kirchnerismo es muy reducida o se circunscribe a algunos territorios específicos.

El kirchnerismo forma parte de un abanico de experiencias populares que surgen del ciclo de ascenso popular que se le puede poner punto de inicio en el año 1998, con el triunfo electoral de Chávez. Ese ciclo de ascenso llegó a su agotamiento por modificaciones en el precio de las materias primas a nivel mundial, por la muerte del referente indiscutido de estos procesos, por límites políticos y económicos que impidieron superar condiciones estructurales, entre otras razones.

De todas maneras, en Bolivia y Venezuela, los países en los que los procesos de cambio fueron “refundacionales” y más profundos, siguen en pie gobiernos populares y procesos que, a pesar de los ataques constantes que sufren, están vigentes.

La tarea de analizar en profundidad los errores que llevaron a las recientes derrotas y/o retrocesos es de primer orden. Pero una situación defensiva no tiene que llevarnos a un proceso de retirada o refugio. Un empeoramiento de las condiciones de vida de nuestro pueblo puede volver a hacer renacer los discursos que ponen por encima las luchas sociales por sobre la política electoral, que quieren reflejar en el terreno electoral las resistencias sociales de manera mecánica o que ven lo “puro” en la lucha social y ven como algo oscuro y perdido lo electoral.

El segundo núcleo de debate es cuáles son las tareas de la etapa actual. Hay un acuerdo extendido que hay que superar al kirchnerismo y, en general, los errores de las experiencias del ciclo anterior. Pero si la caracterización es que hay una derrota de los sectores populares que todavía no se consumó y debemos evitar, entonces debe primar el aporte de la izquierda popular a la unidad para frenar el neoliberalismo y proyectar una superación en el trajín de esa tarea.

Esto también tiene que ver con la imposibilidad a corto plazo de reemplazar o superar los liderazgos de Lula y Cristina y, más allá del debate sobre sus limitaciones, es necesario confluir con estos referentes mientras estén claramente encabezando la oposición al neoliberalismo y la construcción de una opción política que intente derrotar a la derecha.

3) El tercer debate señalado como metodológico tiene que ver con el significado de ser de izquierda en el siglo XXI y en particular en Argentina. Existe un problema histórico de dogmatismo en la izquierda: como la realidad no se acomoda a los esquemas preexistentes, entonces se vive en la marginalidad.

En este contexto histórico en concreto, significa esperar que el kirchnerismo sea derrotado y marginalizado para poder emerger como experiencia política de masas. Pensar que un espacio político como la izquierda popular “tiene derecho a existir” en sí misma, más allá de las necesidades de nuestro pueblo, tiene también ese peligro ombliguista.

La experiencia de PODEMOS, nutriéndose de insumos latinoamericanos, retoma fuertemente el concepto de la utilidad de una política emancipatoria y creo que es fundamental. El sistema necesita una izquierda inútil, sectaria, anclada en sus banderas y su simbología, divorciada o distanciada con las experiencias nacionales y populares, que espere indefinidamente una mayor agudización de las contradicciones de clase para esperar a la acción.

Ser de izquierda o revolucionario no se puede medir por cuánto se usa la palabra “socialismo” en un discurso o cuánto se cita a determinados autores marxistas. Ese esencialismo de izquierda proponemos que sea abandonado. La izquierda que sirve hoy es la que aporta concretamente al triunfo de los intereses populares y promueve en sus acciones el fortalecimiento de una alternativa emancipatoria.

Si lo que más le sirve a nuestros pueblos en este momento es que las experiencias progresistas, “populistas” y de izquierda posneoliberales no sean derrotadas y puedan retomar impulso evitando la consolidación de la derecha en nuestro continente, entonces ese debe ser el lugar de la izquierda popular y no puede estar la pretensión teórica o analítica de la necesidad de construir un espacio político propio por fuera de esa disputa.

 

Contrapuntos y desafíos en una hora difícil

Por Andrés Scharager

Las organizaciones populares venimos protagonizando, desde el año pasado, una inédita seguidilla de movilizaciones y las dificultades de Cambiemos para relanzar la economía han dado lugar a un creciente malestar social. En este marco, las PASO generaron la expectativa de que la resistencia al ajuste pudiera tener un correlato electoral lo cual significaría, en última instancia, una incapacidad del gobierno de consolidarse de cara a 2019.

Sin embargo, el macrismo dio pruebas de su legitimidad al vencer en históricos bastiones del justicialismo y, con su capacidad de dar pelea en la mayoría de las provincias –incluida la de Buenos Aires–, demostró su vigencia política. En otras palabras, las PASO mostraron que persiste la tendencia a la consolidación de la derecha en nuestro país. Queda por verse cuánto se reacomodarán las fichas en el camino hacia octubre, pero no caben dudas de que Macri salió fortalecido y de que son pocos los indicios de que Cambiemos no haya llegado para quedarse. Pero tampoco hay señales inamovibles en el sentido contrario. Las luchas políticas y sociales preceden y suceden a las elecciones, aunque no siempre surtan el efecto que nos gustaría que tengan en los resultados.

Cambiemos

Desentrañar el significado del voto a Cambiemos es una tarea clave, ligada a la necesidad de analizar qué tan profundamente está arraigado el viraje actual, no sólo en el sistema político, sino también en la conciencia popular. Las respuestas son complejas y seguramente inabarcables al calor del contexto electoral. Pero sí, por lo pronto, debemos desechar los esencialismos: ningún pobre nace facho. A su vez, es necesario evitar toda explicación que se escude en el carácter de clase del voto: será un gobierno para los ricos, pero no es un gobierno de los ricos solamente.

Cabe entonces preguntarse: ¿por qué en pleno proceso de ajuste y resistencias sociales Cambiemos logró una elección exitosa, incluso en la provincia de Buenos Aires? He aquí dos posibles respuestas, apenas provisorias y aventuradas. En primer lugar, el liderazgo de CFK, evidentemente, no canaliza de forma tan plena y natural un sentimiento antineoliberal ni se ha logrado incorporar bajo el paraguas de su figura al conjunto de los afectados y afectadas por el ajuste. Dicho de otro modo, buena parte de quienes le dieron la espalda al kirchnerismo hace algunos años tampoco ahora se sintieron atraídos por la convocatoria de CFK a “ponerle un freno al gobierno”. Más bien, muchos se volcaron a alternativas por derecha o depositaron sus expectativas en el propio oficialismo. En tal contexto, desentrañar el verdadero “sentido del momento histórico” se vuelve una tarea por demás desafiante, por más certezas que tengamos respecto de que su victoria era y sigue siendo importante para darle un golpe al gobierno.

En segundo lugar, las organizaciones sociales y la militancia popular tendemos a ensimismarnos en un microclima. La fuerza social organizada en la Argentina cuenta con una gran capacidad de resistencia, e incluso de marcar la impronta de la agenda pública, pero nos hallamos relativamente dislocados por el modo en que buena parte de la clase trabajadora y los afectados y afectadas por las políticas de ajuste perciben la vida política. Podemos gritar a cuatro vientos que voten a Unidad Ciudadana, al FIT o a PATRIA GRANDE, pero ya lo sabemos la realidad es más fuerte que el voluntarismo de nuestras campañas políticas. Debemos seguir agudizando nuestra inteligencia para crear propuestas electorales atractivas y, a su vez, multiplicar nuestras construcciones de base, profundizar nuestra inserción en la conflictividad y redoblar los esfuerzos por generar mayor influencia ideológica. La principal tarea pendiente es empalmar no tanto con determinada fuerza política sino, en definitiva, con nuestro pueblo.

Patria Grande

Es difícil tener certeza de que estemos ante un cambio de etapa en nuestra región: ¿la ofensiva neoliberal es apenas un accidente de la historia una anomalía reversible en el corto plazo, o se está inscribiendo como ciclo político de largo alcance? ¿Sobrevendrá en lo inmediato un nuevo ciclo de conquistas populares o estamos a las puertas de un repliegue extendido?

Sea cual fuera el escenario, estamos ante una hora difícil y es probable que no existan demasiados atajos. Todas las tareas que se vienen van a ser infinitamente más difíciles si no las encaramos con perspectivas de unidad: no sólo con tal o cual liderazgo político, sino también hacia el interior de la propia izquierda popular, que no tuvo un buen resultado electoral pero tampoco es un espacio plenamente constituido aún. Tenemos que procesar y sacar lecciones de jornadas como la del 13 de agosto ya que tenemos como tarea urgente trazar coordenadas estratégicas para esta etapa. Lo profundo de los debates que enfrentamos requiere la más alta moral militante posible. Siempre es bueno recordarlo: las PASO fueron un baldazo de agua fría, pero el gobierno no la tiene sencilla porque, aunque no ganemos elecciones, sabemos dar pelea.

Chávez

Venezuela es otra cara de la ofensiva de la derecha a nivel continental, así como de los propios dilemas de la izquierda. La conformación de la Asamblea Nacional Constituyente le ha dado un respiro a la Revolución Bolivariana, pero no hay grandes señales de salida a la profunda crisis económica. Sin embargo, a pesar del desgaste del gobierno y del empeoramiento de las condiciones de vida, los sectores populares no responden a los llamados de la burguesía. Contra todo pronóstico, el chavismo resiste y permanece abroquelado detrás de Maduro.

El clásico y barroco Marx fue de los primeros en decirlo, y sigue teniendo razón: la dominación social se sostiene, en última instancia, gracias a que la clase trabajadora vive el mundo a través de las categorías de la clase dominante. Por eso, el ajuste no cataliza de por sí un rechazo subjetivo. Y esto se agudiza cuanto menos claros son los diagnósticos político-ideológicos en base a los cuales se apunta a conformar mayorías. Al igual que en la Cuba del “período especial”, cuando todo parecía derrumbarse, el pueblo venezolano tiene una gran conciencia de lo que allí está en juego y ese, acaso, sea uno de los mayores logros de Chávez: haber convencido al pueblo de que su propio destino no está ligado a la batalla contra un candidato, un partido o una corporación, sino contra el propio capitalismo.

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