25 de mayo: la revolución es un sueño eterno

Por: Damián Finucci | 24 de mayo de 2017

Pocos son los países que se jactan de haberse construido sobre la base de una revolución. Sin embargo, cabe siempre preguntarse: ¿fue el 25 de mayo de 1810 una revolución? Si la respuesta fuera afirmativa, quizás la siguiente pregunta sería: ¿qué revolución fue? Y, por qué no, finalmente, preguntarnos: ¿quién ganó?

La historia clásica acerca de los hechos del 25 de mayo de 1810 tiende a poner su foco en una mirada mono-causal ligada, principalmente, a la invasión de Napoleón Bonaparte a España. A raíz de esto fue que Fernando VII tuvo que ceder el trono a José Bonaparte, hermano mayor de Napoleón. Eso, según la historiografía clásica, habría provocado un vacío de poder que, tras la caída de la junta de Sevilla, dio espacio a poder plantear que la soberanía volvía a manos del pueblo y con ello la posibilidad de auto-determinarse.

Algunos otros historiadores e historiadoras plantean que hay que llevar el foco a un plano  regional-mundial: la Revolución de Mayo no podría entenderse disociada de la guerra de independencia estadounidense ni de la Revolución francesa ya que ambas dieron elementos para la acción política de los criollos: la sucesos en norteamérica habrían aportado las cuestiones ligadas a la necesidad de una constitución mientras que la revolución europea habría otorgado los lineamientos prácticos para llevar adelante la legitimidad política y la soberanía popular.

Tanto el intento de interpretar la realidad a través de una única causa como a través de la acumulación interminable de circunstancias puede llevarnos a perder de eje el rol particular que tienen quienes deciden escribir la historia a partir de sus acciones. En definitiva, podríamos decir –parafraseando a otro revolucionario de algunos varios años después– que “revolución es sentido del momento histórico”.

Hubo un 25 de mayo porque hubo un 22

Omitir los días previos al 25 de mayo es algo muy común de la historiografía liberal y tradicional que busca eliminar los elementos más disruptivos de la Revolución de Mayo. Durante mucho tiempo, se habló de la lluvia y los pastelitos pero siempre faltó ver el costado militante y popular. En ese aspecto definitorio para la suerte de mayo aparecerán personas decididas a pagar con su vida el precio que demandó la historia. Una de ellas será Juan José Castelli, quien tuvo un rol incesante durante esos días al coordinar los diferentes actores que concurrieron a la actual Plaza de Mayo para exigir la realización de un cabildo abierto que barriera con los españoles en el poder.

Sin embargo, ese intento fracasará estrepitosamente el 22 de mayo: mientras afuera se exigía la remoción de las autoridades, en el interior del cabildo, y tras 15 horas de deliberación, se conformaba una nueva junta de gobierno de la que el virrey Cisnero sería el presidente. En definitiva, cambiar para que nada cambie. Ese mismo día, tanto Cornelio Saavedra como Castelli renuncian y organizan todo para llegar con una movilización al 25 de mayo y con una propuesta concreta para el nuevo gobierno patrio.

Si ves el futuro, dile que no venga

Juan José Castelli –quien fuera denominado “el orador de mayo”– muere dos años después de realizada la revolución a raíz de un cáncer de lengua que lo dejó fuera de condiciones de poder defenderse del juicio al que fuera sometido. Acusado de haber sido un político cruel y sanguinario, recibirá la defensa de unos pocos hombres que compartían sus ideales y será enterrado sin honras oficiales en las cercanías de la iglesia de San Ignacio, en la Ciudad de Buenos Aires.

La Revolución de Mayo, sin duda, es un hito que marca el devenir de un proceso que logrará la independencia recién el 9 de julio de 1816. En esta línea, reflexionar sobre estos hechos es siempre una oportunidad de repensarnos en el presente para ir en búsqueda de un futuro mejor. Al respecto, Andrés Rivera escribe una reflexión que no está de más guardar en algún costado de la memoria: “por último, Castelli sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado. Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.”