A 100 años de la Revolución Rusa

Por: Manuel Martínez | 08 de noviembre de 2017

El 7 de noviembre de 1917 (en el calendario ruso de la época fue el 25 de octubre) la revolución, que venía desarrollándose desde febrero de ese año, dio un salto de calidad con la toma del poder por parte de la la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Apuntes y debates vigentes hoy sobre un episodio extraordinario.   

Su estallido dividió al mundo en dos; más aún, dividió el imaginario social sobre el mundo en dos. Por un lado, el mundo existente con sus desigualdades, explotaciones e injusticias; por otro, un mundo posible, de igualdad, sin explotación, sin injusticias: el socialismo. Sin embargo, eso no significó la creación de un mundo nuevo alternativo al capitalista, sino el surgimiento, en las expectativas colectivas de los subalternos del mundo, de la creencia movilizadora que era posible alcanzarlo.
Álvaro García Linera, “¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución en nuestros tiempos”, La Paz, 2017.

Efectivamente fue así. Sucedió hace 100 años, cuando el capitalismo había ingresado en su “fase superior”, es decir, en su ciclo imperialista que avanzaba sin detenimiento sobre el mundo desde los países centrales hacia su “periferia”. Ese avance nunca fue pacífico, no podía serlo por la naturaleza misma del capitalismo; fue arrollador, implacable, contenía grandes disputas entre las potencias que buscaban hacerse de los mercados y del dominio del mundo. Esas disputas entre las potencias industriales y militares de principios del siglo XX dieron lugar a la Gran Guerra –luego llamada Primera Guerra Mundial– que castigó duramente a Europa entre 1914 y 1918: de un lado Alemania, Austria-Hungría y también el Imperio Otomano y Bulgaria; del otro, el Reino Unido, Francia, el Imperio Ruso y también Japón y Estados Unidos. En esa guerra, con una tecnología militar muy inferior a la que existe en la actualidad, se calcula que perdieron la vida más de nueve millones de combatientes y siete millones de civiles. Marcó el inicio del siglo pasado, pero también agregó otra de sus marcas distintivas: el inicio de un período de grandes revoluciones sociales. La primera de ellas fue la Revolución Rusa de 1917.

El inmenso Imperio Ruso, cuyo territorio era euro-asiático, combinaba el impulso del desarrollo capitalista con un régimen autocrático especialmente insoportable para la mayoría campesina y para la diversidad de nacionalidades y pueblos dominados por el zarismo. La fundación de San Petersburgo –o Petrogrado– en 1703, concebida por Pedro el Grande como “ventana hacia el mundo occidental” y convertida en capital, puede decirse que expresó esa política de modernización. En 1861, el zar Alejandro II abolió la servidumbre, es decir, los “derechos” de los terratenientes sobre los siervos. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo en Rusia –estudiado cuidadosamente por Lenin en 1899– nunca significó que el régimen zarista cambiara su esencia absolutista al basarse en el poder de una nobleza retrógrada y de la Iglesia Ortodoxa. Entrado el siglo XX, la Rusia de los zares seguía estando muy atrás de las potencias europeas: era “el eslabón más débil” de la cadena imperialista y, en tales condiciones, se introdujo en la Gran Guerra. Esa participación significó enormes penurias para los pueblos del Imperio, devastación y hambre. Rusia llevó la peor parte, particularmente por el asedio alemán. Pero, además, su debilidad era producto del rechazo histórico de esa mayoría campesina al zarismo. A diferencia de otros países beligerantes, no había en Rusia un sentimiento nacional mayoritario que movilizara a la población a favor de la guerra. Las tropas de campesinos y obreros sentían que iban a los frentes de batalla en defensa de sus opresores. Este fue el contexto en el que la agitación revolucionaria caló hondo, de manera singular, para producir el quiebre histórico de ese “eslabón” en 1917. Esa agitación, que también se hacía sentir en los frentes de batalla, reclamaba “Paz, pan y tierra”. Demandaba el fin de la guerra, proponía que los soldados rusos y alemanes dejaran de matarse en las trincheras y “dieran vuelta su fusil” contra los opresores de un lado y del otro.

Apuntes para el debate

1. Si bien el antecedente había sido la revolución de 1905, en la que el pueblo consiguió algunas libertades, en 1917 se vivió plenamente “el momento plebeyo” –en palabras de García Linera– y se produjo la primera gran ruptura de esa cadena de explotación y opresión impuesta por la “fase superior” del capitalismo. Entre febrero y octubre de ese año, Rusia vivió un proceso continuo de revolución que derrocó al zarismo, a la nobleza, a la Iglesia Ortodoxa y también a la burguesía modernizadora. Los poderes fueron arrasados por una incontenible insurgencia que había acumulado fuerzas en las fábricas de las ciudades, en diversos rincones rurales del Imperio, pero también en la intelectualidad y en el arte. Vivió la revolución de los Soviets, de esos consejos de obreros, campesinos y soldados que agrupaban a una vanguardia plural, enfrascada en múltiples debates teóricos y políticos, que empujaba y que era empujada por la marea revolucionaria.

En este centésimo aniversario, podemos desdoblar la revolución en dos “momentos” concatenados: el de febrero (marzo en el calendario actual), cuando fue echado del poder el zar Nicolás II; fue un levantamiento iniciado por las mujeres, en especial las trabajadoras textiles, que sumaron a los metalúrgicos y a otros sectores. La moderna ciudad de San Petersburgo, la más europea de Rusia, daba así la primera campanada de aquel 1917. Surgió, entonces, un gobierno provisional que estuvo lejos de satisfacer las demandas populares, en especial de poner fin a la guerra. Desde entonces hasta octubre (ahora noviembre), los Soviets alcanzaron su mayor desarrollo como organismos de poder de los de abajo. La energía revolucionaria, finalmente, llevó al segundo momento, cuando los desposeídos, explotados y explotadas se empoderaron sin titubeos y reconocieron como dirección política a la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso liderada por Lenin y a la cual se había sumado Trotsky.

Más allá de este recuento sumario, corresponde anotar que ambos “momentos”, en especial el segundo, fueron la expresión más alta de una larga acumulación de fuerzas revolucionarias. El propio Lenin dijo que la Revolución Rusa era el resultado de, por lo menos, 50 años de lucha con diversas expresiones. Esto remonta los acontecimientos de 1917 a una sucesión de luchas, con ascensos y retrocesos, desde las tres últimas décadas del siglo XIX. Nos remite a la idea de Rosa Luxemburgo de “la revolución como proceso”, con lo cual debemos enmarcar esos “momentos” como los puntos más altos de ese “proceso”. Las luchas campesinas, no siempre reconocidas en todo su heroísmo, e incluso ignoradas por una visión obrerista de la Revolución Rusa, estuvieron presentes en todas esas décadas. Las luchas obreras también, desde luego, al expresar tal vez lo más avanzado de la revolución. Pero es preciso señalar que por sí solas no hubieran podido lograr el triunfo, más aún cuando la clase obrera era minoritaria. Este señalamiento, posiblemente polémico, no nos parece menor. El populismo ruso –al margen de que la palabra “populismo” sea hoy denostada por derecha e izquierda– jugó un rol central en la acumulación de fuerzas que condujeron a la revolución de 1917; sin duda alguna, fue parte activa del proceso revolucionario. Puede debatirse su ideología y sus prácticas, incluso terroristas, pero sería un craso error considerarlo secundario y, más aún, ajeno a la grandiosa revolución que estamos comentando. “Yendo hacia el pueblo”, de ahí su nombre, fundaron su primera organización: Tierra y Libertad (naródniki), en los años 1860. Se proponían una suerte de “socialismo agrario” basado en una federación de entidades económicas autónomas que sustituiría al Estado. Estas ideas se emparentaban con el anarquismo ruso, que también tuvo un rol destacado y polémico en todo el proceso. El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso fue fundado a fines del siglo XIX y asumió el marxismo como su teoría; muchos de sus referentes provenían del populismo. Su división entre bolcheviques y mencheviques se la consideró como ruptura entre revolucionarios y reformistas. Los bolcheviques, sin duda, jugaron un rol central y decisivo en los acontecimientos de 1917, pero, mirando todo el proceso, no fueron el único sujeto político protagonista. Buscando un balance ya histórico, la comprensión de esta diversidad contribuye mucho al repaso de aciertos y errores de esa revolución y de sus pasos posteriores.

2. Antonio Gramsci publicó un artículo en el periódico socialista Avanti (Milán, 24.11.1917) con un título provocador que hacía referencia a los acontecimientos rusos de ese año: “La revolución contra El Capital”. Citamos un pasaje: “Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico”. Ciertamente fue así. La Revolución Rusa, surgida de las entrañas de la sociedad profunda, no sólo no esperó las condiciones socio-históricas planteadas por Marx, también desafió al marxismo a recrearse. Aquí corresponde señalar con fuerza la importancia de la política colocada en “el puesto de mando”, como diría Lenin. Pablo Iglesias (Podemos, Estado Español), al referirse a esta revolución, habló del “genio bolchevique”, es decir, de ese talante audaz que rompió con todos los esquemas existentes en el marxismo europeo de la época. Lenin y Trotsky, junto con todas las personalidades y organizaciones que se hicieron cargo de la gran ruptura que la revolución estaba provocando, no se detuvieron ante esos “cánones del materialismo histórico”, comprendieron que había llegado la hora de dar el salto, que toda la acumulación revolucionaria de décadas podía dar ese paso ante la inmensa crisis social y la debacle política en la que se encontraba Rusia en medio de la Gran Guerra y de las penurias del pueblo. ¿Qué quiere decir esto? Que el “momento plebeyo” puede realizarse exitosamente, por lo menos en tanto tal, si existe una conducción política, incluso relativamente hegemónica, como eran los bolcheviques. Y que, en tales circunstancias, la aplicación de una política de ruptura con el orden establecido, con la participación suficiente y necesaria del pueblo trabajador, del campesinado y de la intelectualidad, puede dar lugar al surgimiento de algo nuevo y diferente en el que las mayorías puedan intentar forjar su propio destino. Así fue. Así sucedió hace 100 años. En este sentido, la Revolución Rusa fue una reivindicación de la política con todas sus letras. Pasó a la historia con todas sus luces y sombras, ensayó una transición al socialismo que finalmente no fue posible sin el desarrollo de la revolución a escala internacional, en particular en los países centrales de Europa. Venció en la guerra civil a la contraofensiva de esas potencias, retrocedió incluso en sus índices económicos respecto del zarismo, generó una inmensa burocracia, etc. Todo esto es cierto, pero ha pasado a la historia como el primer gran intento de refundar una sociedad sin propiedad privada de los medios de producción. Parece poco respecto del horizonte socialista pero es mucho, muchísimo, como cantera de lecciones para nuestros pueblos.