A la cárcel no volvemos nunca más

Por: Laura Pérez Regoli | 12 de abril de 2017

 

Analía de Jesús, “Higui”, está presa desde hace 176 días acusada de homicidio. Un grupo de varones que la hostigaba cotidianamente la atacó y uno de ellos intentó violarla. Con uno de los acosadores encima, ya habiéndole arrancado el pantalón y bajo amenaza de una violación correctiva, Higui se defendió y el acosador resultó herido de muerte.

Torta, lesbiana, camionera, tortillera. Todas categorías para nombrar a las que con sus prácticas escapan de la heteronorma. Conforman una lista infinita. “Torta” es de la que nos apropiamos muchas para nombrarnos, y por eso decimos que Higui está presa por torta.

También por negra, por conurbana, por futbolera, por ser de las clases populares.

Higui es el nombre que pone sentido a la conjunción de esas categorías que pueden pisarse  y que, para las lesbianas, se puede volver aplastante.

Pero Higui es también un nombre que disparó organización: reuniones, asambleas, radios abiertas, colectas, festivales. En el conurbano bonaerense, en Rosario, en La Plata, en Córdoba, en la CABA y otras tantas localidades que pueden seguir nombrándose. Lo importante es que ella nos colocó ante una nueva necesidad: la de pensarnos en esta coyuntura, habilitando el debate sobre qué sujeto político podemos y queremos construir las tortilleras para que, de una vez, la tortilla se dé vuelta.
Es como parte de ese sujeto político que estamos (re)construyendo que encontramos en Higui una serie de elementos que dan cuenta de opresiones cotidianas e invisibilizadas. Es un camino que el feminismo viene recorriendo: un nombre se nos vuelve bandera porque traduce en un código interpretable aquello que hace años venimos intentando poner en la arena de debate público. Un ejercicio narrativo, la desnaturalización de la violencia que se transforma en demanda al Estado y a la sociedad, un puente de lo singular a lo general, de lo personal a lo político; esa frase clásica que se vuelve nuevamente estrategia. Aprendimos a utilizar la emoción de vernos reflejadas en determinados nombres como punta de lanza para conformar discursos que explican la carnadura real, la violencia heteropatriarcal, un pasaje del cuerpo individual al cuerpo colectivo. Y a la política como mediación.

Lo hicimos con Belén, para explicar la vulnerabilidad a la que nos expone la ilegalidad del aborto. Lo hicimos con Lucía para mostrar cómo se hilvanan los hilos que sostienen la brutalidad de la violencia de género. Las movilizaciones masivas por Micaela García, salidas de las vísceras con hambre de justicia, nos hablan de una nueva oleada de rabias que se transforman velozmente en un grito, que no es monocorde, pero que no por ser heterogéneo es menos unificado: ¡Ni una menos, vivas y libres nos queremos!

Causalidades y casualidades

Ahora es tiempo de resistir, de luchar por su continuidad. El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más”. Lohana Berkins dejó en sus últimas horas de vida una suerte de hoja de ruta, escrita desde el amor militante para sus compañeras feministas. Marlene Wayar decía en el homenaje por el primer aniversario del fallecimiento de Lohana que masticáramos cada una de esas palabras. Que las repitiéramos, que les diéramos vuelta, porque en esas frases había más cuerda para tirar. Que no la citáramos por citar. El título de esta nota quiere poner en práctica este consejo.
La avanzada represiva de este gobierno es un hecho, lógico, dado que había sido una promesa de campaña, pero no por eso menos doloroso, ni más fácil de combatir.

El 8 de marzo y los días previos terminamos de confirmar lo que ya veníamos oliendo: mucho de esto es con nosotras, específicamente. Con las mujeres, con las lesbianas, con las travestis y las trans. Seis detenidas por realizar pintadas un día antes del paro internacional de mujeres, que más causal que casualmente se encontraban escribiendo la palabra “lesbiana” cuando un grupo de conservadores se sintieron amenazados (con razón, somos una amenaza a sus privilegios e ideologías refractarias a la igualdad) y llamaron a la policía. Las detenciones arbitrarias que se sostienen y enfatizan hacia las travestis y las trabajadoras sexuales. Las detenciones arbitrarias del 8M, inéditas en su tipo, al menos en la zona geográfica en la que sucedieron. Podemos seguir sumando elementos, pero la escena nos alerta sobre una reacción virulenta frente al avance feminista, que ahora toma forma desde el aparato represivo del Estado, sus agencias penales y el aparato judicial.

Y sobre este último punto hay que poder realizar un ejercicio tan urgente como prudente en torno a las demandas que construimos desde el movimiento. El asesino de Micaela se encontraba en libertad condicional, luego de haber cometido al menos dos violaciones.

Enseguida aparecen las comparaciones. Higui presa por defenderse, los machos violentos sueltos. Es verdad que este relato tiene una virtud, transmite en pocas palabras la eficiencia del poder judicial para ponerse siempre del lado de los poderosos y los privilegiados. Su capacidad inmediata para reproducir las violencias a las que ya fuimos expuestas. Y, sin embargo, no podemos ser ingenuas en cuanto a que este mismo relato tiene puntos de contacto, quizá demasiado acentuados, con ese otro que construyen los medios masivos en torno a las “puertas giratorias”, la suavidad de las penas, la necesidad de más mano dura.
¿Y entonces? ¿Cómo exigimos justicia a un Estado que no solo es cómplice sino responsable y perpetuador de la violencia, la discriminación, la exclusión?
El feminismo viene demostrando tener la capacidad creativa de dar respuestas integrales, atrevidas, novedosas, a los desafíos de la etapa. De construir unidad, de pensar la política en clave de afectividad, de poner el cuerpo, de audacia e irreverencia frente a las estructuras anquilosadas que solo perpetúan sistemas de muerte y precariedad. No hay dudas, entonces, de que somos capaces de pensar respuestas que puedan avanzar en el orden de lo inmediato sin necesidad de caer en el punitivismo, mientras exigimos y construimos en el largo plazo ese mundo que necesitamos. Podemos derrotar también en la disputa de sentidos a quienes quieren utilizar nuestras luchas para imponer sus lógicas de represión y hambre para el pueblo.  Lo vamos a hacer porque es el único camino que tenemos. Porque nos necesitamos libres y vivas. Porque –para nosotras– es de vida o muerte.