A un año de la tragedia en Mariana: El mayor desastre socioambiental de la historia de Brasil

Por: Peto | 23 de noviembre de 2016

Fuimos invitados a participar de la “semana de actividades”, organizada por el MAB (Movimiento de afectados por represas) de Brasil, en el marco del primer aniversario de la tragedia en Mariana, desastre provocado por la ruptura del dique de contención de lodo tóxico producido por la Minera Samarco (Vale + BHP Billiton) en el estado de Mina Gerais. Crónica de una tragedia anunciada por las organizaciones sociales.

Se escuchaba en cada acto público: “no se puede tomar el agua de la canilla”, mucho menos meterse al río, que está por completo contaminado. “Mi familia completa tiene diarrea”, “el municipio dijo que el agua es segura”. Claro, si la empresa (o el Estado) tuviera que pagar económicamente el abastecimiento de agua, la cuenta sumaria millones de reales diarios.

El 5 de noviembre de 2015 comenzó a avanzar el río de lodo tóxico por la Cuenca (hidrográfica) del Rio Doce, desde el mar hasta el pueblo de Mariana. Afectó 643 km hasta llegar al océano. A un año de la tragedia, la contaminación dice presente. Visitando cada pueblo (Regencia, Colatina, Mascarenhas, Governador Valadares, Ipatinga, Cachoeira Escura, Rio Doce, Barra Longa y Mariana), se puede observar la devastación. Los barros contaminados de las márgenes del río siguen arrastrando al agua, al menos, media docena de metales pesados bioacumulables en la cadena alimenticia y en los tejidos humanos, generando una larga lista de afecciones a la salud de diferente gravedad y contaminando, desde hace un año, todo a su paso, incluso las napas de agua subterránea. Quedan pocas esperanzas para remediar los suelos contaminados, algunos elementos del ecosistema son técnicamente imposibles de remediar: aguas subterráneas, flora, fauna, etc.

¿Qué pasó? ¿Por qué tanta tragedia?

Las investigaciones preliminares y, aparentemente, las únicas que van a suceder dada la altísima influencia política y económica sobre los diferentes sectores del gobierno arrojan las primeras  pruebas: una sobreproducción de aguas residuales contaminadas en el dique de cola de la minera. Esto se produjo debido a que Samarco aumentó casi un 30% la producción interanual –por la baja del precio internacional de los minerales extraídos– y, por lo tanto, los barros residuales. Además, se suma la eliminación del contrato con la empresa (tercerizada) que efectuaba el control y mantenimiento sobre la represa que contenía los barros. Es decir, una absoluta negligencia.  

El desastre, ¿y ahora qué?

Es dura la batalla que tienen que dar las organizaciones sociales brasileras. La primera es contra un sentido común instalado desde hace décadas en algunos de estos pueblos “mineros”, donde las diferentes generaciones tuvieron parte de su población con alguna vinculación laboral o económica relacionada a la minería en general (uno de los dos estados afectados se llama, de hecho, Minas Generales). Recién después de semejante tragedia se pueden comenzar a dar algunas discusiones abiertamente acerca de las consecuencias de la megaminería, de la mano del reclamo organizado de justicia para los afectados. Luego, es fundamental aprovechar esta oportunidad, en la que el sistema pisó en falso, y ponernos firmes para rediscutir el modelo de desarrollo que queremos para nuestro pueblo, no solo para Brasil, sino para toda América Latina. Si queremos seguir siendo una zona de sacrificio para el modelo de desarrollo y el estilo de vida europeo y norteamericano (Samarco exporta el 100% de lo producido) o queremos un modelo de desarrollo con justicia socio ambiental que beneficie a los pueblos de Nuestramérica.

Más allá de los barros tóxicos, más allá de Samarco, más allá de la cuenca y el Rio Doce, tenemos que repensar y rediscutir el modelo de producción: ¿por qué fracasó el modelo que se suponía solucionaba las necesidades de la población? Si se podía evitar o minimizar el riesgo con control e inversión, entonces, ¿es un accidente? El río tóxico, memorioso, le va a recordar a las generaciones presentes y venideras que la mega minería no es ambientalmente sustentable y que tampoco lo es socialmente. Les toca ahora a los afectados evaluar si van a permitir que Sanmarco (todavía operando) pueda utilizar el territorio como zona de sacrificio –y, en el camino, consumir nuestros cuerpos como un costo más en la producción– como parte, como pieza necesaria del perverso modelo de desarrollo capitalista, que es brasilero, pero también latinoamericano. Avanzar hacia modelos de desarrollo social y ambiental no solo es posible, sino necesario.

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