Argenchina

Por: Tomás Reneboldi | 24 de mayo de 2017

La última semana, los medios se vieron poblados de crónicas acerca de la gira del presidente Macri por Asia, y específicamente por China. La cobertura periodística reeditó la grieta que divide a la sociedad: ¿lluvia de inversiones y vuelta al mundo o revival de acuerdos firmados por el gobierno anterior?

Los 21 acuerdos firmados por las delegaciones de Argentina y China incluyen la construcción de dos centrales nucleares (Atucha III en Campana y otra en Río Negro), una represa en Neuquén, una planta solar en Jujuy, el desembarco de una firma china en la mina de Veladero (San Juan), la puesta en valor del tren San Martín y la ampliación del Belgrano cargas, entre otros. Se calcula un monto de inversión cercano a los 17 mil millones de dólares.

A la hora de analizar los acuerdos alcanzados, sectores de la oposición señalaron que los más importantes ya habían sido pautados durante el gobierno anterior e, incluso, que habían sido motivo de conflicto con el gigante asiático que en octubre pasado decidió rebajar las importaciones de aceite de soja en represalia por la paralización de dichas obras.

También recibió críticas el acuerdo alcanzado con Chery (la firma china de automóviles eléctricos) cuyo representante en Argentina es Socma, una de las empresas del grupo Macri, y que será beneficiada por todo tipo de exenciones impositivas.

A su vez, se alzaron voces que critican el perfil de los convenios firmados debido a que no tienen en cuenta los costos sociales y ambientales que implican y buscan profundizar el rol subordinado de nuestro país en el comercio internacional.

Los (acuerdos) chinos no son todos iguales

Por otro lado, también quedó en evidencia la doble vara del gobierno a la hora de analizar los acuerdos bilaterales con la segunda economía del mundo. En marzo de 2015, el entonces candidato a presidente Mauricio Macri envió una carta al embajador chino en la que transmitía su preocupación por “convenios que comprometen al Estado argentino hacia las próximas décadas”, considerando que “las actuales conductas del gobierno argentino podrían ser violatorias de la Constitución Nacional”. Incluso, en campaña electoral amenazó con rescindir los contratos firmados tanto con China como con Rusia. Emilio Apud, asesor en materia energética del macrismo, llegó a declarar que “dichos convenios se relacionan con el salvataje financiero con swaps que recibió de Pekín”, swaps que serían utilizados meses después de haber ganado las elecciones por Federico Sturzenegger, actual director del BCRA.

Por años, el discurso macrista asoció la apertura al mundo con Estados Unidos, mientras que los acuerdos con China o Rusia eran tachados de espurios e inconstitucionales y nos aislaban del mapa internacional. Sin embargo, la pretendida apertura al mundo se chocó con un obstáculo durante la presidencia de Macri: Donald Trump. La gira por el vecino del norte concluyó con más problemas que soluciones, con trabas a la importación de productos agropecuarios argentinos y pocos anuncios de inversión. Al haberse reordenado el tablero geopolítico, China resulta la abanderada de la libertad de comercio mientras que Estados Unidos parece volcarse al proteccionismo, y eso llevó a un giro radical en la estrategia discursiva del gobierno que ahora asocia los acuerdos con China a una nueva inserción internacional de nuestro país.

Una balanza desbalanceada

Al analizar datos de comercio exterior de ambos países, vemos que el comercio entre China y Argentina en el período 2012-2016 fue del orden de los 15 mil millones de dólares anuales. La diferencia entre el monto que importamos del país asiático y lo que exportamos es el déficit comercial. Para el período analizado, este se sitúa en entre los 16 y los 26 mil millones de dólares (la diferencia se debe a la fuente que uno tome). Esta cifra es cercana al balance comercial total en ese mismo período, lo cual quiere decir que Argentina empata o pierde por poco en el comercio con el resto de los países pero sale perdiendo por un monto muy alto con China.

También resulta relevante preguntarnos qué importancia tiene el comercio bilateral para cada uno de los actores. Para China, solo representamos el 0,6% de su comercio total, mientras que ellos significan para nosotros casi el 20%. China se ubica segunda en el ranking de países con los que comerciamos (por debajo de Brasil), mientras que Argentina se encuentra quinta solo si consideramos los países sudamericanos.

Pero también resulta relevante analizar qué se comercia. Casi el 70% de las importaciones chinas totales son de productos manufacturados mientras que, de los comerciados por Argentina, el 85% son primarios: 64% son semillas y frutos oleaginosos y solo el 3% tiene incorporado algún tipo de tecnología.

Por otro lado, las exportaciones chinas son prácticamente en su totalidad manufacturas. Si las dividimos en cuatro grupos según la tecnología que se agrega en el proceso productivo, las dos categorías de mayor desarrollo tecnológico explican el 70% de los productos que exportan a Argentina.

Conclusión: para ellos somos un mercado muy pequeño, fundamentalmente de productos manufacturados de alto contenido tecnológico (que desplazan posible producción local). Para nosotros, representan uno de los principales socios comerciales, hacia donde exportamos productos agropecuarios prácticamente sin tratamiento industrial ni valor agregado. Si a estos datos agregamos que el 90% de la inversión que China realiza en la región se destina a actividades extractivas, podemos obtener un perfil bastante completo de la naturaleza del vínculo entre Sudamérica (y particularmente nuestro país) y el gigante asiático.

La síntesis que se desprende es que China debe ser una preocupación central y estratégica para Argentina. Es necesario repensar en qué condiciones nuestro país se asocia y coopera con el gigante asiático y cómo ese vínculo puede redundar en beneficios a la hora de pensar el desarrollo de nuestro aparato industrial en un esquema sostenible en términos ambientales. Además, se impone que en la renegociación de las condiciones de dicho acuerdo prime una mirada regional que, a través de la integración de los distintos países, logre sacar mejor provecho de nuestras posibilidades.

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