Balance provisorio de las PASO: un triunfo de Cambiemos que no derrota la resistencia popular

Por: Fernando Rey | 23 de agosto de 2017

Las elecciones de este año constituyen la primera prueba en las urnas de un proyecto político que se propone llevar adelante un cambio regresivo y profundo. Quienes no dudamos sobre el peligro de la ofensiva antipopular que iba a significar un gobierno de Cambiemos asumimos una posición comprometida ante aquella disyuntiva del balotaje, y nos preparamos para esta elección considerándola una de las batallas centrales en la definición de las condiciones de avance o retroceso de la ofensiva conservadora. Determinada, claro está, por la compleja trama de contradicciones y disputas sociales, políticas y culturales, en las que los distintos factores de poder, sectores sociales y proyectos políticos nos batimos todos los días, más acá y más allá del régimen político y sus elecciones.

Llegamos a este proceso electoral tras un intenso año y medio en el que se constataron elementos contradictorios de la realidad, que nos obligan a complejizar los análisis y la acción política.

En muy resumidas cuentas, la alianza gobernante, como expresión nítida, si bien mediada, de los principales factores de poder económico locales y transnacionales, confirmó su orientación neoliberal y antipopular, un interés inmediato de redistribución regresiva de la riqueza social, así como una vocación de consolidarse como representación política de una nueva hegemonía por construir. Para esto, combinó una política gradualista con transformaciones radicales en cuestiones específicas con impacto significativo para el modelo de acumulación, su matriz distributiva, los alineamientos internacionales y el rol del Estado. Y esto lo desarrolló demostrando a su vez una importante vocación y audacia política, sustentada en importantes resortes de poder económico, cultural y mediático, que puso a disposición para imponer agenda, construir gobernabilidad y desarrollar una beligerante disputa cultural.

Sin embargo, esta vocación y capacidad de Cambiemos para desarrollar una ofensiva antipopular y una disputa hegemónica de la sociedad no se dio sin contradicciones e impugnaciones. Más bien lo contrario. Y es así que, a pesar de la desorganización y el fuerte golpe que supuso la derrota electoral para el campo popular, atravesamos un año y medio de intensa conflictividad y resistencia social y cultural, que tuvieron como corolario inmensas movilizaciones y constituyeron el principal límite a la vocación hegemónica del gobierno. Si bien esta resistencia no impidió que el gobierno avanzara en algunas iniciativas, sí logró bloquear –por ahora– la que caracterizábamos como una apuesta importante de mediano plazo; esto es, la estabilización del sistema político, consolidando un bipartidismo conservador, a partir de la derrota de la resistencia popular y la marginalización del kirchnerismo, principal espacio político opositor al macrismo.

Algunas conclusiones electorales provisorias para comprender y resistir mejor

1) Con el resultado de las PASO casi confirmado, –y a la espera del recuento definitivo de provincia de Buenos Aires tras la ilegítima maniobra en el escrutinio provisorio–, debemos reconocer que el gobierno de Cambiemos fue el ganador de la contienda. Flaco favor nos haríamos las fuerzas populares si no fuésemos claros en el análisis y relativizáramos este hecho, anulando nuestra capacidad de comprensión y poniendo en duda nuestra credibilidad ante quienes nos escuchan. La fuerza oficialista logró constituirse, por primera vez en su historia, como la primera minoría a nivel nacional con un 35% de votos, confirmando el resultado de la elección presidencial de 2015; hay elementos para suponer que aumentará este número en la elección de octubre. A su vez, se erigió como la fuerza nacional más extendida territorialmente y más homogénea en cuanto a identidad, programa y conducción política, a partir también del avance del PRO sobre su socio radical en una serie de distritos importantes. Consiguió, también, triunfos inesperados en algunas provincias donde solían imponerse las estructuras tradicionales, mayoritariamente del PJ. El último dato relevante fue la elección pareja en la madre de todas las batallas, la provincia de Buenos Aires, consolidando los votos de la elección general de 2015 con una figura deslucida como Bullrich, aunque muy apuntalado por Vidal. Un resultado, como ya mencionamos, amplificado por un dispositivo mediático dominante que, sin matices, instaló rápidamente la idea de una ola amarilla extendiéndose por todo el país.

2) La extensión y consolidación como primera minoría de Cambiemos no implica una vía libre para avanzar automáticamente con un programa de reforma más decidido. Ni siquiera contando, como lo hace Cambiemos, con el poder del Estado nacional y con los dos distritos más importantes, sumado al apoyo del conjunto del poder económico. Su triunfo fue muy importante, teniendo en cuenta el contexto en el que lo logra, de permanencia de la recesión y agravamiento de algunos indicadores de calidad de vida y trabajo, de importante conflictividad social e índices relativamente negativos de imagen presidencial y de gestión. Ahora bien, hay que señalar también que el resultado se ubica por debajo del obtenido por otros oficialismos nacionales en sus primeras contiendas intermedias, con la salvedad de la pronta debacle de la Alianza en 2001. Tampoco modificará la composición del Congreso, al menos respecto a las mayorías que el oficialismo construyó durante este año y medio. Y, sobre todas las cosas, parece insuficiente aún para legitimar per se una profundización del rumbo económico y sus medidas más estructurales en lo laboral y previsional, por ejemplo. De cualquier forma, está claro que estas cuestiones se terminarán de dirimir también en la arena de las disputas sociales y políticas post electorales.

3) La “oposición” llegó a esta elección sin ningún espacio o liderazgo nacional que de por sí tenga condiciones de superar al oficialismo hoy. Por un lado, porque el único espacio político nacional existente con condiciones de hacerlo, el FPV/PJ, dejó de existir tal como lo conocimos. Atraviesa su mayor fragmentación desde 2003, en medio de una crisis de orientación y liderazgo, que expone las divergencias y contradicciones que contuvo subsumidas en su interior mientras fue gobierno, pero que se manifiestan visiblemente ocupando el rol de oposición. Desde esta mirada, resulta un ejercicio inútil pretender sumar los votos de todo el espectro panperonista porque difícilmente expresan una perspectiva con algún viso de unidad. En esta elección se jugaban también la reafirmación o no de la gravitación de CFK y el kirchnerismo más fiel a su liderazgo, el surgimiento de nuevas referencias y la capacidad o no de los diversos peronismos provinciales para blindar sus territorios frente a la polarización nacional.

4) La estrategia electoral de Cambiemos buscó profundizar la polarización con el kirchnerismo, y, a través de ella, nacionalizar la elección. Fue una estrategia que se impuso en la dinámica de las PASO y aportó a su triunfo. Más allá de la constatación de su éxito, esta observación habilita otras reflexiones. ¿Por qué la nacionalización de la polarización favorecía electoralmente al gobierno, aun en un contexto de retroceso y malestar social? Es evidente que la situación económica vivida es una fuerte motivación del voto. Pero tan cierto como esto es que las situaciones económicas son internalizadas a través de mediaciones subjetivas en las que inciden múltiples factores. Cambiemos entendió que no contaba con logros disfrutados en tiempo presente por la mayoría de la sociedad, más bien lo contrario y que, por lo tanto, su éxito electoral dependería de una combinación de paciencia popular, expectativas futuras y fragmentación de las alternativas que se le oponen, agitando la “amenaza” –todavía operante– de la “vuelta al pasado”. Planteó una polarización con el espacio político más importante de la oposición pero que hoy no alcanza a representar cabalmente los malestares y expectativas de una mayoría crítica contra el gobierno. Para lograrlo, cultivó pacientemente un relato basado en la denuncia de la “pesada herencia”, alimentando el revanchismo contra la figura de CFK, su espacio político y sus votantes. Al mismo tiempo, Cambiemos logró sintonizar con elementos vivenciales y simbólicos de mayorías, desde los vestigios de la crisis de representación, resignificándolos en clave regresiva, hasta el “cansancio” de algunas de las formas que asumió la “repolitización” de la última década. El macrismo logró representar preocupaciones sociales subestimadas discursivamente por el anterior gobierno, –como la “inseguridad”, el “narcotráfico” y la “corrupción”– así como los cuestionamientos al relato optimista del kirchnerismo respecto de los avances y deudas de la década pasada. Como también supo aprovechar los déficits de empoderamiento y politización popular del proceso anterior.

5) El kirchnerismo jugó su principal carta en la provincia de Buenos Aires. Los resultados confirmaron la vigencia de este espacio como segunda minoría nacional y su lugar predominante en la vida política, aunque a importante distancia de Cambiemos. Por el momento, los intentos por convertirlo en una fuerza marginal en el reordenamiento del peronismo y la oposición han fracasado. Apostaron fuertemente también a la polarización y nacionalización de la elección, que se manifestó en la centralidad que tuvo la candidatura de CFK y la compulsa en la provincia de Buenos Aires, en la que sin dudas esperaban una mayor distancia sobre Cambiemos. Mucho más modesto fue lo que lograron unificar tras de sí en el resto del país, con mejores resultados en Santa Fe y algunas provincias patagónicas que en la media nacional. Seguirá siendo objeto de polémicas, si esta estrategia electoral, confluyente con la de Cambiemos, configuró el mejor escenario posible para enfrentar al macrismo. Esto quedará algo más claro con posterioridad a la elección general.
El kirchnerismo en general, y CFK en particular, lograron constituirse para una parte importante de la población en la principal y más nítida herramienta electoral de impugnación del rumbo de gobierno. La apuesta a través de Unidad Ciudadana por modificar algunos repertorios de acción y organización política previos parece un acierto interesante y habrá que seguir su derrotero, especialmente en relación a su vínculo con el Partido Justicialista (sobre todo a nivel territorial y local). Aunque desde nuestra mirada fue muy insuficiente como armado superador al FPV en el sentido de una alternativa amplia, popular y antineoliberal. En definitiva, parece evidente que la mayor dificultad que tiene por delante esta fuerza será romper el techo producido por la pérdida de una parte importante del electorado que durante años acompañó con su voto al kirchnerismo y que aún permanece muy alejado pese a la degradación de las condiciones de vida que impuso el proyecto macrista.

Las posibilidades de derrotar al gobierno de Cambiemos dependen, en buena medida, de la capacidad de combinar la crítica y la denuncia del actual modelo económico con una versión superadora de las experiencias previas, con líneas de balance menos autoafirmativas y más autocríticas como condición para construir una perspectiva de futuro.

Para terminar este balance provisorio, podemos señalar que el macrismo sale fortalecido de esta elección y con condiciones de confirmarlo en la general, porque tiene fortalezas en la realidad, que deberíamos dejar de subestimar. Pero esas fortalezas hoy distan mucho de constituirse en una hegemonía sólida y en condiciones irremontables para el campo popular. La apuesta de la izquierda popular sigue siendo resistir a la ofensiva neoliberal y, desde allí, alumbrar la construcción de una alternativa de mayorías a partir de un proyecto de cambio profundo de esta Argentina dependiente y desigual.