Brigada internacional de solidaridad con Pelestina Ghassan Kanafani: Crónica desde la Nación que reinventó el coraje

Por: Julián Aguirre | 06 de diciembre de 2016

Durante 30 días entre mediados de octubre y noviembre, viajamos por los territorios que forman Cisjordania, Jerusalén y el interior de Israel. Viajando junto a compañeros y compañeras del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) de Brasil, la Brigada Ghassan Kanafani retomó su trabajo de hace años con el fin de construir y fortalecer el lazo directo entre las organizaciones populares de Latinoamérica y Palestina. Las líneas que siguen buscan compartir aunque sea una mínima parte de lo que vimos y aprendimos allí.

Podríamos llamarlo el “Rodolfo Walsh palestino”. Ghassan Kanafani vivió el desplazamiento y el exilio junto a miles de sus hermanos y hermanas tras la “Nakba” (la Catástrofe) de 1948. Con su obra periodística y literaria se convirtió en una de las principales voces para hacer oír la causa de su pueblo durante los años 50 y 60.

Sin conformarse con el lugar de intelectual, hizo cuerpo su compromiso militando en las filas del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), del cual sería uno de sus portavoces y miembro del Comité Central. Kanafani fue asesinado junto a su sobrina de 18 años en Beirut, Líbano, cuando una bomba colocada por los servicios de inteligencia israelíes hizo estallar el auto en el que viajaba.

El FPLP fue fundado tras la desilusión que acompañó la derrota militar de los ejércitos árabes en la guerra de 1967. Tras una profunda autocrítica de los años previos, militantes del nacionalismo árabe que se habían inspirado en el proceso liderado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser revisaron la mirada sobre la realidad regional y de sus propias sociedades. El marxismo-leninismo sirvió como base teórica sobre la que refundar su organización así como el ejemplo de otras luchas antiimperialistas y anticolonialistas del mundo como Cuba, Vietnam y Argelia.

Así nació el FPLP, que hasta el día de hoy es la principal referencia de la izquierda en el escenario político palestino. Con una de sus referentes, la legisladora y militante feminista Khalida Jarrar, nos reunimos. Pese al desgaste propiciado por años de persecución israelí y la complicidad del gobierno palestino presidido por Mahmoud Abbas, el FPLP continúa en su intención de construir una alternativa que retome la resistencia a la ocupación, diferenciada de la política de conciliación seguida por el gobierno del partido Fatah de Abbas y del islamismo combativo pero ideológicamente conservador de Hamas.

La fragmentación política representa uno de los principales retos que enfrentan las organizaciones palestinas, y no fueron pocos los compañeros y las compañeras que compartieron su frustración ante las dificultades para alcanzar la unidad.

Las luchas de ayer y hoy

Quienes nos recibieron y acompañaron durante la experiencia son compañeros y compañeras de la Unión de Comités de Trabajo Agrario (UAWC, por sus siglas en inglés). Fundada en 1986, su meta fue unificar las iniciativas de lucha y organización de las poblaciones rurales en los territorios bajo ocupación israelí; hasta el día de hoy ha estado al frente de la defensa de la tierra y la promoción de la producción local. Últimamente, la UAWC también ha estado dirigiendo sus esfuerzos a formar el capítulo árabe de la Vía Campesina.

La Primera Intifada en 1987 vio nacer a múltiples organizaciones de base extendiéndose por diferentes sectores de la sociedad palestina. Este estallido significó un cambio de paradigma y un gran reto tanto para la ocupación como para las organizaciones que históricamente habían liderado el movimiento nacional palestino.

El foco de la resistencia se desplazó de la población exiliada en campos de refugiados en el exterior al corazón mismo de los territorios ocupados y desbordó los cauces tradicionales de la acción armada guerrillera por la lucha de masas en las calles. La acumulación de humillaciones por años fue invertida en insurrección popular. En ese contexto fue que nacieron muchas de las organizaciones que nos acompañaron y en el cual se inició una nueva generación de activismo que reunía las más variadas formas de resistencia.

Fue el proceso que llevó a la Conferencia de Madrid de 1991 y al Acuerdo de Oslo de 1993; a la promesa aún pendiente del Estado soberano, que envejece antes de ser cumplida. Era el fin de la Guerra Fría, la desaparición de la URSS. Para certificarlo no había imagen más sintética que el hecho de que se trató de un presidente estadounidense (Bill Clinton), y no del secretario general de la ONU o algún otro rostro de la comunidad internacional, quien garantizó bajo su abrazo el apretón de manos entre los rivales Shimon Peres y Yasser Arafat. Junto con la primera campaña que EEUU lideró contra Irak (1990-91), esta foto sirvió como el bautismo de un nuevo orden. Hoy Oslo lleva un sabor amargo en la boca de quien lo pronuncia.

Además de la UAWC, conocimos a representantes de la Federación General de Sindicatos Palestinos Independientes que buscan construir un modelo alternativo de gremialismo democrático y de base; referentes del Centro de Información Alternativo, una iniciativa palestino-israelí lanzada por militantes de izquierda que busca romper con la desinformación general que beneficia a la ocupación y presentar una mirada crítica de las políticas oficiales de la ANP.

Las compañeras de la Unión de Comités de Mujeres Palestinas conforman la principal organización de izquierda dentro del movimiento de mujeres local, buscando llevar sus luchas en una sociedad patriarcal al tiempo que levantan el empoderamiento y protagonismo de las mujeres contra la ocupación y los atropellos del Estado israelí. Son esas dos luchas, esas dos cargas que deben afrontar todas las mujeres palestinas, como madres e hijas que enfrentan la violencia doméstica; o esposas que deben criar a sus hijos e hijas en soledad tras el encarcelamiento de su compañero; como trabajadoras que reclaman paridad salarial y una justa representación en sus organizaciones mientras lidian con los abusos del mercado de trabajo informal y en negro. Ellas son muchas cosas excepto sumisas.

“En esta tierra hay algo por lo que vale la pena vivir”

Los primeros días recorrimos una serie de poblaciones rurales de norte a sur de Cisjordania. Es la campaña de cosecha de aceitunas, una de las principales fuentes de ingreso de las poblaciones rurales. Antes del 48, supo ser uno de los productos que hicieron famosa esta tierra, pero los impedimentos que las autoridades israelíes ponen a la comercialización de productos palestinos son una soga que lentamente ha ahogado la economía local.

Esto ha facilitado en los últimos años la invasión de productos extranjeros, frente a los cuales los productores locales muchas veces no logran competir. Por ello, empecinarse en producir alimentos de forma local es una actividad que moviliza a familias, comunidades y grupos voluntarios extranjeros, un pronunciamiento para defender su tierra frente al desarraigo.

Es un contexto marcado por la amenaza constante de desalojo y desplazamiento forzado, por el acaparamiento del agua y las restricciones al movimiento por parte de las autoridades israelíes. Es un contexto donde la actividad cotidiana de trabajar y cosechar el fruto de la tierra, donde continuar firmemente cada rutina, se convierte en un gesto de resistencia.

De promesas e ilusiones

El régimen de ocupación posterior a los Acuerdos de Oslo se suponía que sería transitorio, un camino para gradualmente entregar la potestad sobre el territorio a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) según las fronteras previas a la guerra de 1967. La transición sigue esperando, y el Estado israelí pretende hundir aún más las bases del acuerdo impulsando la construcción y ampliación de colonias en suelo palestino y de las obras de infraestructura destinadas a sostener su actividad: carreteras, plantaciones, muros, puentes surcan el territorio palestino atropellando todo principio de soberanía. La ocupación israelí muestra así las distintas caras de su estrategia: expulsión, desarraigo, colonización, segregación y subordinación económica.

Las mismas Naciones Unidas han condenado estas acciones como ilegales, ya que las mismas constituyen un acto de anexión unilateral del territorio en contra de las leyes internacionales. Ni los más básicos derechos individuales y de propiedad que gobiernos aliados a Israel defienden en otros casos son contemplados, a medida que el Estado Israelí prosigue en la confiscación de tierras y la obstrucción de la actividad económica y comercial palestina. Todo ello con el objeto de vencer por desgano y ofrecer solo dos alternativas: la asimilación o la expulsión.

De no revertirse este proceso, la idea de un Estado palestino soberano se vuelve inviable. A lo sumo quedaría conformarse con una autonomía simbólica, como existe efectivamente hoy, donde la ANP ni siquiera puede controlar el flujo de personas y capital dentro y fuera de sus fronteras, con una economía dependiente de la ayuda exterior y donde la justicia militar israelí detenta la última palabra en la vida de gran parte de la población palestina.

7000 palestinos continúan en cárceles israelíes. Según Addameer, asociación de DDHH que sigue la situación de los presos palestinos y sus familias, el 40% de la población masculina ha estado al menos una vez tras las rejas. Los palestinos son juzgados por un tribunal militar israelí. El sistema de “detenciones administrativas” permite a la justicia israelí mantener en absoluto secreto todas las instancias del proceso, por lo que el detenido jamás sabe cuáles son los cargos que enfrenta o las pruebas en su contra. Este régimen es aplicado a individuos de 14 años en adelante, violando las convenciones internacionales, y prevé la posibilidad de pasar periodos de prisión de seis meses renovables indefinidamente. Las dificultades impuestas a los abogados defensores y las enormes restricciones lleva a que algunas personas consuman años de sus vidas tras las rejas mientras su juicio aún sigue.

Una cicatriz en la tierra

La localidad de Bil’in se ha ganado un lugar especial en la boca de la población palestina. Desde 2009 sus habitantes se concentran cada viernes en contra del muro que en sus inicios los separó de sus tierras de cultivo. El “Muro de la Vergüenza”, o “Barrera de separación” como gusta denominarlo el Estado israelí, no respeta las fronteras demarcadas por los acuerdos de paz. Atraviesa el interior del territorio palestino, separando a poblaciones rurales de sus cultivos, bloqueando caminos que por siglos comunicaron a una ciudad con otra, llegando a separar avenidas, barrios y familias. Es una cicatriz gris que violentamente se impone en el paisaje de valles y colinas, olivares y aldeas de Palestina.

Iniciado en 2006 con la supuesta idea de “prevenir” mayores ataques tras la Segunda Intifada (2001-2005), se revela como un mecanismo más de desplazamiento, ayudando al Estado israelí a hacerse con más territorio. Junto con las bases militares, las colonias, las autopistas “exclusivas” que los palestinos no pueden transitar, forma un sistema que ha hecho del mapa de Cisjordania un “archipiélago” fragmentado. En un territorio tan pequeño y donde históricamente la actividad de su población los ha llevado a moverse de un punto a otro, los palestinos han quedado sujetos a una rutina donde lo que gobierna es el capricho de la burocracia civil y militar israelí.

Bil’in logró, a fuerza de empecinamiento y solidaridad internacional, desplazar la línea original del muro y recuperar sus tierras. No lo logró gratuitamente. La familia Abu Rahma, que nos recibió aquel día, perdió a un hijo y una hija debido a las armas “no letales” de la policía y el ejército israelí. Cada viernes, cada protesta, Bil’in revive esas postales de la Intifada, con niños arrojando piedras a los soldados israelíes antes de que el gas lacrimógeno ocupe la visión del paisaje.

Los necios

Durante el viaje conocimos diferentes ciudades palestinas: Nablus, Hebrón, Jericó, Belén, Tulkarem y Jerusalén. Como Ramallah, han crecido aceleradamente a fuerza de desplazamientos, guerras y reconstrucción. Cada una con su propia personalidad, son vitrinas de paradojas, donde hoteles cinco estrellas y universidades privadas coexisten a cuadras de campos de refugiados o del muro israelí. Los afiches conmemorando a mártires y presos de ayer y hoy se confunden con los carteles de neón de los comercios y bares. Cada ciudad carga con su propia historia de ocupación, visible en ruinas y monumentos.

Los campos de refugiados son calcos de nuestras villas: casas construidas de formas improvisadas creciendo unas sobre otras, calles a medio asfaltar y servicios precarios apenas garantizados por la ANP y la ONU. Allí se hacinan varias generaciones desplazadas de sus hogares tras la guerra del 48 y los conflictos que le siguieron. La diferencia es que a diferencia de las villas, favelas y otros barrios de nuestro continente, la población de refugiados no debe lidiar con el estigma social que acá se da. Antes bien, muchos han elegido continuar allí antes de asentarse con mayores comodidades, una forma de expresar su decisión de no renunciar a retornar a sus pueblos natales.

En los actos que llenan de música las calles, en el empecinamiento de hablar su idioma para mantener la memoria de su pueblo, en la decisión firme de criar a sus hijos e hijas y recordar a sus mártires, en la búsqueda incansable de cada momento de alegría allí donde la humillación y la opresión son parte de la normalidad, está el espíritu de resistencia sobre el que todo un pueblo ha construido su identidad. Porque resistir es sinónimo de existir, y en varias ocasiones hasta los más jóvenes citan los versos de Mahmoud Darwish quien dice que “en esta tierra hay algo por lo que merece la pena vivir”.

Temas de la nota: