Con la esperanza entre los dientes

Por: Manuel Fonseca, Sebastián Tiozzo y Andrea Gauto | 17 de febrero de 2017

Esperanza Martínez es médica sanitarista y estuvo al frente del Ministerio de Salud de Paraguay durante el gobierno de Fernando Lugo (2008-2012). Hasta que fuera derrocado por un golpe de Estado parlamentario, su equipo llevó adelante una revolución sanitaria comparable a la obra de Ramón Carrillo durante el primer peronismo en nuestro país. Actualmente, es la única senadora mujer del Frente Guasú, el cual busca volver a candidatear a Lugo en las próximas elecciones. En su oficina en el Senado conversó con un grupo de compañeros del Movimiento de Salud “Irma Carrica”.

Cambio: ¿Cuál fue el proyecto del Ministerio de Salud impulsado por el gobierno de Fernando Lugo y los balances que usted hace de esa experiencia?

Esperanza Martínez: Cuando nosotros llegamos al gobierno, en el sistema de salud había un problema de falta de inversión y, además, un problema con el modelo de atención. La Constitución Nacional establece que la salud es un derecho, pero en la realidad hay tres tipos de salud: una para pobres, que es la porción más grande y es la que está a cargo del Estado, y que era una salud privada de bajo costo, ya que todos los procedimientos se cobraban mediante aranceles; una para la clase media, que es la de la seguridad social de los trabajadores formales; y la salud privada, que es para los ricos. Nosotros, entonces, planteamos que al ser un derecho es, por lo tanto, una responsabilidad del Estado avanzar en garantizarlo con un modelo unificado. En ese sentido, uno de los primeros ítems fue retirar los aranceles y establecer la gratuidad. Logramos en tres años duplicar el presupuesto en el área.

El otro elemento fue establecer la atención primaria como la puerta de entrada de nuestro sistema. La estrategia era atender en territorio, trabajar con la población con un fuerte componente comunitario y romper así con el paradigma por el que los trabajadores de la salud estaban encerrados en el hospital esperando que los pacientes lleguen. Esto, acompañado de una política de descentralización de recursos, nos permitió garantizar el acceso al sistema en zonas como la del Chaco, donde en ningún momento de la historia de nuestro país había habido acceso a la salud. Pasamos de 2 millones de consultas sanitarias, en 2008, a tener 9 millones de consultas en 2012. Eso explica, en buena medida, la imagen positiva que sigue manteniendo Fernando Lugo entre el pueblo paraguayo.

C: ¿Cuáles fueron los sectores que mayor resistencia ofrecieron?

EM: Los representantes de la corporación médica y los medios de comunicación que los defienden. Nosotros, al mejorar el nivel de atención, y además al mejorar sustancialmente el salario de los trabajadores, empezamos a competir con el sector privado y, por ende, a generarle costos económicos, lo que no le gustó para nada a la oligarquía médica que aquí en Paraguay es muy fuerte. Fue así que comenzaron con una política de desgaste y de ataque mediático en el marco del proyecto de destituir a Lugo. Nosotros, ante eso, hicimos casi una campaña de evangelización. Nos reuníamos con todos los equipos y áreas administrativas del ministerio y de los diferentes partidos políticos, realizamos muchísimos talleres en terreno junto a la comunidad, trabajábamos de madrugada, a toda hora, para cumplir este sueño. Nuestro equipo no era meramente técnico, tenía mucha mística, mucho corazón. Hay que discutir sobre esto, hablar sobre la mística, lograr una transformación que trascienda lo burocrático y que toque la conducta misma de las personas, que logre generar otras maneras de relacionarse. Es la única forma de enfrentar a un enemigo poderoso que tiene el poder económico y mediático de su lado.

C: ¿Cómo vivieron ustedes la destitución de Lugo en el marco de los retrocesos regionales que estamos viviendo?

EM: La oligarquía paraguaya es una oligarquía muy dura, que básicamente concentra la tierra bajo el modelo sojero. Lo que sucedió en Honduras, luego Paraguay, y ahora lo que está pasando en otros países como Venezuela y Brasil, es parte de una nueva oleada que busca desterrar a los gobiernos progresistas en la región para volver a instaurar de lleno un modelo neoliberal extractivista. Esto se encuentra ligado a los medios masivos de comunicación, que satanizan y criminalizan a los gobiernos y figuras políticas que cuestionan sus propios intereses económicos. Además, los poderes judiciales locales criminalizan las luchas y obstaculizan nuestros mecanismos legítimos de resistencia. Eso en Paraguay se agrava por la profundización de la narcopolítica, que está horadando al Parlamento, la Policía y demás instituciones. Sin ir más lejos, nuestro presidente estuvo preso por tráfico de cigarrillos y lavado de dinero. Antes financiaban partidos, ahora son ellos mismos en el poder.

C: ¿Cuáles serían las coordenadas y tareas a desarrollar desde el campo popular de toda América Latina?

EM: Es muy compleja nuestra realidad, pero no queda otro camino que el de la organización, la resistencia y la formación política. Por otra parte, hay que hacer una profunda autocrítica. Uno de los temas es la corrupción. A veces los compañeros también entran en este sistema que es corrupto y eso para la izquierda o el progresismo es imperdonable, porque desacredita nuestros planteos. Otra tarea es fomentar la cohesión de las izquierdas y la unidad. Si uno mira a Venezuela, es la gente en las calles la que está resistiendo al ataque feroz del imperialismo. Lo que necesitamos es politizar la sociedad. Nosotros decimos, acá en Paraguay, que necesitamos recuperar a los militantes de la política y salir de los operadores políticos. Además, los que estuvimos en gobiernos populares a veces olvidamos nuestra militancia de base y nos burocratizamos. Dedicamos todo el tiempo para gobernar y gestionar, pero eso solo no alcanza. Cuando estamos en el gobierno no debemos olvidar nuestras consignas de lucha. Los gobiernos populares no se hacen desde arriba, se hacen con la gente.

C: ¿Cómo vive usted como mujer este proceso?

EM: Estamos trabajando el tema de la paridad política peleando con los varones de todos los partidos, hasta con los del propio. Yo fui la única mujer del gabinete y ahora la única mujer dentro de los diputados del Frente Guasú. Hay que discutir la opresión de las mujeres dentro del sistema patriarcal y ser coherentes con nuestro discurso. Los militantes de los sectores populares sabemos lo que hay que hacer, pero el desafío es la coherencia de poder llevarlo a la práctica. Una conducta de principios de solidaridad, de encuentro. Hay que recuperar el rostro humano de la política y eso se construye colectivamente.  

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