Crisis vs recuperación: los números de un nuevo round discursivo

Por: Tomás Reneboldi | 20 de diciembre de 2017

Arranca diciembre y se multiplican los balances sobre un 2017 que llega a su epílogo. Al igual que otros planos, la economía es territorio de una disputa que viene enfrentando hace tiempo a ambos lados de la grieta que divide a la sociedad argentina. En un diálogo de sordos, ambas posiciones afirman la inevitabilidad de su diagnóstico.

Una versión marca que el sendero de recuperación que empezó este año es solo una muestra de lo que puede dar una economía ya acomodada después de la transición de 2016. Del otro lado, se pronostica una crisis inexorable como consecuencia lógica de los desajustes a los que nos lleva la actual conducción económica.

Superando la pesada herencia

¿Qué argumentos toman los voceros oficiales o extraoficiales (como los principales columnistas y editorialistas de los grandes diarios) para afirmar que la economía se encuentra en este sendero de recuperación?

Si tomamos los números del tercer trimestre de 2017, la tasa de empleo, de actividad y el PBI subieron por tercer trimestre consecutivo. Además, aparecieron los primeros signos de inversión tanto privada como extranjera: hasta octubre, la inversión bruta llevaba un aumento acumulado del 8% interanual y la inversión extranjera directa, un 84%. También el tercer trimestre mostró una paulatina recuperación del consumo (del 4% interanual) y la desaceleración de la inflación.

Pero el mayor optimismo, sin dudas, tiene que ver con los pronósticos optimistas para 2018. Con la bandera de las reformas estructurales que se planean aprobar entre fines de este año y principios del que viene, aumentan las esperanzas en que finalmente se hagan cuerpo las promesas de inversiones. La disminución del costo salarial, la domesticación de la inflación y una hegemonía consolidada se ofrecen como garantía de retorno de inversión para los grandes capitales.

Luego de un 2016 turbulento en el plano económico, el año 2017 demostró, para estos analistas, que aquellas tensiones iniciales están superadas, que la economía encontró su sendero al crecimiento y que el rumbo elegido se encuentra en marcha y con un consenso alto en la sociedad.

La crisis inevitable

El anverso de la moneda lo constituyen los analistas opositores que dibujan una realidad bastante diferente de la descrita hasta el momento. Por ejemplo, Alfredo Zaiat en una reciente nota de opinión para Página 12 titulada “Dos años y crisis económica”, afirma que esa es la condición en la que se encuentra la economía de nuestro país, más allá de que no tenga la profundidad de otras crisis.

¿Qué indicadores toma para afirmar este estado de la economía? Si el análisis oficialista hace hincapié en los números del tercer trimestre para afirmar la recuperación, quienes buscan criticar la política económica del gobierno toman la comparación diciembre 2017-diciembre 2015.

La inflación, después del 41% del año pasado, en 2017 sigue superando el registro de 2015. El desempleo pasó del 5,9% (2015) al 9% (2017) y la recuperación que se vio este año fue en base a empleos precarios, con salarios bajos y de monotributistas. El déficit, uno de los principales focos de crítica de Cambiemos mientras fue oposición, sigue en niveles elevados: el fiscal es más alto ahora que en 2015, el comercial tocó un récord histórico y el de cuenta corriente se cuenta también entre sus peores registros. El crecimiento del PBI de este año apenas logra compensar la caída que tuvo en 2016. La inversión extranjera es insignificante y su principal componente es especulativo. El consumo que aparenta recuperación, en realidad tiene una variación nula durante 2017 después de un 2016 de caída.

Este análisis resulta muy similar al anterior pero con un enfoque que lleva a invertir las conclusiones: donde el oficialismo ve recuperación y mejoras, la oposición ve estancamiento y retrocesos. Pero además existen ciertos tópicos que no son parte del discurso oficial: la fuga de capitales, que empeoró con respecto a los registros del anterior gobierno, el ingreso en términos reales, que retrocedió en la comparación 2017-2015 y el tipo de cambio real, que incluso según voceros de la city se encuentra atrasado, engendrando el riesgo de una próxima devaluación.

A partir de estos elementos es que Zaiat concluye que la economía está en crisis, definida por un “estancamiento, persistente deterioro socio laboral, acelerada concentración de la riqueza, insostenibilidad financiera y acumulación de pronunciados desequilibrios de las cuentas públicas y externas”.

Más allá de la grieta, la deuda

Más allá de la puja interpretativa sobre los números que acabamos de ver, hay un problema que concita preocupación por parte de ambos bandos: la magnitud de la deuda.

Para las voces opositoras, la deuda es el único mecanismo por el cual se puede sostener el estado actual de la economía y es la que va a generar más temprano o más tarde la implosión del modelo. Para el coro oficialista, la deuda es un recurso necesario pero que debe ser acotado en el tiempo hasta poder resolver los conflictos estructurales y corregir el déficit público y la inflación. Cómo resolver este trinomio (deuda, déficit, inflación) es el tópico más discutido y vinculado a peleas entre la cúpula de la conducción económica (Dujovne, Caputo, Sturzenegger) y otros actores de reparto (Aranguren, Cabrera).

¿Qué factores negativos están asociados a la toma de deuda? Por un lado el incremento en el pago de intereses que suma otro renglón al déficit fiscal. A medida que nuestro país financia los vencimientos de deuda con más deuda, esa carga se va incrementando, impactando en el presupuesto ordinario. Por otro lado, el riesgo de un “sudden stop” (un freno repentino). La lógica del mercado financiero indica que cuando se genera un alerta en la capacidad de pago de una deuda, inmediatamente toda la cadena de financiamiento se ve sacudida. Por último, el riesgo de cambio de las condiciones externas. Recordemos, por ejemplo, que la crisis de deuda anterior al 2001 fue motivada principalmente por eventos externos: la crisis del tequila en 1995 y la de Brasil en 1998. Un cambio en la política de la FED (Reserva Federal de EEUU) puede generar rápidamente problemas en la provisión de crédito para un país como el nuestro.

En relación con la deuda cabe destacar que en estos 2 años de gobierno el aumento de la misma rompió todos los récords. Según datos de Bloomberg que recoge Carteco, entre el 1 de enero de 2016 y el 18 de septiembre de 2017 Argentina emitió 42 mil millones de dólares, con lo cual se ubica primera en el ranking de emisión de deuda de países emergentes, por encima de China (40 mil millones de dólares), México y Corea (alrededor de 25 mil millones de dólares).

Pero más allá de los volúmenes, una de las principales preocupaciones tiene que ver con el destino de estos fondos. Aproximadamente el 44% de los fondos que ingresaron por la cuenta capital (deuda y otros) durante el período de gobierno de Cambiemos alimentaron la fuga de capitales. Esto quiere decir dinero que fue guardado en dólares en cajas fuertes en algún lugar del mundo o bajo el colchón, saliendo de la circulación de la economía. El restante se reparte equitativamente entre alimentar las reservas del Banco Central y financiar el déficit en cuenta corriente. O sea que más del 70% de la deuda sirvió para financiar ahorro en dólares o financiar la pérdida que genera el comercio con el resto del mundo (sobre todo debido al aumento de las importaciones).

Un necesario equilibrio

En el análisis de Zaiat, que marca muy bien los límites que va encontrando este modelo económico de ajuste parcial, falta incorporar el rol dinamizador que tuvo la inversión pública (la construcción fue uno de los principales rubros de crecimiento del PBI), que efectivamente hay sectores en crecimiento y donde se concentran inversiones, que el poder adquisitivo cayó pero todavía parece haber a nivel social un margen tolerable para que siga cayendo y que los patrones de endeudamiento están todavía lejos de provocar una crisis (en gran medida por el desendeudamiento heredado del gobierno anterior).

Pero por otro lado, el análisis oficial no da cuenta de los elementos dinámicos de esa recuperación y exagera pronósticos que ya tuvieron que revisar a la baja en sucesivas oportunidades (tanto de la reducción de la inflación como del crecimiento del PBI). Además, la postergación de los objetivos de reducción del déficit, paliamiento de la inflación y baja de las tasas genera incertidumbre tanto en los inversores cómo en la población.

El contacto y la cercanía de este gobierno con los principales grupos económicos del país, hasta ahora no parece haber redundado en mayores inversiones o un compromiso mayor con el desarrollo del país que el que se mostró en anteriores gobiernos. En estos dos años todavía la administración de Cambiemos parece encontrarse a medio camino entre las promesas realizadas antes de su asunción. A pesar de algunos mecanismos de transferencia excepcional de riqueza (como la quita de retenciones), el “costo” salarial y la carga impositiva siguen siendo elevadas según los cánones patronales, y el rol del Estado no se modificó estructuralmente.

Para los próximos años: pronóstico reservado

En nuestra opinión, con un contexto cambiante como el actual, cualquier análisis que sentencie la inevitabilidad de un proceso va a tener grandes posibilidades de errar: ni la crisis ni la recuperación entraron aún en un punto de no retorno. Ambas posibilidades siguen abiertas.

Es tan cierto afirmar que la economía en 2017 se recuperó y muestra signos de fortaleza, cómo que esa fortaleza tiene debilidades estructurales para las cuales no parece haber una solución muy clara a mano. Sin embargo, este estancamiento oscilantemente recesivo puede prolongarse por el tiempo suficiente como para constituir un período analizable en sí mismo. No necesariamente una situación de estancamiento, poco crecimiento y niveles aceptables de contradicciones se resuelven en el corto plazo. Y a los efectos de pensar las consecuencias políticas de esa hipotética resolución, el corto plazo puede ser lo suficientemente largo como para invadir el terreno del mediano plazo.

Temas de la nota: