De agosto a octubre

Por: Ulises Bosia | 25 de octubre de 2017

Con la apertura de las urnas y la validación electoral de su política, se inicia la segunda parte del mandato de Mauricio Macri. Las generales profundizaron las tendencias ya previstas en las PASO. Nacionalización, polarización y lo que dejaron los resultados para proyectar una alternativa contra el neoliberalismo.

El presidente arrancó el lunes 23 de octubre la segunda parte de su mandato con una consigna clara: “reformismo permanente”. Con el respaldo de las urnas, el gobierno se prepara para llevar adelante el programa de reformas que unifica al grueso del poder económico: laborales, impositivas, previsionales, fiscales, etc. Cada una con sus particularidades pero todas unidas por el grito de corazón empresarial: bajar los costos y asumir el salario simplemente como uno más de ellos.  

En 2015, Cambiemos llegó al gobierno mediante un balotaje –es decir, ya de por sí con una dosis de votos “prestados”– y, además, su campaña se caracterizó por un mensaje ambiguo y engañoso que fue rápidamente desmentido por su política. Durante 2016 y 2017 se sucedieron una serie de movilizaciones multitudinarias con distintos componentes y demandas que cuestionaron la legitimidad de las políticas del gobierno –aunque, lejos de cualquier idealización, bien vale retomar las preguntas que se hace Alejandro Grimson (Revista Anfibia – 23/10/17): ¿Se trata de un ciclo de movilizaciones? ¿Sigue abierto? ¿Cómo impactará el resultado del 22 de octubre en su continuidad?.

Estos recorridos, sumado a la subestimación sistemática tanto de la capacidad política del macrismo como de la fuerza persuasiva del modo de vida neoliberal en todas las clases sociales, dieron lugar a la expectativa entre amplios sectores opositores de que el gobierno podría emerger cuestionado y debilitado de su primer test electoral. Las urnas, sin embargo, desmintieron estas hipótesis y, por el contrario, le otorgaron un respaldo contundente a la agenda política del gobierno que, apoyado en el mejoramiento relativo de algunos índices económicos, ya empieza a ver como una posibilidad concreta la posibilidad de ser reelecto en 2019, como dice Carlos Pagni (La Nación – 23/10/17).

Ya no puede decirse que el electorado no conociera lo que estaba votando. Debe asumirse que al menos un 42% de nuestra sociedad mantiene expectativas en que el macrismo puede mejorar la situación del país y que aprueba el rumbo general desarrollado estos dos años, incluyendo la pregunta que genera más perplejidad: ¿por qué millones de personas víctimas del ajuste votan a sus ajustadores?

Antes de echarle la culpa a la torpeza de la propia gente o a la influencia ciertamente nefasta de los medios de comunicación, conviene asumir que el peso de los hechos “objetivos” –como el ajuste– es interpretado por cada persona de maneras diferentes, atribuyéndole distintas magnitudes y, sobre todo, distintas causas, responsabilidades y posibles soluciones.

De esa manera, es evidente que las políticas que desde nuestro punto de vista forman parte de una ofensiva de las fortunas privilegiadas de nuestro país para aumentar sus ganancias y desmontar los derechos de la clase trabajadora sean, en cambio, para buena parte de nuestra sociedad, el remedio inevitable a una “pesada herencia” del gobierno anterior. Entre una y otra interpretación está la disputa política, la pelea por el sentido común, la batalla cotidiana por articular una mirada compartida del mundo.  

El escaso impacto en la votación de Carrió de la aparición del cuerpo de Santiago Maldonado es un ejemplo más de que no hay ninguna realidad “objetiva” que tenga sentido político por sí misma, sino que en todos los casos hasta las propias percepciones e interpretaciones de la realidad son el resultado de una disputa política por su sentido.           

En concreto, a partir de ahora, el campo popular deberá afrontar la resistencia a un programa político antipopular en peores condiciones, en la medida que cuenta con una amplia legitimidad democrática. Las correlaciones de fuerzas sociales se verán afectadas por un triunfo que solo encuentra antecedentes por su extensión –Cambiemos ganó los cinco mayores distritos del país– en las legislativas de 1985. El intento de consolidación de una nueva hegemonía neoliberal se confirma como el nudo central de la situación política de nuestro país y, por lo tanto, como el eje orientador ineludible para la militancia popular.       

Otra vez nacionalización y polarización

El trayecto de las PASO hasta las elecciones generales profundizó las tendencias que ya habíamos analizado en estas mismas páginas en agosto. Especialmente, las dos características principales de la elección: la nacionalización y la polarización.

Cambiemos fue el principal beneficiario de la nacionalización electoral al lograr asentarse como la única fuerza con presencia homogénea en el conjunto del país, revalidando en provincias que en 2015 lo habían favorecido –como la CABA, Mendoza, Corrientes o Jujuy–, confirmando el terreno ya ganado en otras desde las PASO –como Neuquén, Santa Cruz y Entre Ríos– y, finalmente, imponiéndose en nuevos distritos –como la provincia de Buenos Aires, La Rioja, Salta, Chaco y Santa Fe. Los ejemplos de Chubut, La Pampa y San Luis, en las que los mandatarios provinciales lograron dar vuelta los resultados, no invalidan una tendencia muy nítida a la nacionalización del debate electoral.

El otro elemento claro es la polarización de la elección, que se cobró como principales víctimas a todas las variantes opositoras “dialoguistas” como el Frente Renovador de Sergio Massa, la lista Evolución de Martín Lousteau, el socialismo santafesino, el MPN de Neuquén, el armado local del gobernador Weretilneck en Río Negro y los justicialismos de Córdoba y Salta. La sorpresiva derrota de este último sector conducido por el gobernador Urtubey golpeó duramente las intenciones de la única figura presidenciable del peronismo antikirchnerista que había quedado en pie después de las PASO.        

La contracara del retroceso de estos sectores “opositores” fue que quienes enarbolaron una política de confrontación firme contra el gobierno –fundamentalmente los identificados con Unidad Ciudadana– lograron mejores resultados y, si bien mayoritariamente no consiguieron derrotar al gobierno, sí quedaron ubicados como las principales fuerzas de oposición en sus distritos y también a nivel nacional al alcanzar, en un cálculo aproximado, cerca de un 30% de los votos en todo el país, según el politólogo Andy Tow (Página 12 -22/10/17).

Unidad Ciudadana y sus aliados consiguieron una serie de resultados cuantitativamente significativos en distintas provincias que, en su heterogeneidad, justifican esta afirmación: el 37% en la provincia de Buenos Aires, el 25% en Santa Fe, el 21% en la CABA, el 9% en Córdoba, el 10% en Chaco, el 49% en Río Negro, el 19% en Neuquén, el 22% en Salta, el 32% en Santa Cruz y el 30% en Tierra del Fuego.  

Otras fuerzas políticas de menor alcance también consiguieron ser vehículos de esta vocación opositora. Entre ellas se destaca el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), que logró su mejor elección histórica ubicándose en opinión de analistas de la talla de Mario Wainfeld como una virtual tercera fuerza nacional por su implantación nacional (Página 12 – 23/10/17). El FIT demostró estar en condiciones de capitalizar el voto de “izquierda” y encontró una serie de referencias electorales inéditas que todavía no encontraron su techo, especialmente la legisladora porteña electa Myriam Bregman. Sin embargo, su reivindicación de ser “la única fuerza que realmente enfrenta al ajuste” representa un límite estratégico que le impide proyectarse como factor de reagrupamiento del campo popular. Tal como afirma Jorge Alemán (La Tecl@ Eñe – 24/10/17), la izquierda tiene una nueva oportunidad política en nuestro país, a condición de finalmente poder diferenciar que “no todo es lo mismo” y, particularmente, que el kirchnerismo no puede ser considerado una fuerza equivalente al justicialismo, por lo que se impone un criterio frentista para enfrentar al neoliberalismo.  

Otras experiencias locales que consiguieron resultados destacados fueron el Partido Agrario y Social de Misiones y el Partido Intransigente en Mendoza.

Teniendo en cuenta la tendencia a la moderación que ya con los resultados de agosto fue visible en distintos sectores de la oposición, especialmente en el movimiento obrero, es previsible que en el nuevo escenario político la tensión en el peronismo entre dialoguistas y opositores se agudice. Los primeros movimientos del gobierno tras las elecciones confirman que buscarán avanzar cuanto antes: tanto los avances del ministro de Trabajo Jorge Triaca para acordar la reforma laboral con el Triunvirato de la CGT, como la convocatoria del presidente a un “gran acuerdo nacional” con gobernadores y fuerzas opositoras funcionales. Lamentablemente, sobran “opositores” dispuestos a colaborar con la formación de un “bipartidismo conservador”.

Sin embargo, lejos de la crónica periodística, el debate en la oposición no se moverá solo al ritmo de las decisiones de la dirigencia a puertas cerradas sino que estará marcado por las coyunturas y ritmos de la resistencia a las políticas del gobierno, en las calles y en las instituciones.

¿Cómo frenar las reformas neoliberales? ¿Cómo construir una alternativa política competitiva de cara a 2019? Esas son preguntas centrales para la militancia popular estos próximos dos años. Enfrentamos una situación difícil, cargada de incertidumbres y adversidades, pero no encontramos forma mejor de encarar ambos desafíos que tomar partido por nuestras convicciones sin especular, ser amplios en la unidad defensiva y apostar a construir un proyecto de país junto a todos aquellos que quieran evitar que se consolide el neoliberalismo nuevamente en nuestro país.  

CFK y el debate en la oposición

Indudablemente, todos los ojos estuvieron puestos en la provincia de Buenos Aires, donde las consecuencias de la derrota de CFK son el eje de debate.

La política de quienes apostaron a cuestionar el liderazgo de CFK mediante la candidatura de Randazzo salió muy mal parada del test electoral, incluso perdiendo con el FIT en las categorías de diputados nacionales y provinciales de la principal sección electoral. Sin juzgar las intenciones, terminó siendo una política que colaboró con la fragmentación opositora y en los hechos favoreció a Cambiemos.

Al mismo tiempo, también fue cuestionada la idea de que solo con presentar a CFK de candidata se lograría arrasar en las urnas, como si ya existiera una mayoría política esperando para expresarse en las elecciones. Al contrario, de agosto a octubre, Unidad Ciudadana retrocedió en la primera sección electoral, así como también perdió o redujo su diferencia en municipios muy importantes de la tercera como Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora o Quilmes.

A nuestro juicio, CFK salió de las urnas como la principal líder de la oposición y, en ese sentido, su liderazgo fue revalidado como el mayor realmente existente para enfrentar a Cambiemos, más allá de las opiniones que a cada uno le pueda merecer. Pero, por otro lado, también es claro que sin un proceso de reinvención de la fuerza opositora no va a ser posible alcanzar una nueva mayoría popular. La formación de Unidad Ciudadana mostró una primera vocación en ese camino de apertura y, de manera auspiciosa, CFK aseguró el propio domingo 22 que se trata solo de “la base, no la totalidad, de la construcción de la alternativa a este gobierno”.

En este panorama, si la izquierda popular está dispuesta a ponerse a disposición de derrotar la ofensiva neoliberal mediante la construcción de un amplio frente político y social, entonces es evidente que no puede ignorar el acumulado político que demostró mantener Unidad Ciudadana. Al contrario, puede hacer un aporte relevante a la formación de un amplio frente opositor trabajando para articular sectores que provienen de otras trayectorias políticas, dando discusiones necesarias para pensar formas más eficaces de enfrentar al macrismo, contactando con la subjetividad de sectores sociales a los que el kirchnerismo por sí mismo no consigue interpelar, en fin, enriqueciendo una alternativa antineoliberal que pueda frenar al gobierno para ir más allá de lo conquistado hasta ahora.