Suplemento especial: Debates de la izquierda popular

Por: Patria Grande | 05 de julio de 2017

Este suplemento busca ser una herramienta para que distintos debates que atraviesan a PATRIA GRANDE puedan darse públicamente, de cara al conjunto de nuestra militancia y a quienes se referencian con nuestra construcción.  

No es una metodología normal para nosotros y nosotras, sino el resultado de una serie de debates que vienen atravesando a nuestra militancia y llegaron a un punto de crisis ante la necesidad de asumir definiciones importantes frente al escenario electoral. En concreto, nuestra organización, en el marco de una discusión más general sobre la estrategia política integral a desarrollar, no fue capaz de construir consensos respecto de la conformación de una alianza electoral que incluye al Frente para la Victoria en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Teniendo acuerdo en la necesidad de construir la mayor unidad posible contra el gobierno, los debates tienen que ver con cuáles son las condiciones que nos pueden permitir construir una alternativa popular frente a Cambiemos. Esto supone discutir el balance de las experiencias políticas más recientes en Argentina y América Latina para identificar limitaciones y posibles vías de superación. Implica, también, explicar por qué expresiones electorales de derecha triunfaron, y hacerlo sin recurrir al simple latiguillo del poder mediático. También pensar cómo una nueva alternativa popular se vincula con el acumulado, las propuestas y los liderazgos del kirchnerismo y diversas expresiones peronistas y de izquierda que hoy se encuentran en la oposición.

Invitamos a la militancia de PATRIA GRANDE a escribir sobre estos temas en las próximas ediciones de este suplemento.

Coyuntura electoral y cambio de etapa: las tareas de una izquierda popular

Por Adrián Pulleiro y Martha Linares

  1. La coyuntura electoral como momento clave en el cambio de etapa regresivo

A un mes de las PASO, el proyecto que encabeza el PRO y que impulsa buena parte del gran empresariado avanzó lo suficiente para imprimir un cambio importante en las correlaciones de fuerza pero no todo lo que hubieran deseado. La principal razón: la movilización popular. También, el nivel de influencia que entre la oposición ha mantenido el kirchnerismo en distintos campos de acción.  

Los pobres resultados económicos son el gran talón de Aquiles del oficialismo. No hay reactivación vía inversiones y no hay “derrame” que pueda ampliar su base social. Lo único que puede mostrar como un logro universalizable es la baja en la inflación de los últimos meses, a costa de políticas que atentan contra el crecimiento.

El oficialismo se juega mucho en octubre y, ante este panorama, eligió profundizar el camino conocido de la polarización. “Si no podemos mostrar grandes cambios, sí podemos seguir diciendo que somos distintos”, sería la consigna rectora de Cambiemos en esta campaña.

Las movilizaciones de masas de la primera parte del año dejaron sus marcas. No obstante, desde hace al menos dos meses, el gobierno recuperó la iniciativa y la interna peronista concentró casi toda la atención. Ambas cosas favorecieron al macrismo para transitar con más tranquilidad los meses previos a la elección y para tomar medidas trascendentales casi sin resistencia (endeudamiento, paritarias, recorte de pensiones, etc.).  

Hay que dar por descontado un triunfo del oficialismo en CABA. También es cantado que se imponga en Mendoza. Puede ganar en Santa Fe y va a dar pelea en Córdoba. Sin embargo, la presentación de Cristina Fernández de Kirchner en la Provincia de Buenos Aires hace que allí se concentre el resultado que hará volcar la balanza para un lado o para el otro. Es probable que quien se imponga en ese distrito, aunque sea por poco margen, sea el gran ganador de la elección.

 

  1. CFK, kirchnerismo y peronismo

El peronismo es el mayor actor de la oposición. Con la victoria de Cambiemos, se potenció la diferenciación hacia su interior. Cómo pararse ante el macrismo y qué hacer con CFK dividió las aguas. El kirchnerismo también se disgregó en apuestas distintas. Aunque CFK mantuvo apariciones más bien esporádicas, el cristinismo sostuvo una postura claramente antimacrista. Su máxima referente mantuvo su alto nivel de popularidad y un caudal de votos incomparable con otro dirigente peronista.

En el “panperonismo”, el massismo es el más perjudicado por la vigencia de la polarización kirchnerismo/antikirchnerismo. Aunque, si mantuviera un nivel de votos similar al de hace dos años, no dejaría de ocupar un rol de tercera fuerza que lo dejaría en carrera, sobre todo en un escenario de derrota de CFK.

La candidatura de la ex presidenta y la conformación de Unidad Ciudadana son los datos más relevantes de la elección. Mezcla de pragmatismo y autocrítica, el formato combina la pretensión de romper el cerco de los convencidos con una estructura territorial que prioriza la autorreproducción. La presentación de CFK partirá del voto duro y buscará expresar lo más posible a los perjudicados con el cambio de gobierno ¿Con qué propuestas a futuro? Por ahora, con una reivindicación tácita de su propio gobierno, que no se expresa en el “vamos a volver”, sino que alude a esa experiencia como contracara del gobierno actual. Y, sobre todo, con un cambio discursivo que pretende recuperar a los que en algún momento representó e interpelar a sectores desilusionados con el macrismo, al mostrar una pizca de renovación y más amplitud en las referencias.

El tiempo dirá si se trata de una mera adaptación o la inauguración de una nueva dinámica. No se trata de especulaciones sino de cómo este “kirchnerismo de la gente común” se vincula con movimientos profundos de nuestra realidad. ¿Hay elementos de balance y del escenario actual que permitan decir que será capaz de proponerse una relación diferente con el poder económico, ante una realidad que marca el agotamiento de las condiciones que hicieron posible un ciclo “virtuoso” en el que empresarios y trabajadores ganaron significativamente? ¿Hay indicadores de que apostará a un vínculo no instrumental con el movimiento de mujeres (o sea, el movimiento de masas más dinámico del país)? ¿O que le planteará una perspectiva novedosa a los sectores de la economía popular que vienen demostrando un poder de movilización tan importante? Son preguntas que le caben al kirchnerismo pero que marcan un terreno posible para pensar cualquier perspectiva alternativa a la ofensiva empresarial que estamos viviendo.      

 

  1. Oposición y alternativa: la razón de ser de una izquierda popular

La izquierda popular como proyecto emergió a partir de dos elementos fundamentales. Por un lado, la idea de que el rol de una fuerza que pretende contribuir a procesos de transformación social no debe pensarse como la aplicación de un plan predefinido teóricamente (como hace la izquierda tradicional), sino como una actuación que potencie los niveles más disruptivos presentes en las prácticas sociales de los sectores populares, ya sea los que aparecen con una identidad política constituida o los que lo hacen de una manera más difusa (un movimiento político, una formación cultural, una protesta). Concepción que, además, reconoce la preexistencia de otras tradiciones, identidades, formas organizativas. De ahí que la izquierda popular tenga la vocación permanente de empalmar con los procesos de masas más progresivos. Esto, que en ocasiones es definido entre nosotros de un modo sesgado como la tarea de empalmar sin más con el kirchnerismo, es en realidad un principio básico de nuestra manera de entender el rol que debe jugar una izquierda popular y, por ende, un criterio general que se traduce en políticas concretas según cada momento. Por otro lado, la emergencia de una izquierda popular en la Argentina actual es inentendible sin su caracterización y, al mismo tiempo, sin su diferenciación del kirchnerismo. Más allá de la valoración de sus elementos más ricos, la izquierda popular no es una variante del kirchnerismo, básicamente, por la profundidad de los cambios que postula para forjar una sociedad igualitaria, soberana e independiente y por la manera de concebir el sujeto que debe construirse para impulsarlos. En este sentido, asumir que las desigualdades imperantes son constitutivas del modo de organizar nuestra sociedad no es una obviedad o una mera definición teórica. Es, al mismo tiempo, el punto de partida para una estrategia que, intentando actualizar la tradición del socialismo, sostiene un horizonte anticapitalista. Y, a su vez, implica asumir una propuesta programática centrada en la necesidad de generar rupturas en las instituciones políticas y los mecanismos de producción, apropiación y distribución de los bienes y recursos fundamentales del país.    

El nuevo escenario ha puesto en tensión la posibilidad y la necesidad de construir una izquierda popular. Para clarificar las razones y los alcances de esa tensión es útil partir de una pregunta: ¿qué posicionamientos, qué objetivos y qué tareas definen a esa izquierda popular en esta etapa?  

Pensamos que, en la coyuntura actual, una izquierda popular se define por (i) una caracterización del cambio de etapa; (ii) una caracterización del kirchnerismo en el gobierno y en la oposición; y (iii) una forma de entender la dinámica entre construcción de oposición y gestación de alternativa a la nueva derecha.

No es lo mismo definir el significado del ascenso del macrismo como un mero cambio de gobierno que como parte de un proceso de retroceso general en las correlaciones de fuerza. Tampoco da igual partir de la idea de una derrota contundente que de la idea de retroceso.

A su vez, no es lo mismo definir al kirchnerismo como un proyecto progresista con rasgos populistas, que encarnó lo máximo a lo que se puede aspirar desde el campo popular en la actual etapa histórica, que considerarlo una experiencia contradictoria, que significó un fenómeno de ampliación de derechos y en simultáneo derivó en una estructura económica más dependiente y concentrada, que volcó a miles de jóvenes a participar políticamente al tiempo que reforzó una lógica de construcción verticalista, que tensionó permanentemente la estructura del PJ y, a su vez, permitió relegitimarla luego de la crisis de representación de 2001-2002. Tampoco da igual pensar que el macrismo se impuso más por su capacidad comunicativa que por saber aprovechar las falencias de un proyecto que fue perdiendo el respaldo mayoritario obtenido poco tiempo antes. Ni implica lo mismo sostener que el kirchnerismo fue derrotado por pasarse de revoluciones que plantear que fue derrotado a pesar de no asumir cambios estructurales y de proponer una salida conservadora encarnada en la figura de Scioli.

Finalmente, tampoco da igual pensar que, en función de su acumulado, lo único que le cabe a esa izquierda popular actualmente es apuntalar una oposición progresiva, y que su aporte cualitativo es equiparable en los planos de la resistencia y de la construcción de alternativa. O sostener que hoy no hay izquierda popular sin una orientación que valore como cruciales los aportes unitarios para obturar el avance empresarial y que, a su vez, actúe en la realidad como una fuerza que plantee el problema de la alternativa, en tanto continuidad de la experiencia kirchnerista y como ruptura y superación de su proyecto de capitalismo nacional distributivo.         

Dicho esto, la política de PATRIA GRANDE ante la candidatura de CFK se basó en evaluar que esa presentación encarna un discurso y una serie de posiciones que aparecen como opuestas a la avanzada neoliberal, y una derrota del PRO en ese distrito sería fundamental para ponerle un freno. Y que el liderazgo que CFK ejerce en grandes franjas de la población y el modo en que ha vinculado su candidatura con los damnificados de las políticas oficiales son hechos que van más allá de una voluntad individual. A la vez, un triunfo suyo sería un hecho crucial para el escenario posterior.

En definitiva, lo acertado de nuestra definición de hacer un llamado a votar por CFK está basado en la intención de articular nuestra propia propuesta política con un hecho progresivo y de masas y con un resultado electoral que puede ser beneficioso para el conjunto de los sectores populares. De ahí que la política electoral asumida en CABA haya generado un debate diferente porque, de hecho, puso en juego elementos distintos.  

 

  1. El dilema de una izquierda popular en el escenario actual

En este marco, y a partir de los debates que nos vienen atravesando, nos animamos a decir que, en la etapa actual, el gran interrogante que se abre es: ¿la izquierda popular debe proponerse “empujar” al kirchnerismo a posiciones más radicales o, en el marco de las condiciones políticas generadas por una oposición encabezada por el kirchnerismo, es posible pensar el despliegue de una fuerza emergente en la sociedad argentina que sea interlocutora de sus bases y sus construcciones? Interlocución que, es justo decir, según las situaciones y, sobre todo, dependiendo de las orientaciones políticas, se traducirá en articulaciones y también en disputas.

La primera perspectiva significaría una estrategia en la cual la izquierda popular podría existir –o mejor dicho incidir y desarrollarse– solamente como un ala (o sea, un componente dependiente) de un gran movimiento de raigambre nacional y popular, asumiendo como propio el liderazgo ejercido en este caso por CFK. Sería una política legítima, aunque supone un debate profundo y frontal que entre nosotros apenas está arrancando. Y que, para ser intelectualmente honestos, debería partir de un balance de las experiencias actuales e históricas que en nuestro país han planteado un camino similar, ya no como táctica para crecer como organización sino como vía para incidir en el rumbo de los procesos de cambio.   

La segunda perspectiva puede sonar a una formulación de lo que ya venimos haciendo y, por ende, a una opción un tanto conservadora. Sin embargo, representa una apuesta más osada dado que implica recorrer un camino menos transitado por las izquierdas locales, ya sea porque ubica en primer lugar el problema de construir un proyecto con vocación de mayorías, como porque propone una vía para abordar la relación con el peronismo que pueda trascender la asimilación y la ilusión de la desperonización.  

En concreto, es difícil pensar un movimiento de masas en Argentina sin peronistas y, en esta etapa, sin al menos una parte del kirchnerismo. Pero también es difícil de imaginar un movimiento de masas con perspectiva de cambio radical sin una izquierda con inserción social, poder cultural y liderazgos políticos. Que más allá de las coyunturas sea capaz de articular, disputar y movilizar en pos de un proyecto de país alternativo al que propone la nueva derecha y superador del que encarnó el kirchnerismo. Una izquierda popular, en suma, que para convertirse en una fuerza realmente actuante en la realidad de los próximos años dependerá de la capacidad que tengamos para combinar tácticas ambiciosas con autonomía organizativa y claridad estratégica.

Reflexiones sobre el sentido del momento histórico

Por Ulises Bosia

Para toda organización popular, los cambios de etapa suponen una actualización de su política general, de sus marcos de alianzas y de sus orientaciones concretas. Como mínimo, obliga a analizar las tendencias de la realidad política, económica y social, sopesar los intereses sociales en juego y la configuración del campo político y, en función de todo eso, formular una orientación que permita empalmar con las tendencias más progresivas del momento, de manera de aportar como militantes a hacer realidad los objetivos del campo popular en cada etapa. Cuanto más se logre, más se fortalecerá la organización y su proyecto político.  

Tal es el marco de los debates que PATRIA GRANDE decidió hacer públicos y que, justamente por esa razón, también son debates del conjunto del campo popular. Y es también en este contexto que se pone en práctica la enseñanza de Fidel: siempre guiarse por el “sentido del momento histórico”. 

 

Una tarea nada sencilla

Sabemos, por nuestra propia experiencia, que no es nada fácil reconocer un nuevo momento político y formular las tareas necesarias para actuar. Sin ir más lejos, vale remitirnos al balance que hacemos sobre cuánto tardamos en adaptar la política a la nueva etapa abierta en 2001, por ejemplo, en cuanto a la necesidad de dar la disputa en el terreno electoral; o, a partir de 2008, cuando se generó la polarización política y social en nuestro país. Si ahora somos consecuentes con la caracterización que estamos haciendo de un cambio de etapa política, esta vez no podemos cometer el mismo error y recién dentro de cuatro o cinco años pensar lo que teníamos que haber hecho ahora. 

Por otro lado, es inútil buscar garantías de que estemos haciendo una lectura correcta del momento histórico. Sólo el pensamiento de la intelectualidad puede darse el lujo de analizar los procesos después de que hayan sucedido. La razón militante, en cambio, está condenada a arriesgar, a apostar, a jugársela por sus convicciones. Es razón y voluntad, es también intuición, emoción y capacidad de empatía con el pueblo. Esa es la condición de posibilidad que le permite transformar la realidad y no sólo analizarla. 

Un ejemplo reciente de las dificultades de adaptar el rumbo a una nueva etapa es la política de los compañeros y compañeras del Movimiento Evita, quienes caracterizaron que el ciclo de CFK estaba concluido y que jugaría un rol secundario en la política nacional al menos por varios años, por lo que se hacía necesario construir un nuevo liderazgo, enrolándose así en las filas de la “renovación” con los sectores más regresivos del peronismo. O también se pueden encontrar ejemplos en la orientación antikirchnerista que asumieron Libres del Sur y otras organizaciones del progresismo, como Proyecto Sur, luego del conflicto del “campo” y de las elecciones legislativas de 2009, que las llevó a alianzas totalmente contrarias a los intereses populares. 

 

Lo esencial del momento histórico actual 

¿Qué es entonces lo esencial del momento histórico actual? 

Hace varias semanas que el gobierno les viene dejando en claro a las grandes fortunas del país y a los capitales trasnacionales, a través de los medios de comunicación, que un triunfo de Cambiemos en octubre es el punto de partida de la profundización de su política. 

De conjunto, se trata de restaurar las correlaciones de fuerzas políticas y sociales vigentes antes de 2001 para culminar las tareas que, en aquel momento, las fuerzas del neoliberalismo dejaron inconclusas. Hay que recordar que el fin de la etapa neoliberal en los noventa no se dio por agotamiento de sus objetivos, sino como resultado del ascenso de las luchas populares, que bloquearon a las fracciones del poder económico que apuntaban a su profundización mediante la dolarización de nuestra economía, los mismos sectores que hoy están firmemente detrás del gobierno de Macri.

El objetivo final del proyecto de país liberal y oligárquico, que con Cambiemos volvió a conducir nuestro país, es desmantelar las conquistas y derechos históricos ganados por nuestro pueblo a lo largo de décadas de lucha. Volver a un país pre-1945: un país sin derechos laborales, sin movimiento obrero fuerte, sin organizaciones sociales fuertes, con industrias sólo en los sectores “competitivos”, apoyado en la economía extractiva: “el supermercado del mundo”, como lo llama Macri.

Lo que está en juego en 2017 es si la ofensiva neoliberal podrá consolidarse o verse frenada, tanto en las calles como en las urnas. Si la nueva etapa podrá asentarse y el sistema político podrá encontrar nuevos equilibrios conservadores –una suerte de bipartidismo conservador, lo bautizamos. Por esa razón, hemos dicho, después de variados debates internos, que estamos frente a un año bisagra que no conviene subestimar. 

Esto es lo esencial del momento político defensivo que estamos viviendo en Argentina. Y, por lo tanto, nuestra orientación principal, que guía el conjunto de nuestra política, empieza por resistir esta ofensiva neoliberal, ponerle un freno. Al mismo tiempo, venimos diciendo que junto a las tareas defensivas es imprescindible también, como parte de ese movimiento de resistencia amplio, aportar a generar las condiciones para crear una nueva experiencia política capaz de derrotar al gobierno en 2019. Un frente antineoliberal de masas, protagonizado por quienes todos los días enfrentan al gobierno en las calles, en el que la izquierda popular será la tendencia que peleará por un programa que vaya más allá del “capitalismo en serio”. 

Eso supone romper con la cultura “ombliguista” propia de las organizaciones que evalúan la realidad en función de con qué política “se pierde menos identidad” o “perfil propio”, es decir, dejar de pensar la política desde uno mismo y pasar a pensarla desde las necesidades que vive el pueblo del que formamos parte. El proyecto político de la izquierda popular va a acumular fuerzas, va a crecer como tendencia al interior del campo popular si conseguimos que nuestra orientación empalme con los anhelos de nuestro pueblo, si ayuda a vencer en la tarea central en esta etapa: resistir en unidad, construir la alternativa. 

Esa es la enseñanza que nos dejó el balotaje de 2015. En aquel momento, haciendo un análisis y una caracterización correcta de lo que supondría un triunfo de Macri, dijimos con toda claridad que “no daba lo mismo” quién ganara y promovimos el voto a Scioli, quien a nuestro modo de ver ya representaba un giro a la derecha respecto de los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK. Aunque fuimos derrotados en esa batalla política, esa decisión fue un acierto enorme, a tiempo real, que nos permitió darle más visibilidad que nunca a la existencia de una izquierda popular en nuestro país.

 

CFK, el Frente Ciudadano y la alternativa

En marzo de este año hicimos nuestro Plenario Nacional de Delegados y Delegadas, en medio de un mes atravesado por multitudinarias movilizaciones populares. Entrando a un año electoral, una de nuestras mayores preocupaciones en ese momento era cómo aportar a que el pueblo argentino no retroceda en las urnas los pasos que estaba dando en las calles. 

En efecto, se trata de una posibilidad concreta en la medida en que muchos de los principales instrumentos que apuestan a canalizar el rechazo al gobierno en las urnas pertenecen a los sectores opositores funcionales, cuyos máximos ejemplos son el massismo, buena parte del peronismo, el socialismo, etc. 

De ahí, el principal planteo político que extrajimos como conclusión: lo que nuestro pueblo necesita para derrotar la ofensiva neoliberal es un amplio frente político y social que interprete y canalice la bronca y la voz de resistencia surgida de las calles y rutas del país, contra el gobierno y sus socios en la oposición. También, como resultado de fuertes debates internos, las concebimos como construcciones “ciudadanas”, nuevas plataformas de participación que trasciendan el formato de los grandes partidos políticos y pongan en el centro el protagonismo de los sectores sociales damnificados por el neoliberalismo. Y nos propusimos ensayar algunas primeras experiencias en ese sentido.   

Además, en ese momento, consideramos que más allá de nuestro balance crítico por izquierda de los gobiernos kirchneristas, CFK es la principal figura de la política argentina que hoy representa “objetivamente” el rechazo al ajuste y a la ofensiva neoliberal, es decir que su figura significa eso en la subjetividad de millones de personas, especialmente en los sectores más humildes. Por lo que, tras un debate interno, concluimos que su candidatura era un obstáculo para los planes del gobierno y de la clase dominante y, en consecuencia, en caso de darse, no debíamos competir contra ella, como efectivamente decidimos hacer una vez conocida la noticia, y posteriormente llamar explícitamente a votarla como forma de derrotar al gobierno. 

En marzo también pensábamos que si su candidatura implicara una crisis, fractura parcial o disputa abierta con los sectores más reaccionarios del PJ, ese escenario sería mucho más progresivo. Se trataba de que CFK pusiera su candidatura al servicio de construir una nueva experiencia política frentista, capaz de incorporar a los sectores que hoy encabezan las luchas populares, sin importar su identificación partidaria, buscando construir un programa político que rechace de forma contundente la ofensiva neoliberal y supere las limitaciones de los gobiernos kirchneristas. A eso le llamábamos que CFK arme el “Frente Ciudadano”, y en ese sentido lo planteamos públicamente. 

De esa manera, nos imaginábamos la mejor forma en que podría darse un proceso de construcción de una alternativa superadora en las condiciones actuales de nuestro país. A la luz de los hechos que transcurrieron desde entonces, especialmente del lanzamiento de Unidad Ciudadana en la Provincia de Buenos Aires, nuestra lectura de la realidad y las expectativas que nos hicimos se revelaron bastante bien orientadas y nos permitieron empalmar con las tendencias más progresivas del momento. Esto no era nada obvio, como dejan en claro las fuertes discusiones internas en todos estos meses.  

A partir de allí pudimos ponernos en condiciones de desplegar una política electoral que, poniendo en el centro la necesidad popular de derrotar al neoliberalismo y de reconocer el rol progresivo que tiene la candidatura de CFK para ello, nos permite hoy estar interpelando a millones de personas en la Ciudad de Buenos Aires. la Provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Misiones y Salta. En cada caso, con particularidades que tienen que ver con nuestras posibilidades y con las distintas realidades provinciales, PATRIA GRANDE es una opción electoral de rechazo contundente al macrismo y, a la vez, de construcción de una propuesta alternativa.

En efecto, desde una ubicación clara de confrontación frentista con la ofensiva neoliberal, la izquierda popular encuentra un importante espacio político para su crecimiento con sus propios instrumentos, sus banderas y su programa, sintonizando con quienes comparten con nosotros que el grito de “vamos a volver” es un grito de resistencia valioso, pero no puede ser un programa político victorioso. Reforma constitucional, nacionalización del comercio exterior, plena formalización de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, avances claros en la agenda feminista, profundización de la integración latinoamericana con proyectos concretos, entre otros, son el tipo de planteos que nos identifican a quienes impulsamos una izquierda popular, es decir, a quienes queremos aportar a lo que Álvaro García Linera llama una “segunda oleada revolucionaria” en Nuestra América, que supere las limitaciones de la primera.

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