Ecuador, Venezuela: América Latina en el fragor de la batalla

Por: Manuel Martínez | 12 de abril de 2017

El triunfo de Lenin Moreno el 2 de abril desarmó la ilusión de una irresistible restauración neoliberal en América Latina y repuso en el centro de la escena la fortaleza de las fuerzas populares para afrontar este nuevo contexto. El recrudecimiento de los ataques contra la Venezuela bolivariana forma parte de la misma pelea.   

Resulta un tanto difícil escribir sobre los resultados electorales en Ecuador, por cierto positivos en el actual escenario de Nuestra América, prescindiendo de las convulsiones que atraviesan a Venezuela. Ambos países, así como Bolivia, están mancomunados de manera particular en un proceso multiforme de confrontación popular con el neoliberalismo y con los ataques del imperio y la derecha desde hace más de una década. El caso de Venezuela es en este momento el más complejo, precisamente por el recrudecimiento de esos ataques que día a día siguen desafiando a la vitalidad de la revolución bolivariana.

¿Ecuador es la excepción?

Sería un error afirmarlo. Para quienes sostienen que, en los tiempos actuales –segunda mitad de la segunda década del siglo XXI– la regla es el “fin de los populismos”, evidentemente los resultados finales de las elecciones en Ecuador serían sólo una excepción. Sin entrar en debates filosóficos, debemos decir, solo de pasada, que la existencia de una excepción confirma más bien que hubo un error al asumir como absoluta determinada regla. Y esto sucede, y seguirá sucediendo, toda vez que se intente interpretar los procesos políticos apelando a ciertos “análisis” periodísticos y haciéndose eco de las expresiones de deseos de la derecha restauradora. Los procesos electorales siempre reflejan de manera distorsionada una determinada correlación de fuerzas, es decir, un determinado estadio de la lucha de clases.

Si miramos el escenario actual de Nuestra América, el único país donde la derecha ganó el gobierno por medio de un proceso electoral fue Argentina, al finalizar 2015. Hecho y síntoma, por cierto. Ese triunfo tuvo diversas repercusiones negativas en otras latitudes de nuestro continente, desde luego relativamente. Casi de inmediato se sintió ese impacto, aunque no solo por el peso geopolítico de nuestro país en la región sino también por su combinación con dificultades, límites y errores en los procesos de países hermanos: el PSUV perdió la mayoría de la Asamblea Nacional en Venezuela; Evo Morales perdió el plebiscito para su repostulación a la presidencia en Bolivia; mediante un golpe de Estado institucional se destituyó a Dilma Rousseff en Brasil; se perdió el plebiscito que debía ratificar los acuerdos de paz con las FARC en Colombia. Todo esto, además, bombardeado tarde, mañana y noche por los medios hegemónicos, fortaleció la teoría del “fin del ciclo populista” en América Latina, que se habría iniciado en Argentina. Desde luego, el panorama que se fue delineando en 2016 configura un marco defensivo y complejo para el movimiento popular de la región, más aún cuando –salvo en el caso de Brasil– estos hechos se produjeron mediante procesos electorales. Con todos estos reveses, que plantean nuevos ensayos de resistencia, como puede verse de distinta manera hoy y en diferente grado en Venezuela, Brasil o Argentina, podemos decir que la etapa abierta al comenzar el siglo XXI no se ha cerrado como tal. Estamos, en todo caso, en un nuevo momento en el que se ha modificado parcialmente la correlación de fuerzas y en el que la pujanza del movimiento popular sigue desafiando esta embestida.

En este contexto nada fácil, se derrumbó la ilusión antipopular de que la derecha ganaría las elecciones en Ecuador. La contienda final se resolvió por estrecho margen: Lenin Moreno (Alianza PAÍS) alcanzó el 51,15% y Guillermo Lasso (CREO-SUMA), el 48,85%. En elecciones anteriores en otros países, los resultados fueron más o menos semejantes: Nicolás Maduro en Venezuela (50,61% en 2013), Dilma Rousseff en Brasil (51,64% en 2014) y, con signo contrario, Mauricio Macri en Argentina (51,34% en 2015). Esto habla de una polarización electoral que, por cierto, está presente desde hace ya cuatro años en la región pero, en el caso de Ecuador, tiene un significado muy importante. No es lo mismo, no fue una elección más, precisamente porque la derecha neoliberal perdió en medio de su ofensiva a escala continental en este 2017. Y perdió levantando la bandera del “cambio” contra el “populismo”. Lenin ganó por un 2,3% al banquero restaurador Lasso: ganó casi un año y medio después del triunfo de Macri y siete meses después del golpe institucional de Brasil. Y ganó por el respaldo popular mayoritario al proyecto político que lidera Rafael Correa desde hace ya una década, pero también –lo afirmamos como hipótesis– por la percepción del pueblo ecuatoriano del desastre económico-social que hoy se está viviendo en Argentina y Brasil. En el voto por Lenin, amplios sectores populares expresaron claramente su deseo de no volver a ese pasado dramático que sufrieron, recordando aquel 70% de pobreza y el desarraigo de millones de hombres y mujeres que emigraron durante la peor crisis que sufrió Ecuador al comenzar el siglo XXI. Este triunfo fortalece al campo popular de Nuestra América, contribuye a la movilización del pueblo venezolano en defensa de la Revolución Bolivariana y alienta la resistencia en Brasil, Argentina y en otros pueblos hermanos.

Otro dato a tener en cuenta es que, en estas elecciones, el gobierno propuso un plebiscito para aceptar o rechazar que los funcionarios públicos puedan tener cuentas en paraísos fiscales. El rechazo se ganó en primera vuelta con casi el 60% de los votos. Por su extenso prontuario, Guillermo Lasso fue también perdedor en esta consulta.

Por otra parte, si bien la “década ganada” por Correa contiene aspectos progresivos en cuanto a derechos civiles, redistribución, educación, salud, etc., que fueron consagrados en la nueva Constitución de 2008, también ha recibido muchas críticas por su política extractivista, así como por su conflictiva relación con los movimientos indígenas. Habiendo asumido luego de una prolongada crisis económica y social, contó en sus inicios con el respaldo de los pueblos originarios, que en Ecuador tienen una larga historia de resistencia en defensa de sus derechos. La ruptura de estos sectores, seguramente, es una de las mayores deudas del proceso ecuatoriano. El Movimiento Pachakutik –que jugó un rol clave para la aprobación de la Constitución de 2008 y que respaldó la reelección de Correa en 2009– terminó apoyando lamentablemente al banquero Lasso, es decir, al candidato neoliberal, a uno de los responsables de la tremenda crisis ya mencionada que golpeó despiadadamente a los pueblos originarios. La misma postura fue compartida por Unidad Popular e Izquierda Democrática. Respaldamos, sin duda, las demandas fundamentales de los pueblos originarios, así como también el derecho de estas organizaciones a mantener su independencia política. Al mismo tiempo, criticamos la postura que asumieron, más aún en el contexto continental en el que se realizaron las recientes elecciones ecuatorianas. La votación de Lasso, según diversas versiones, tuvo un aporte importante de estas corrientes, lo cual reaviva el debate respecto de un posicionamiento correcto –incluso táctico– en una confrontación electoral en la que está en juego defender lo ganado o una nueva restauración neoliberal.

Venezuela, más que una grieta

En este caso, sin ambages, está presente la antinomia revolución o contrarrevolución. La Revolución Bolivariana, así como la mayoría del pueblo venezolano que la viene protagonizando desde 1999, sufre hoy una embestida brutal que se manifiesta en las calles de Caracas. La derecha está envalentonada y está ganando las calles de la capital con el respaldo de la OEA, de Estados Unidos, de los gobiernos de varios países latinoamericanos y de los medios concentrados a escala continental. Está en marcha, claramente y con mayor consistencia que antes, una operación internacional para aislar a Venezuela. Los medios han avanzado en instalar la idea de que en ese país hay una “dictadura”, que “la gente se muere de hambre”, etc., mientras justifican la violencia que en los últimos días ha recrudecido en las calles incluso con ataques a edificios públicos. Lo que se pretende es repetir las guarimbas de 2014, esta vez con una actitud más ofensiva por el respaldo internacional existente. Con todo cinismo, el diputado Freddy “Marihuanita” Guevara, vicepresidente de la Asamblea Nacional y vocero de la Mesa de Unidad Democrática, dijo recientemente: “Esta es una lucha pacífica, de resistencia, de todos los días”. Y agregó el objetivo: “La lucha genera el desgaste del gobierno”. Fue en una conferencia de prensa en la que la dirigencia opositora convocó para el próximo 19 de abril a “la mayor movilización en toda Venezuela… Es la fecha heroica Venezuela. Ese día vamos de nuevo a la calle en paz”, señalaron.

En este contexto, el rol del secretario general de la OEA, Luis Almagro, ex canciller de Uruguay, es el de un incansable provocador, a tal punto que el actual vicepresidente de su país, Raúl Fernando Sendic, tomó distancia de la gestión que viene cumpliendo el otrora político progresista, hoy convertido en peón del Departamento de Estado yanqui. Por otra parte, y siempre como parte de esta ofensiva, se realizó hace pocos días una reunión de los cancilleres del Mercosur, por supuesto sin la presencia de Venezuela, que ya fue excluida. La preocupación de los cuatro cancilleres no fue el incendio del edificio del Parlamento paraguayo, ni las movilizaciones en ese país en contra del proyecto reeleccionista del presidente Cartés, aunque todo esto sucedía en paralelo; la preocupación central era condenar a Venezuela. En ese momento, se hablaba de “autogolpe” por la intervención del Tribunal Supremo de Justicia ante la actitud pertinaz de la Asamblea Nacional que desconoce las funciones del gobierno bolivariano. La condena, sin embargo, quedó a medio camino porque se dio marcha atrás en la medida adoptada en Venezuela.

Respecto de esto último, es decir, sobre la conveniencia o no de suspender las funciones de la Asamblea Nacional, pueden emitirse diversas opiniones, muchas de ellas críticas, seguramente. Es un debate importante, ya que está relacionado, por un lado, con el carácter mismo de la democracia y, por el otro, con el destino mismo de la Revolución Bolivariana. Seguramente la intervención de la Asamblea Nacional no se presentó como una noticia agradable. Lo hubiera sido si en paralelo se ponía en el centro la revitalización del Parlamento Comunal, es decir, de una institución de la democracia participativa que expresa a las comunas, apuntando desde luego a fortalecer el poder popular. Esto fue planteado por diversas comunas en tiempo real. El debate, insistimos, es válido y necesario. Pero debemos decir también que tal o cual medida defensiva frente a la oleada de la derecha está en medio del fuego cruzado de revolución-contrarrevolución. No se puede perder de vista esta cuestión central, mucho menos para adoptar una actitud liberal frente a las instituciones políticas. Si la Revolución Bolivariana fuera derrotada, no cabe duda que la correlación de fuerzas favorecería mucho más a las clases dominantes serviles del imperio.

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