El convulsionado inicio de la era Trump

Por: Leandro Morgenfeld* | 02 de marzo de 2017

Las primeras semanas del magnate en la Casa Blanca fueron tumultuosas ya que mantuvo y profundizó su estilo revulsivo, provocando todo tipo de polémicas en un Estados Unidos que expone, como nunca, las grietas que atraviesan a su sociedad.

 

En sus primeros días en el sillón de la Casa Blanca, Trump hizo lo imposible para mostrarse como un presidente poderoso, dispuesto a ir contra todos (el establishment de Washington) y a cumplir rápidamente (vía “órdenes ejecutivas”, es decir, decretos) sus promesas de campaña, incluso las más polémicas: fin del Obamacare, construcción inmediata del muro físico en la frontera con México, salida del Acuerdo Transpacífico (TPP), aceleración de las políticas de deportaciones de inmigrantes indocumentados (y suspensión de fondos federales a las “ciudades santuario” que decidieran protegerlos, como New York, Los Ángeles o Chicago). Al mismo tiempo, formó un gabinete con su impronta, plagado de CEOs, militares, hombres propios (como Steve Bannon, líder de la Alt-Right y su más influyente consejero, y su yerno Jared Kushner) y también algunos representantes del Partido Republicano (Rence Priebus, su jefe de Gabinete).

Ese Trump aparentemente arrollador encontró en las últimas semanas límites a su poder. En parte, eso se debe a los múltiples conflictos que él mismo alentó y a su estrategia de exacerbar las contradicciones. En primer lugar, desde el momento mismo de su asunción, se multiplicaron las marchas callejeras, que alcanzaron su punto más alto el 21 de enero, cuando millones de personas, especialmente mujeres, se movilizaron contra su misoginia. También fueron importantísimas las protestas realizadas en los aeropuertos y ciudades de todo el país contra el decreto que suspendió el ingreso de refugiados y las visas a ciudadanos de siete países (mayormente musulmanes). Justamente, esa polémica iniciativa lo llevó a su primer gran enfrentamiento con la Justicia, que trabó dicha medida. Trump atacó primero a los jueces, pero finalmente desistió de apelar a la Corte Suprema. Profundizó, en estos días, el enfrentamiento con los principales periódicos y canales de noticias –su primera conferencia de prensa terminó en un escándalo– y no dudó en calificarlos como enemigos del pueblo americano. Además, crece la oposición de los demócratas en el Congreso –la línea acuerdista debió ceder a los que, presionados por las bases, quieren una oposición dura contra el magnate– y se ahondó el enfrentamiento con los servicios de inteligencia, por el “Rusia affaire”.

La primera víctima fue nada menos que Michael Flynn, a cargo de la poderosa NSA. Tampoco pudo ratificar al secretario de Trabajo –debió cambiarlo– y sufrió para lograr el acuerdo del Senado para Betsy Devos, la secretaria de Educación –tras un empate 50-50, por primera vez en la historia se requirió el voto del vicepresidente Mike Pence para ratificar a un miembro del gabinete.  

Esos múltiples frentes de conflicto interno, sumados a la extrema polarización, a las internas en su equipo y a su bajísimo índice de aprobación, obligan a pensar en la posibilidad de que avancen distintas iniciativas para forzar un impeachment, aun cuando este requeriría el apoyo de un sector del Partido Republicano que, por ahora, parece encolumnado tras el presidente y con temor a ponerle límites, salvo en el caso de algunas figuras influyentes como la del senador John McCain. El apoyo lo encuentra en la base ultraconservadora –el viernes 24 de febrero compareció en la Conferencia de la Acción Política Conservadora, donde lo aclamaron a él y al polémico Bannon– y en Wall Street, no sólo por el nombramiento de un ex Goldman Sachs al frente de la Secretaría del Tesoro, sino por las desregulaciones, las rebajas de impuestos a los más ricos y la reactivación del proyecto de construcción de los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access, este último suspendido por Obama tras meses de lucha de ambientalistas y pueblos originarios.

¿Aislacionismo?

En el plano de la política exterior, también hubo novedades y múltiples escándalos por el (des)trato a los mandatarios de México y Australia. Contra lo que muchos auguraban, Trump ya mostró que no va a ser aislacionista: nombró a diversos militares en su gabinete y aumentó un 9% el presupuesto militar (54 mil millones de dólares), reivindicó a las Fuerzas Armadas cada vez que pudo, atacó a China vía Twitter, bombardeó Yemen el 29 de enero, impulsa el expansionismo de los asentamientos ilegales en territorio palestino, recibió al ultraderechista Netanyahu –quien pone en duda la solución de los dos Estados–, amenazó a Irán y agredió a Venezuela incluyendo al vicepresidente de Maduro en la lista de promotores del narcotráfico y recibiendo en la Casa Blanca a la esposa de Leopoldo López, incluso antes que a cualquier mandatario regional. Más que reducir el intervencionismo a escala global, Trump pretende reimponer el unilateralismo en detrimento del multilateralismo y de una conducción imperial más colegiada. Como sus antecesores, sigue pregonando el “excepcionalismo” y la idea de que los estadounidenses son un pueblo elegido, diferente al resto.  

También, promovió la distención con Rusia para enfrentar a China. Menospreció a la Unión Europea y calificó a la OTAN como una alianza obsoleta, aunque luego el vice Pence, en gira europea, matizó estas consideraciones. Su lema, America First, significaría que no está más dispuesto a pagar los costes de ser el gendarme planetario. Si Europa y Japón quieren la “protección” militar estadounidense, argumenta Trump, que paguen por ello. Esto podría implicar una renegociación del vínculo con sus aliados.

América Latina fue blanco de ataques durante la campaña y lo sigue siendo ahora. Trump utiliza a los hispanos como chivo expiatorio y los humilla para acumular políticamente. México es el gran perjudicado, desde el punto de vista económico y político. La nueva Administración también intenta revertir la distensión con Cuba iniciada hace dos años por Obama. En los últimos días, la presión fue contra el gobierno venezolano. Para atacar a los países no alineados, Trump busca subordinar a los gobiernos neoliberales que quedaron descolocados por su prédica proteccionista. Si Peña Nieto y Temer no pueden cumplir hoy cabalmente el rol de alfiles de Washington, los candidatos son Santos –ahora complicado por el escándalo de Odebrecht–, Kuczynski y Macri. El peruano fue recibido el viernes pasado en la Casa Blanca y Macri negoció y logró una escueta llamada telefónica de Trump unos días antes. Allí, el argentino se mostró dispuesto a seguir al pie de la letra la agenda de Washington. No planteó ni solidaridad con México ni reclamó por la negativa al ingreso de limones al mercado estadounidense. La única preocupación del mandatario argentino era lograr que Trump lo reciba en Washington, cuestión que ocurriría entre abril y junio.  Como planteó Malcorra, quieren aprovechar las dificultades de México y Brasil para que Macri se transforme en el interlocutor regional de Trump.

Así, reeditando la postura subordinada de Menem, el líder del PRO es funcional a la estrategia de “divide y reinarás” que, históricamente, impulsó Estados Unidos en América Latina. El problema es que Trump cuestiona los tratados de libre comercio que Macri sigue promoviendo. Y que, a diferencia de lo que ocurrió con Obama, el acercamiento a alguien que provoca tanto rechazo entre los latinoamericanos va a generarle un costo político no menor en un año electoral.
*Docente UBA e Investigador Adjunto del IDEHESI-CONICET. Co-Coordinador del GT CLACSO “Estudios sobre Estados Unidos”. Dirige el blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com.

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