El instinto de defensa de las masas

Por: Ulises Bosia | 20 de diciembre de 2017

El recorte a las jubilaciones y asignaciones fue aprobado con gran esfuerzo por el gobierno pero generó una reacción social inédita en estos dos años de Cambiemos. Algunas reflexiones sobre su significado y las posibilidades que abre.

Tras las elecciones el gobierno instaló que el país se había visto envuelto en una indetenible ola amarilla, presunto plafón social para la apertura de una nueva etapa: el “reformismo permanente”. Se dispuso así a preparar el terreno para llegar a un diciembre tranquilo: logró acordar con el triunvirato de la CGT la reforma laboral, negoció con todos los gobernadores -menos Alberto Rodríguez Saá- la reforma tributaria, y hasta consensuó con el bloque de senadores peronistas -comandado por Miguel Ángel Pichetto- una fórmula de ajuste para las jubilaciones y asignaciones. Todos estos sectores de la “oposición” compraron la lectura política que les vendió un gobierno que, creyendo que había hecho la tarea, decidió convocar a sesiones extraordinarias para aprobar el paquete de reformas.

Pero ese calculado plan chocó con un obstáculo inesperado para los estrategas oficiales, el mismo con el que tantas otras veces en nuestra historia se toparon los sectores dominantes: la movilización popular. Nuestra historia sería incomprensible sin este elemento que, de forma sorpresiva, irrumpe cuando menos se lo espera y conforma una suerte de instinto de defensa de las masas: así fue el 17 de octubre, así fue el Cordobazo, así fue el 19 y 20 de diciembre. Sería exagerado equiparar las jornadas de diciembre de este año con esos episodios de mucha mayor magnitud, pero en su esencia un punto los une: cuando la agresión de las clases dominantes se vuelve intolerable, las calles y plazas se politizan y convierten en instrumentos para la defensa de los derechos populares, trascendiendo a las fuerzas organizadas del campo popular.

Por otra parte, pese a la prédica cambiemita -que se apoya en la idea de que nuestro país está jodido hace décadas, grosso modo desde que llegó el peronismo, y que por lo tanto es necesario un cambio de raíz para finalmente poder modernizarse y adaptarse al mundo-, volvió a ponerse en evidencia que existen hilos invisibles en la memoria popular, de mediano y hasta largo plazo, que por ejemplo explican la reaparición de símbolos como Norma Plá, y permiten enlazar presente y pasado en una contradictoria identidad popular que encuentra raíces para desplegar la posibilidad de un destino nacional-comunitario hacia el futuro.  

Si bien el gobierno consiguió aprobar la reforma previsional –con el imprescindible apoyo de un sector del peronismo y de un conjunto de formaciones políticas provinciales-, el saldo de estas semanas de movilización desmiente sus aspiraciones de haber obtenido un cheque en blanco en las elecciones y genera una nueva coyuntura política.    

Desafíos

Con respecto a la reforma previsional el gobierno decidió cumplir el dictado del FMI y hacer oídos sordos al reclamo popular, particularmente de sectores medios que forman parte de su base de votantes. Las propias declaraciones de Mirtha Legrand –“Las necesidades de los jubilados son urgentes, no pueden esperar un bono”- y Susana Giménez –“Es inhumano hacer una reforma para sacarle plata a los jubilados”- ilustran ese hecho.

A su vez los cacerolazos masivos que surgieron en distintas ciudades del país, particularmente en barrios de clase media alta, mostraron que la bronca era mayor de lo que se veía a simple vista. Es la primera vez desde la asunción de Macri que pueden observarse -a esta escala- escenas de desencanto de una base social que parecía haber cerrado su crisis de representatividad proveniente del no tan lejano 2001. Aunque sería demasiado hablar de un quiebre, sí quedó reforzada la percepción de que en nuestros tiempos la representación política es un pacto que requiere de una revalidación permanente, lo cual representa un primer desafío para los planes del gobierno.

Algo similar ocurre con los sectores colaboracionistas de la oposición. Ya los resultados de las elecciones de medio término habían golpeado a las versiones tibias y las avenidas del medio. Pero ahora ese fenómeno creció, afianzándose como un rasgo importante del balance político del año: 2017 concluye con una delimitación opositora de gran parte de la sociedad, que presiona sobre el comportamiento de la oposición y cuestiona la tendencia al bipartidismo conservador. Por un lado a nivel legislativo, donde se hizo sentir el repudio popular hacia los senadores y diputados que dieron quórum y convalidaron el ajuste. Pero también a nivel de la dirigencia gremial, algo que explica la tardía decisión de la CGT de convocar al paro nacional.

En la vereda de enfrente se encuentran quienes sí buscaron sintonizar y estimular este reclamo, en primer término en el terreno gremial. Por un lado la Corriente Federal de Trabajadores de la CGT y las dos CTA, que consiguieron sumar al sindicato de Camioneros, generando un llamado de atención para la dirigencia gremial: puede surgir por fuera del Triunvirato de la CGT algo similar al MTA de los 90. Por otro lado la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa, que desde un primer momento trascendieron el reclamo corporativo al ubicar como consigna central que “Sin tierra, techo y trabajo, la reforma es contra los de abajo”. Como novedad promisoria se generó un grado mayor de unidad entre ambos grupos, que desembocó en la formación de la Multisectorial Federal.

Finalmente también un conjunto variado de fuerzas políticas se propusieron representar políticamente el reclamo popular, tanto por su actuación en el Congreso –en el que se produjo una inédita unidad- como también en algunos casos poniendo el cuerpo en las calles. El punto de apoyo de la unidad opositora fue el rechazo a la reforma previsional. Un punto de apoyo limitado, indudablemente, pero también el más potente que el campo popular consiguió hasta ahora, quizás comparable solo con la defensa del proceso de juicios por los crímenes de lesa humanidad.

En el aire quedó flotando un camino de amplia unidad, de diálogo entre la dirigencia política, gremial y social, que deberá ir encontrando mayores puntos de apoyo, hacia la formulación de un proyecto de país opuesto al del neoliberalismo, asentado plenamente en los sectores populares, recuperando las conquistas de los años kirchneristas, pero transformándose para ser capaz de construir un discurso que pueda articular una nueva mayoría popular.

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