Colombia y Venezuela se debaten entre la guerra y la paz

Por: Lautaro Rivara | 05 de julio de 2017

Mientras avanza y se consolida el proceso de paz en Colombia con la última entrega de armas por parte de las FARC-EP, la oposición y el imperialismo profundizan su ofensiva en Venezuela con el objetivo de desatar una guerra civil que justifique una eventual intervención estadounidense.

Después de 53 años de guerra prácticamente ininterrumpida entre el Estado colombiano y la insurgencia, nuestra generación presenció el 27 de junio la finalización de la entrega de armas por parte de la última gran guerrilla latinoamericana, las FARC-EP, mientras aún nos mantiene en vilo la suerte que correrán las tratativas de los camilistas del ELN con sus frentes aún operativos. La violencia que propició esta larga guerra asimétrica comenzó con el asesinato político de un líder de enorme ascendiente popular a manos de la oligarquía conservadora en 1948. Se trata de Jorge Eliécer Gaitán, representante de ese progresivo liberalismo a la colombiana, tan peculiar como incomprensible para nosotros los argentinos salvo, tal vez, por los aportes literarios de la narrativa de Gabriel García Márquez.
La desconfianza es la virtud de quienes fueron traicionados en su buena fe y, por eso, este acuerdo de paz se ha caminado a paso lento y firme, no exento de tensiones y suspicacias. Mención aparte merece la decisiva mediación diplomática de Cuba, sede de las negociaciones, cuyo principal rubro de exportación, mucho más dulce que el azúcar de caña, sigue siendo la paz y la solidaridad internacional. Pero es preciso recordar que el último gran acuerdo de paz entre la insurgencia y el Estado colombiano en la década del ochenta, y la consiguiente construcción de una herramienta legal político-electoral por parte de las guerrillas desmovilizadas, acabó con el asesinato a mano de fuerzas estatales y paraestatales de dos candidatos presidenciales, 8 congresistas, 70 concejales, 11 alcaldes y entre 3500 y 5000 militantes de la llamada Unión Patriótica. Por eso, al decir de Gabo, “a los demonios no hay que creerles ni cuando dicen la verdad”. Más aún, cuando estos “demonios” siguen asesinando dirigentes sociales del campo y la ciudad.
En el contexto de un mundo asolado por diversas guerras imperialistas, bienvenida sea esta histórica tentativa de paz en un país devastado por el neoliberalismo de guerra, el tutelaje imperial y el paramilitarismo. La lucha continuará, a no dudarlo, por otros cauces menos dramáticos y dolorosos, con enormes perspectivas de canalizar política y electoralmente los anhelos de paz, soberanía y justicia social de los y las colombianas.

Venezuela y la guerra
En simultáneo y como contracara de este laborioso proceso, en la vecina Venezuela el imperialismo estadounidense y sus socios, las burguesías consulares, pretenden seguir sembrando la guerra en un continente que se ha declarado porfiadamente como territorio de paz. El 27 de junio, un helicóptero secuestrado del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas arrojó granadas sobre el Tribunal Supremo de Justicia y el Ministerio de Interiores. Instituciones estatales ubicadas en el mismísimo centro de Caracas, la capital venezolana. El silencio internacional sobre estos atentados fue ensordecedor. Apenas tres días después, grupos identificados con la oposición quemaron en el Estado de Anzoátegui un almacén estatal de alimentos, llegando a carbonizar 50 de la 180 toneladas allí disponibles para su distribución. Estos graves hechos, lejos de ser excepcionales, constituyen apenas dos botones de muestra de una sostenida guerra de desgaste que pretende arrasar con la Revolución Bolivariana y con la base social organizada del chavismo, combinando tácticas económicas, diplomáticas, callejeras, mediáticas y militares. Desde el pasado abril, esta ofensiva opositora ya se ha cobrado la escandalosa cifra de 85 muertos.
Si la guerra no se ha desatado aún frontalmente, es porque se precisan dos contrincantes para combatir militarmente, y el gobierno de Nicolás Maduro ha sido muy enfático al indicar que no serían respondidas las provocaciones que pretenden desplazar la lucha política al terreno de las armas. La audaz convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente pretende, precisamente, reencauzar en el terreno democrático una aguda confrontación que amenaza con desmadrarse, en la búsqueda de justificar una eventual intervención extranjera por parte de los Estados Unidos. Es interesante señalar que no casualmente la base de sustentación de esta guerra  proviene en parte de los paramilitares infiltrados desde la frontera colombiana durante los últimos años, frontera que también es protagonista del llamado bachaqueo (contrabando a pequeña escala) y de la sustracción de la moneda nacional venezolana.

Adiós a las armas
En esta hora de Nuestra América nuestros pueblos se juegan dos paradas decisivas en Colombia y Venezuela. Se trata, en el primer caso, de terminar con la sangría de la guerra más larga de nuestro continente (ni siquiera las guerras anticoloniales contra España y Portugal fueron tan extensas) y de sustraer a Colombia como bastión de la hegemonía neoliberal en la región. Se trata, en el segundo, de defender celosamente la paz y la democracia popular, comunal, protagónica, ensayada durante la Revolución Bolivariana, y de defender su legado para las nuevas oleadas revolucionarias que sin duda han de emerger en nuestro continente.
Mientras un largo ciclo de violencia política empieza a suturarse con el proceso de paz, un nuevo ciclo amenaza con despuntar por causa del agravado hostigamiento imperial. El riesgo es que el primer día de paz en Colombia coincida con el primer día de una guerra civil (o de una intervención extranjera) en Venezuela. Como siempre ha sucedido en nuestra historia larga, la violencia empezó desde arriba. Solo en estas materias parece cumplirse la vieja y mitológica teoría del derrame. Por eso, contribuir a defender y consolidar la paz es hoy una tarea de suma urgencia para las organizaciones populares y los gobiernos progresistas y revolucionarios de la región. Esperemos poder repetir, en Colombia, en Venezuela y en toda Nuestra América, lo que dijera Timochenko, líder de las FARC-EP: “Adiós a las armas, adiós a la guerra. Bienvenida la paz.”

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