Marchemos hacia un paro general

Por: Marina Moretti y Sebastián Tafuro | 02 de marzo de 2017

Tras un verano en el que el macrismo siguió profundizando su ataque a las condiciones de vida del pueblo, la conflictividad en las calles no se hará esperar y tendrá un sinfín de capítulos. En ese marco, la necesidad de llamar a un paro general asume un carácter cada vez más urgente.

 

Cuando transcurrían los últimos meses de 2016, el gobierno se imaginó un diciembre caliente y se propuso activar diversos mecanismos para evitarlo. No asociaba un mayor aumento de la conflictividad a una respuesta a sus políticas, sino a esa visión que atraviesa a buena parte de los actores institucionales luego de 2001: que en el último mes del año la tendencia desestabilizadora opere al máximo nivel, que las ganas de que se genere un estallido aparezcan como naturales entre los primeros calores fuertes y el espíritu de las fiestas. Nada de eso pasó en el diciembre más reciente. La administración Cambiemos surfeó el cierre de su primer año de gestión sin mayores zozobras la excepción fueron las idas y venidas en torno a la reforma del Impuesto a las Ganancias y se dispuso encarar 2017 con la perspectiva de construir, por fin, ese crecimiento que no llegó en el famoso segundo semestre y que es una de las condiciones centrales para ganar las elecciones legislativas y otorgarle mayor sustentabilidad a su proyecto político.

Lo que pocos habían imaginado, y ahí incluimos amigos y enemigos, es que el macrismo iba a comenzar enero y febrero con los tapones de punta contra el pueblo trabajador a través de diferentes medidas. No porque no estuviera en su ADN desmejorar las condiciones de las mayorías para consolidar su modelo de país para pocos, sino porque la táctica de manual para este año indicaba otra cosa. Pero la nueva ley de ART, el avance en la flexibilización de un par de convenios colectivos de trabajo (con el tristemente célebre caso de los petroleros de Vaca Muerta), los conflictos abiertos con docentes, gráficos y científicos, los cierres de fábricas y comercios, la persistencia por efectivizar el traspaso de la Justicia Nacional del Trabajo a la órbita de la Ciudad de Buenos Aires, el bochornoso ataque a los jueces que fallaron a favor de los trabajadores bancarios quienes terminaron cerrando una buena homologación de su paritaria rompiendo el techo del 18%, el reciente fallo de la Corte que obliga a que los juicios por despidos de trabajadores del Estado deben tramitarse en el Fuero Contencioso Administrativo y no en el Laboral, el incesante aumento de tarifas en diferentes rubros o el fin de las cuotas sin interés tal como las conocíamos han profundizado un cuadro de situación que ya era alarmante para los intereses populares. Estos elementos han provocado que marzo se encamine a erigirse como el mes de mayor conflictividad social desde la asunción de Macri y en el que las calles volverán a ser el escenario vital para expresar el rechazo a estas políticas de ajuste y disciplinamiento de la clase trabajadora.

Un mes plural y unitario

Si el gobierno logró esquivar el siempre espinoso diciembre, la foto de marzo le resultará inevitable, salvo un fuerte retroceso de sus decisiones. Acostumbrado a esa lógica en algunos temas, no parece que la misma se aplique en ejes ligados al mundo laboral.

El plan económico en curso apunta a conformar una matriz productiva que garantice el crecimiento de las ganancias de las empresas a costa de lo que dan en llamar la “baja del costo laboral”, que no es sino la sobreexplotación de los trabajadores y trabajadoras del país. Para ello, necesitan atacar una numerosa cantidad de conquistas y derechos laborales que obstaculizan la realización plena de ese proyecto. Bajo esa lectura y con acciones de lucha que durante la primera quincena harán hincapié en ejes que van desde el rechazo al recorte en Ciencia y Tecnología hasta la presión para que se implemente la Ley de Emergencia Social, pasando por los paros de estatales y docentes, el histórico paro internacional de mujeres y la movilización convocada por la CGT al Ministerio de Producción el próximo martes 7 en defensa del empleo y el salario. Las grandes preguntas que subyacen detrás de toda esta batería de reclamos callejeros que se conectan pero no terminan de unificarse como un todo son: ¿para cuándo un paro general de todas las centrales sindicales de nuestro país? ¿Qué es lo que demora esa iniciativa que, aun sin resolver todos los problemas de un día para el otro, emite un mensaje de fortaleza de la clase frente a una gestión que ataca todos los días nuestros derechos?

Por supuesto que esos interrogantes interpelan fundamentalmente al triunvirato de la CGT, principal responsable de una tregua inexplicable y fracasada con un gobierno que los ha invitado a un diálogo absolutamente improductivo, a acuerdos que se escriben con la mano y se borran con el codo y que, mientras esas mesas se producían, “por la espalda” avanzaba con sus políticas regresivas que, incluso, erosionan la base de sustentación de la Confederación. Porque si la desocupación se encaminara hacia niveles noventistas, su representatividad quedaría absolutamente menguada en líneas generales, asistiendo además a una mayor referencia de otros actores, como la CTEP o distintas expresiones combativas tanto al interior de la CGT como de la CTA que han mostrado su voluntad de generar una fuerte unidad en la acción y de intentos de agrupamiento en base a una voluntad de confrontación contra el ajuste neoliberal.    

Es a partir de esas confluencias, y de otras nuevas que podamos generar con nuestro aporte cotidiano en el laburo de base y la construcción de un sindicalismo de nuevo tipo, que estaremos en mejores condiciones para colocarle mayores límites al proyecto gubernamental. La coyuntura indica o bien un camino de confrontación o bien un camino de brazos cruzados, que huele a complicidad en la entrega del país. Si el 7 el llamamiento casi tímido de la conducción cegetista a marchar por la defensa de la industria y los puestos de trabajo se ha convertido en una convocatoria en la que confluirán masivamente diversos sectores, cómo no imaginar lo que sería un paro general que, sin duda alguna, chocará de frente con la imagen que quiere transmitir al mundo la administración de Macri.

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