Entender Vistalegre II y sacar lecciones

Por: Lucas Villasenín | 17 de febrero de 2017

La II Asamblea Ciudadana de Podemos en España ha culminado con la votación de 155.190 personas que han ratificado a Pablo Iglesias como secretario general. Las tribunas del Palacio de Vistalegre mandataron la unidad.

Para entender qué pasó en Vistalegre II hace falta comprender qué pasa en España. Luego de los impactos de la crisis económica, de las enormes movilizaciones populares en 2011 y del periodo de inestabilidad más importante de su sistema político contemporáneo, el gobierno de Rajoy pretende darle gobernabilidad al país sin dar pasos atrás en las reformas de austeridad aplicadas.

El 31 de octubre último, el Partido Popular (PP) logró avanzar en un nuevo mandato de gobierno. Pero esta vez solo fue posible gracias a que los socialdemócratas del PSOE y los liberales de Ciudadanos se lo permitieron. A partir de ahí, se abrió en Podemos el principal debate sobre la caracterización del gobierno. Iglesias sostuvo en sus tesis que la “triple alianza” conformada por los tres partidos neoliberales permitía un gobierno sólido, mientras que el equipo de Íñigo Errejón hizo hincapié en la debilidad del gobierno por necesitar por primera vez apoyos de otros.

En este contexto fue que el fin de semana que culminaba la asamblea podemita, también culminó el Congreso del PP. Si bien no llegó a tener la intrascendencia de la asamblea que Ciudadanos celebró una semana antes, el Congreso conservador generó pocas expectativas. No tuvo más fin que mostrar estabilidad al sistema político y pedir gobernabilidad y diálogo al PSOE y Ciudadanos.

La interna de Podemos   

Durante las últimas semanas se han sacado a la luz las internas que existen desde antes que naciera la misma formación morada. En Vistalegre II se cruzaron sensibilidades, ideologías y prácticas que siempre existieron: desde anarquistas hasta descontentos del PSOE, desde marxistas ortodoxos hasta posmarxistas, desde quienes hacen culto a la militancia de base hasta quienes jamás tuvieron experiencias semejantes. Las dos diferencias principales respecto de la anterior Asamblea fueron que: 1) ahora Podemos acumula millones de votos y centenares de cargos más que en aquel entonces; y 2) la situación política plantea cambios necesarios. En ese marco, qué hacer con ese acumulado político en una situación que requiere tareas distintas no generó tanto consenso como en octubre de 2014.  

En los días previos se masificaron por los medios de comunicación acusaciones entre militantes que en cualquier otro partido o momento hubieran sido intrascendentes. Seguramente, no faltaron las deslealtades de quienes tiran la piedra y esconden la mano o de quienes buscaron rebajar el debate a simplismos ajenos a las posiciones genuinas entre compañeros y compañeras.

Lo cierto es que Podemos ya no es ni puede ser exactamente lo que fue tiempo atrás y en eso hay un absoluto consenso. No sólo porque su núcleo de dirigentes no son los mismos, sino porque la misma “maquinaria de guerra electoral” no puede seguir funcionando cuando no hay elecciones. Ambos grupos parten de asumir el éxito de esta herramienta pero con diferencias de matices que han sido bastante remarcados en los documentos que presentaron.

Es difícil evitar la simplificación y, por eso, es recomendable la lectura de los documentos. Pero se puede decir que el debate sobre las tareas de Podemos, cómo enfrentar al PP y cómo relacionarse con el PSOE se polarizaron en torno a dos posiciones que no necesariamente son antagónicas pero expresan concepciones diferentes. Mientras el equipo de Iglesias hace más hincapié en la dialéctica entre las calles y las instituciones y marca claras y sistemáticas distinciones con los demás partidos en la propuesta de un plan de gobierno para 2020, el equipo de Errejón plantea los riesgos de caer en el viejo dilema entre calles e instituciones, la necesidad de ser útil ya desde los cargos públicos ocupados y la centralidad de “construir pueblo” apelando a la transversalidad que incluya a los votantes de otros partidos.

La lección de Vistalegre II

Si bien se pueden marcar delimitaciones conceptuales, las intervenciones tanto de Iglesias como de Errejón al presentar sus documentos ante la militancia matizaron posibles quiebres. Los resultados dejaron un previsible triunfo de la lista “Podemos para todas” (equipo de Iglesias), con el 56% de los votos, el 33,7% para “Recuperar la ilusión” (equipo de Errejón) y el 8,9% para “Podemos en movimiento” (equipo de Urbán y Rodríguez). Se mantiene así la legitimidad del liderazgo de Iglesias en la Secretaría General, que no había sido puesto en duda por las demás listas. Por su parte, las tesis de Errejón quedan en una minoría y los principales referentes de “Recuperar la ilusión” ingresan al Consejo Ciudadano, mientras que “Podemos en movimiento” llega tener dos representantes en la dirección partidaria.

El grito de las tribunas por la unidad contrastó con los pronósticos que anticipaban un “choque de trenes”. Este pedido de la militancia se expresó en el discurso de clausura de Iglesias: “hay un mandato unánime para este secretario general: unidad y humildad”. Podemos sale de su asamblea con el grito de unidad mostrándose como la única alternativa al PP mientras el PSOE no logra superar su crisis interna luego de haber apoyado la investidura de Rajoy.

Otro dato importante es la enorme participación en la votación y la transparencia en los mecanismos de funcionamiento del nuevo partido, que contrasta con el de la mayoría de los partidos de España  y del mundo.  Julián Assange, en 2015, había declarado que, con el surgimiento de Podemos, estábamos ante el primer partido del siglo XXI. La nueva época que vivimos tiene en la demanda de democratización de la vida pública algo que va más allá de una queja circunstancial. Podemos ha sabido entenderlo y lo ha aplicado en su asamblea haciendo públicos sus debates y dándole el poder de elegir a la gente que comparte los mismos anhelos de transformación.  

Apelar a la participación puede haber tenido costos individuales para muchos militantes y dirigentes, pero tiene réditos políticos colectivos altísimos para quienes enfrentan a las elites. El primer partido del siglo XXI, evidentemente, nos deja mucho para seguir aprendiendo. Y también les deja a sus integrantes la tarea fundamental de derrotar al neoliberalismo en España y seguir siendo la esperanza de Europa ante el avance de las fuerzas fascistas.

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