“Es la economía, estúpido”. Crisis y postcapitalismo

Por: Mercedes D’Alessandro, desde Nueva York* | 23 de noviembre de 2016

La victoria de Donald Trump desconcertó a gran parte de los analistas y sectores que creen formar opinión, pero no a mucha gente de la calle, militantes y activistas –sobre todo los más de izquierda– que venían palpitando esta gran contradicción entre lo que se dice y lo que se hace.

En 2008, Estados Unidos fue sede de una de las mayores crisis económicas de la historia moderna. Crisis que, aunque abandonó la portada de los diarios, aún se siente en distintos lugares del mundo y también en la clase media estadounidense. Con la caída de la bolsa de Wall Street cayeron también los sueños de muchos trabajadores que perdieron sus empleos, sus casas, sus ahorros, sus trabajos y sus expectativas de cumplir ese famoso American Dream (sueño americano) que es, probablemente, una de las ideas más persuasivas de la cultura estadounidense: si trabajás duro, vas a ascender en la escala social, vas a tener dinero, ser exitoso y feliz, todo está en vos. Pero, entre 2008 y hoy, apenas se recuperaron los niveles de empleo previos a la crisis aunque en una situación laboral y social bastante más precaria: trabajadores que ganan menos de 10 dólares la hora y sin derechos laborales, jóvenes que hipotecan su futuro para financiar sus estudios universitarios, un sistema de salud que es de los más caros del mundo y una desigualdad entre ricos y pobres que aumentó desde entonces y es bastante escandalosa.

En esta sociedad en general –y no solo en el famoso Rust Belt (“cinturón de óxido”, zona de tradición industrial) que le dio la victoria a Donald Trump– abundan quienes quieren volver a esos momentos en los que su trabajo no estaba amenazado por nuevas tecnologías, ciudadanos del mundo que llegan con títulos universitarios, ilegales que cruzan fronteras dispuestos a trabajar por migajas o enemigos terroristas mucho más difíciles de identificar que la vieja Unión Soviética. La pérdida de empleos es un fantasma acechando ya que los gurúes y los números de Silicon Valley auguran que, en menos de dos décadas, la mitad de los trabajos que hoy hacen seres humanos podrían reemplazarse por robots.

El racismo es parte de la vida cotidiana en los Estados Unidos. Más allá de las expectativas que generó en un primer momento el mandato de Barack Obama, y que provocó una mayor participación política de los afroamericanos, su legado no consolidó un cambio sustancial. Los afrodescendientes siguen enfrentando mayores niveles de desempleo, son la mayoría de la población carcelaria y los sospechosos de siempre en la calle. La aparición del movimiento #BlackLivesMatter (“Las vidas negras importan”), hace apenas un año, es sintomática de una confrontación que no termina de desaparecer.

Las mujeres, a su vez, ganan 0,79 dólares por cada dólar que gana un varón y la brecha se amplía cuando son negras o latinas. Su participación política, medida en bancas en el Congreso, está por debajo del ya pobre promedio mundial de 23%. A esto se le suma que Estados Unidos es uno de los dos países del mundo sin licencias por maternidad.

Un resultado ¿inesperado?

Donald Trump y Hillary Clinton llegaron a la elección como los candidatos menos populares y queridos en sus respectivos partidos. Muchos republicanos le retiraron el apoyo a la campaña de Trump, incluso votaron por Clinton. Los más “revolú” de los demócratas fueron presos de un sistema que fuerza al bipartidismo y muchos no lograron engancharse con las propuestas de una Clinton muy status quo o tibia, demasiado amiga de ese Wall Street que huele a crisis, a desigualdad, a quedarse con lo que no corresponde. Ambos son personajes de poder, gran ambición, influencias y riqueza.

El día de la elección, fui a un bar en Brooklyn, a una fiesta convocada por feministas militantes de Hillary Clinton. Algunas estaban vestidas con pantsuit, como se propuso para hacerle honor al look de la candidata, otras con remera de “nasty woman“ (mujer desagradable), uno de los últimos insultos que propinó Trump a Clinton. Otras, como Lady Gaga, se vistieron de sufragistas en homenaje al largo camino que recorrieron las mujeres desde la conquista del voto a tener una primera candidata a presidenta de ese país. Durante las primeras dos horas, el bar estalló de alegría, brindis y cantos ante cada número que aparecía pero, a lo largo de la noche, las caras se fueron desfigurando y todas entendimos que nadie subiría al escenario preparado en el Jatvis Center, un lugar todo de vidrio que apostaba a hacer real la metáfora de “romper el techo de cristal”.

En New York, y a pocos días de las elecciones, hubo ya varias marchas en contra de Trump. Las piñatas mexicanas suelen ser protagonistas y la gente se descarga rompiéndolas a golpes. Se instaló el #NotMyPresident y hay vallas rodeando sus torres en Manhattan. Las editoriales de todos los medios le están dedicando toneladas de tinta y bytes a discutir qué pasó y cómo fue que un misógino y xenófobo ganó votos de mujeres y de aquellos que serían “expulsados“ detrás del muro. Pero mucho menos se ven en las pancartas y en las notas aquellas cosas que hicieron que Hillary Clinton pierda la elección –o al menos a gran parte de sus votantes–: la pobreza, el temor al desempleo, la desigualdad. En New York, hay gente que es capaz de hacer un paro a un local de comida porque no tiene pollo orgánico, pero no se conmueve con el hecho de que quienes sirven ese pollo ganan 7 dólares la hora y no tienen siquiera obra social. El problema no es la corrección política –que sin duda mejora la calidad de vida, sobre todo de las minorías sino que detrás de ella no hay propuestas, es una cáscara vacía. Quizás por eso también Bernie Sanders fue la gran sorpresa en las elecciones primarias: el foco de la campaña de Sanders fue “la economía, estúpido”. En sus discursos, se podía encontrar un diagnóstico bastante distante del que presentó finalmente el Partido Demócrata en las elecciones, y también una salida menos simplista.

Las contradicciones económicas y políticas que enfrenta hoy Estados Unidos no son exclusivas de ese país y su impacto va mucho más allá de si sigue o cae tal o cual tratado de comercio o si la tasa de interés aumenta. En los pasillos de economistas y politólogos argentinos se sigue tratando de mirar el mundo de hoy con lentes antiguos. Algunos hablan, incluso, de “neoliberalismo” en vez de tratar de entender este nuevo y complejo fenómeno que tenemos enfrente y que cruza las barreras de las teorías y experiencias anteriores. Mercados financieros, estados más fuertes, populismo, nacionalismo, proteccionismo, libertad, nuevas tecnologías, Internet, todo genera un cóctel explosivo. Economías que no encuentran la manera de resolver qué hacer con el trabajo, que es cada vez más automatizable, sin hundirse en el desempleo.

Los Donald Trump del mundo no traen respuestas a eso, son más bien una expresión conservadora frente a la crisis. Como en muchos otros países, hay un momento de transformación en donde no está muy claro el hacia dónde.

*Doctora en Economía (UBA). Consultora económica.

Temas de la nota: