La deuda perpetua

Por: Martín Nicolás, Ignacio Tunes, Paula Belloni, Eliana Fernández y Joaquín Lazarte | 02 de agosto de 2017

En los últimos meses, Argentina se ha convertido en uno de los países que más deuda toma en el mundo. Cabe entonces preguntarse: ¿cuál es la historia de nuestra deuda? ¿Qué significa endeudarnos? ¿Qué implica para nosotros?

A lo largo de nuestra historia argentina y latinoamericana, la deuda externa ha tenido enormes y costosas consecuencias económicas, sociales y políticas. Desde la constitución de los estados soberanos hace más de 200 años, se ha convertido en uno de los mecanismos más importantes que perpetúan la dependencia y condicionan las posibilidades de desarrollo de nuestras naciones.

En Argentina, los hitos históricos empiezan con el empréstito por un millón de libras esterlinas con la Baring Brothers en 1824 por el cual pagamos durante más de 80 años una cifra varias veces mayor y todos los que durante el siglo XIX se hicieron con Gran Bretaña, a cambio de múltiples concesiones que le permitían al país acreedor intervenir en el manejo de la política interior y exterior e incrementar el desvío de nuestra riqueza al extranjero. Desde allí, otro punto crítico fue la deuda externa contraída en la última dictadura cívico-militar, que favoreció a grandes grupos económicos que fugaban las divisas fuera del país. Más reciente en la historia se encuentra el enorme endeudamiento que implicó la sostenibilidad de la convertibilidad de la moneda ($1 = 1 U$S) en la década de los noventa.

Luego de la crisis del proyecto neoliberal y del estallido social de 2001, a contramano de lo sucedido en los 200 años de historia argentina, el nuevo siglo parecía asomar diferente en lo concerniente a las relaciones financieras con el resto del mundo. Las reestructuraciones de 2005 y 2010, con importantes quitas, y la cancelación anticipada de la deuda con el FMI en 2005 parecían convertirnos en “pagadores seriales”.

Sin embargo, ya en el año 2011, en un contexto de agotamiento del ciclo de precios récord de las materias primas, el estancamiento de la economía ante la falta de cambios estructurales, la aceleración del pago de intereses con los canjes de 2005 y 2010 y la política de pago serial de deuda por parte del gobierno nacional, empezó a asomar el siempre presente problema de la restricción externa (proceso en el cual los dólares que ingresan al país son menos de los que salen por nuestra estructura económica dependiente). A pesar de las medidas implementadas, para 2014 la acelerada salida de divisas terminó materializándose en uno de los históricos elementos de la dependencia que había permanecido latente: la necesidad de acudir al endeudamiento externo para impulsar el ciclo de acumulación del capital.

Es así que en el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se comenzó a generar la necesidad de pensar en alternativas para volver a los mercados financieros internacionales y se dieron los “deberes necesarios” para ello. Entre las medidas adoptadas se encuentran los acuerdos realizados para pagar la deuda al Club de París defaulteada en 2002 con un importante componente de intereses punitorios, y a las empresas que habían denunciado a la Argentina ante el CIADI. Sin embargo, la aparición de los fondos buitre tras el revés judicial contra Argentina en las cortes norteamericanas en dicho año frenó, en buena medida, estos intentos de volver al endeudamiento. Esto dejó al país con niveles de endeudamiento en relación al PIB muy bajos, brindando la chance a que cualquier oportunista utilizara dicha excusa para endeudar al país de manera exorbitante, incluso por un plazo de 100 años.

 

La deuda perpetua de Cambiemos

El gobierno de Cambiemos definió desde muy temprano la resolución del dilema de los fondos buitre al costo más alto: se les pagó todo lo que reclamaban (un total de 9.300 millones de dólares). Ante el fracaso de las iniciativas gubernamentales que buscan vincularnos con el exterior recreando y profundizando la dependencia (convertirnos en el supermercado del mundo y recibir una “lluvia de inversiones” extranjeras), la resolución del conflicto con los fondos buitre posibilitó la vuelta a la dependencia para con los mercados financieros.

A partir de allí, en nuestro país se inició una etapa de endeudamiento inédita. En los primeros 18 meses del gobierno de Cambiemos, la deuda externa total generada ascendió a la escandalosa suma de más de 100 mil millones de dólares. Lejos de utilizarse para resolver la estructura dependiente que conduce a sistemáticos cuellos de botella en el sector externo, el nuevo endeudamiento posibilitó su profundización en el marco de una enorme transferencia de ingresos de los sectores populares a los sectores dominantes que, una vez más, terminaron por irse al exterior.

La discusión de la deuda externa retomó estado público con la reciente emisión de la Argentina de un bono cuyo vencimiento sucederá en el año 2117. Exactamente dentro de cien años. Si bien este bono es solo un movimiento más dentro del fenomenal endeudamiento del gobierno Macri, y también un gran negocio para los bancos, el costo para pertenecer al selecto grupo de naciones con emisiones de bonos soberanos a 100 años y el sostener el relato macrista de que somos un país con confiabilidad para las inversiones extranjeras es muy alto. La tasa de interés se ubica en un 7,125% anual, por lo que, quienes compraron el bono recuperarán su dinero en el plazo de 13 años y recibirán ganancias durante los 87 años restantes. Asimismo, la tasa de rendimiento de los inversores terminó siendo aún mayor (7,91%) ya que por los 2.750 millones de dólares del bono solo pagaron 2.475 millones, cerrando así un negocio redondo para el mercado financiero y ruinoso para el pueblo.

Puede que endeudarse no sea un mal en sí mismo, pero para el caso argentino la deuda externa nunca ha sido útil para el desarrollo del país. Es indispensable recuperar la memoria histórica de estos más de 200 años que llevamos pagando para discutir e implementar medidas alternativas desde el seno del pueblo que se propongan superar los problemas estructurales de la economía argentina y proyectar así un futuro que nos permita ser una nación libre, soberana e igualitaria.

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