La izquierda liberal más acá de la polarización

Por: Ulises Bosia | 06 de junio de 2017

Un grupo de intelectuales argentinos firmaron en las últimas semanas una declaración internacional llamada “Mirar a Venezuela, más allá de la polarización” en la que toman partido abiertamente contra el gobierno de Maduro en nombre del pensamiento de izquierdas. Es el punto de llegada de una serie de posiciones antipopulares previas.     

En “Mirar a Venezuela, más allá de la polarización”, un conjunto de intelectuales europeos y latinoamericanos expresaron su preocupación con la situación de violencia existente de la que consideran que “el principal responsable de la situación en Venezuela –en tanto garante de los derechos fundamentales– es el Estado en manos de las actuales autoridades gubernamentales”. Entre nuestros compatriotas, algunas de las firmas más conocidas son las de Beatriz Sarlo, Maristella Svampa, Roberto Gargarella, Carlos Altamirano y Pablo Alabarces.  

Tal como indica el título, su idea central es “colocarse por encima de esta polarización” y así “buscar las vías de otro diálogo político y social que dé lugar a aquellos sectores que hoy quieren salir de dicho empate catastrófico y colocarse por encima de toda salida violenta”.

Lógicamente, los principales medios de comunicación de la derecha latinoamericana levantaron la declaración porque saben que estar “más allá de la polarización” es algo que ocurre únicamente al interior de las cabezas de sus firmantes.

En realidad, su tesis es que la polarización no es la expresión de un profundo conflicto social estructural, desatado por la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, sino el juego entre “un gobierno cada vez más deslegitimado, con marcados rasgos autoritarios” y “sectores extremistas de la oposición que también buscan una salida violenta”. Es decir, se trataría de un problema “superestructural”, de una cuestión de estrategias entre sectores políticos minoritarios que manipulan la situación en su propio beneficio.

En este punto de vista, en el que el pueblo venezolano es ante todo espectador, víctima inocente de políticos malintencionados, detrás de las sofisticaciones intelectuales se esconde una mirada ingenuamente antipolítica que rechaza cualquier análisis de las relaciones de fuerza realmente existentes o de los intereses sociales en juego.

Y algo más. Su tesis es que de la derrota de las fuerzas populares surgiría el espacio para que crezcan sectores de izquierda o centro izquierda opositores, lo que a su vez abriría las posibilidades de una superación de la experiencia vivida. Sin embargo, no solo en Venezuela sino en el conjunto de los países latinoamericanos está visto que la derrota de las fuerzas populares a la que fortalece es a la derecha. La radicalización de los procesos realmente existentes es la única vía de superación posible.     

Venezuela representa el proceso de mayor confrontación con el orden neoliberal en nuestro continente, por esa razón es donde las contradicciones sociales asumieron más virulencia. Pero estas opiniones no son una novedad, sino el resultado de cómo la izquierda liberal recorrió la etapa de ascenso de los pueblos latinoamericanos que se abrió a inicios del siglo XXI.  

Plataforma 12: Argentina “más allá de la polarización”

En enero de 2012, buena parte de estos mismos intelectuales argentinos lanzaron un espacio llamado “Plataforma 2012” con el objetivo de “recuperar el pensamiento crítico” en el contexto de un alto nivel de polarización en nuestro país. Se ubicaron como némesis de Carta Abierta, agrupamiento que acusaban de estar compuesto por “voceros del gobierno”. También aquí reaparecía la mirada antipolítica.   

Se trataba de un planteo similar: la polarización política no era el resultado del conflicto entre los campos políticos y sociales en juego, sino una artimaña artificial en la que había que tomar distancia de ambos polos.

No casualmente el recorrido de muchos de ellos estuvo entrelazado con el de Proyecto Sur, la fuerza liderada por Pino Solanas que emergió con un discurso nacional y popular potente pero que, una vez instalada la polarización social a partir de 2008, pasó a ubicarse en el antikirchnerismo.

Muchos de ellos también fueron parte del mundo intelectual cercano a la izquierda independiente, del que en su momento formamos parte quienes hoy integramos PATRIA GRANDE. Nuestra diferencia fue que, en ese momento, leímos de manera opuesta la polarización política existente, por lo que asumimos la necesidad de rechazar el polo antikirchnerista sin por eso incorporarnos al gobierno de CFK ni silenciar nuestras posiciones críticas, proceso del que surgió la tendencia del campo popular que hoy llamamos “izquierda popular”.

En cambio, otros sectores de la izquierda independiente sí abrazaron la idea de ponerse “más allá de la polarización” y, en nombre de la construcción de una nueva izquierda, la hicieron converger con una apuesta por distintas experiencias antikirchneristas, tanto de la centroizquierda como de la izquierda clasista.

Ya para el balotaje argentino de 2015, estos recorridos se mostraron cristalizados en dos tendencias en la izquierda argentina: una liberal que o bien directamente prefirió a Macri o bien defendió que “daba los mismo” quien ganara; otra popular que hizo el mayor aporte que pudo a evitar el regreso de un gobierno neoliberal a nuestro país.   

Bolivia y Ecuador “más allá de la polarización”

Con las banderas de la ecología y la democracia, estas mismas voces también vienen cuestionando hace tiempo los procesos populares en curso en Bolivia y Ecuador. La principal acusación es la de “extractivismo”, etiqueta creada para catalogar a los gobiernos de Evo Morales y Rafael Correa como si fueran una continuidad de la historia de 500 años de saqueo de los bienes comunes naturales.

Fue el propio García Linera quien contestó estas críticas en su momento, explicando que no se puede deshacer en diez años una estructura económica con siglos de vigencia. Cualquier discusión sobre la profundización del proceso boliviano tiene como punto de partida ineludible el reconocimiento del liderazgo popular de Evo Morales, así como el carácter progresivo del proceso de cambio.

Lo mismo ocurrió con su defensa de sectores indígenas en Ecuador cuando se enfrentaron con el gobierno de Correa, como si se tratara de una cuestión de principios. Más interesante sería si existiera un análisis concreto de esos conflictos lo que, por ejemplo, obligaría a explicar sin idealizaciones eurocentristas que así como fueron un sector social determinante en la resistencia al neoliberalismo, también jugaron un rol muy regresivo como parte del gobierno neoliberal de Gutiérrez, o recientemente, al apoyar al banquero Lasso en el balotaje presidencial.  

No ser complaciente con las limitaciones de los procesos políticos latinoamericanos requiere como premisa indispensable ubicarse correctamente frente a la polarización inevitable que genera el enfrentamiento con las oligarquías locales y el imperialismo. De otro modo, se termina siempre cumpliendo un papel regresivo. Hablar en nombre de ideales “de izquierda” no lleva a tener posiciones políticas “de izquierda”, ese es el drama histórico del liberalismo en Nuestra América.

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