Las calles son nuestras aunque el tiempo diga lo contrario

Por: Sebastián Tafuro | 20 de diciembre de 2017

(Nicolás Stulberg)

Un triunfo electoral que consolidó el proyecto de CAMBIEMOS en el poder. La decisión de “ir por todo” antes de cerrar el año. Persecución judicial, represión y construcción de gobernabilidad. La respuesta de la calle, entre la resistencia y la capacidad de construir nuevas articulaciones. Salió la ley pero a un altísimo costo.

La dinámica política y social de la Argentina es de un vértigo prácticamente único en el mundo. No sólo es una sensación de micromundos politizados o “círculos rojos”: pasan cosas todo el tiempo.

Hoy el centro de la escena gira alrededor de lo que hace o deja de hacer el gobierno nacional. Los distintos sectores se posicionan a favor o en contra de una determinada acción (u omisión) promovida por el actor principal, que es el ejecutivo. Nada sorprendente en un país presidencialista como el nuestro y menos sorprendente aún tras el importante triunfo de Cambiemos en las legislativas de octubre. Hay uno que marca la agenda, y si encima ésta es retroalimentada permanentemente por los medios de comunicación afines (casi todos), es difícil escaparle a actuar siempre como respuesta a la misma y sin demasiada capacidad para instalar agenda propia. Pero, como quedó demostrado, lo importante es actuar. Reaccionar ante el atropello. Ser muchos y muchas. Poner el cuerpo.

El macrismo, tras el impulso del triunfo del 22 de octubre, se decidió a jugar con todo en los últimos dos meses del año. Al aumento de su representación parlamentaria, le sumó acuerdos “por arriba” con los gobernadores que luego serían trasladados a las diferentes cámaras. Cerró el proyecto de reforma laboral con el triunvirato de la CGT, que logró algunas modificaciones positivas pero sin alterar la esencia regresiva y de pérdida de derechos que acarreaba el texto. Y más que nada puso con claridad sobre la mesa que el “reformismo permanente” no era una serie de reformas aisladas, sino que expresa una orientación política y una matriz económica que no será el regreso al neoliberalismo de los 90 pero, por momentos, se le parece bastante.

El marco de esta ofensiva tuvo dos sostenes: la Justicia y las fuerzas de seguridad. Si en “lo político”, los aliados del “peronismo no K” y los triunviros brindaban garantías para avanzar, el sellado de este paquete anti popular estaba dado por el “laissez faire” desatado en Tribunales con una persecución política sin igual a dirigentes kirchneristas, llegando hasta la propia Cristina y con el cada vez más creciente despliegue del aparato represivo en donde diera lugar. Así asistimos, como ejemplo más doloroso, al fusilamiento de Rafael Nahuel en la Patagonia. Un hecho aberrante que generó una limitada reacción social y el ya conocido cinismo del gobierno -encarnado principalmente en la ministra de Seguridad Patricia Bullrich- cuando se refirió a otorgarles el “beneficio de la duda” a las fuerzas de seguridad.

 Dinámica de ¿lo impensado?

Con semejante viento a favor, la visión predominante en el gobierno, que es la que considera al triunfo electoral como una especie de cheque en blanco para desarrollar sin titubeos el programa político-económico, jugó con la soberbia del ganador y no sopesó que existen en la sociedad amplios núcleos de rechazo a Cambiemos, que no todos son kirchneristas como nos quieren hacer creer, y que básicamente no están -no estamos- dispuestos a perder derechos conquistados.

El 29 de noviembre se vio en las calles, en rechazo a la reforma laboral, una articulación que llegó para quedarse: la que nuclea a la Corriente Federal de Trabajadores (CGT) y las dos CTA, como actores principales de un mundo sindical absolutamente convulsionado, en el que se conjugan la profunda deslegitimidad del triunvirato de la CGT con el protagonismo de otros espacios, como por ejemplo la conducción de ATE Capital, encarnada en la figura de Daniel Catalano, o el ya sabido rol que está ocupando Sergio Palazzo en La Bancaria y en el armado de la CFT. A su vez este núcleo ha logrado confluir con la CTEP, la CCC y Barrios de Pie, entre otros, en lo que se ha denominado “Multisectorial Federal” que, frente al nuevo intento del macrismo por aprobar la reforma previsional, declaró “un cese de actividades para implementar la movilización al Congreso de la Nación al momento de inicio de las deliberaciones parlamentarias”.

El 7 de diciembre el fallo del juez Bonadío en la causa AMIA, que provocó las detenciones de Luis D’Elía y Carlos Zannini y el pedido de desafuero de Cristina, generó también un amplio rechazo de la mayoría del arco político y eso también se expresó en Plaza de Mayo en una movilización que incluyó a todos los sectores del kirchnerismo, pero también a prácticamente todo el arco de la izquierda. No fue una foto habitual, pero fue un indicador de que hay límites que muchos no vamos a permitir que se crucen: la defensa del Estado de Derecho es la garantía mínima para el ejercicio de la democracia en nuestro país.

Luego llegó la histórica doble jornada del 13 y 14 de diciembre que impidió la sesión en la que se iba a tratar el saqueo a las jubilaciones y la AUH. Desafiando una represión desquiciada, que no dudó incluso en agredir a diputados y a diputadas, en balear periodistas y en detener a cualquiera que anduviera en los alrededores del Congreso, una multitud diversa y heterogénea le dijo que no a una estafa vergonzosa a quienes menos tienen.

Todos estos movimientos tienen efectos concretos sobre otros actores: el triunvirato de la CGT tuvo que jugar el juego de la ambigüedad y, en el Senado, Pichetto -uno de los apoyos más sólidos del Gobierno- hizo caer el tratamiento de la Reforma Laboral hasta nuevo aviso; también tuvo que expedirse la conducción cegetista con el llamado a un extraño frente a la aprobación de la Reforma Previsional. La calle también presionó sobre el Parlamento, aunque vale la pena rescatar la actitud de algunos legisladores y legisladoras que salieron a poner el cuerpo, que se bancaron la represión y que luego tejieron acuerdos para, al compás de lo que acontecía en los alrededores del Congreso, lograr que se caiga la sesión de la infamia. Esta articulación entre las calles y la Cámara de Diputados en este caso quizás haya sido uno de los datos salientes de la jornada del 14.

Epílogo

Las líneas anteriores fueron escritas antes de la jornada de ayer. Como una continuidad del 13 y 14, la movilización del lunes 18 alcanzó otra vez dimensiones mayúsculas. Pero la novedad estuvo dada en el capítulo nocturno. Un cacerolazo espontáneo sacudió múltiples esquinas de todos los barrios de la Ciudad de Buenos Aires y varios distritos de todo el país recordando aquel estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001, hace ya 16 años.

Y aunque finalmente 127 diputados y diputadas convirtieron en ley la Reforma Previsional, quedaron claras dos cosas: 1) Un triunfo electoral es sólo un aval en un determinado momento sin que eso implique un apoyo pleno a todo lo que proponga aquel que fue votado; 2) hay mucho pueblo movilizado que desde que asumió Macri hace dos años viene dejando claro que no nos han derrotado y que la ofensiva neoliberal, aún con sus pasos adelante, tiene sus límites para imponerse en plenitud. En ese sentido, varios movimientos y articulaciones permiten por momentos trazar horizontes hacia adelante: no sólo resistimos, también podemos ganar. Y hay que trabajar duro para ello.

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