Las calles y las urnas

Por: Ulises Bosia. | 30 de marzo de 2017

Termina marzo y nos deja una seguidilla de movilizaciones de semejante magnitud que encuentra pocos antecedentes históricos. La moral del campo popular se fortaleció y la esperanza de derrotar la ofensiva neoliberal crece. Ahora bien, persiste un desafío central: transformar la energía callejera en potencia electoral.

Los resultados de la etapa de ascenso popular con la que se abrió el siglo XXI, tanto en nuestro país como en nuestro continente, se expresan también por la negativa en los momentos de retroceso. En esta situación defensiva abierta por el triunfo de Macri en 2015, en la que como campo popular por ahora solo atinamos a frenar los golpes del adversario, se hacen visibles los pisos de organización y conciencia popular existentes. Por esa razón, si bien la política del macrismo se emparenta directamente con la del menemismo en los años 90, contamos con la ventaja de que estamos en mucho mejores condiciones para enfrentarla.

La seguidilla de movilizaciones abierta el 6 de marzo, y continuada con al menos cuatro jornadas multitudinarias más, impidió que durante todo el mes el gobierno logre retomar la iniciativa política. Se encontró totalmente desbordado, la calle -que nunca aspiró a ganar pero sí a manejar- se salió de control, y está sufriendo un poco de su propia medicina: fue atacado por distintos frentes al mismo tiempo. Docentes, dirigentes gremiales, el movimiento de mujeres, los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, los organismos de derechos humanos, todos juntos fueron construyendo una agenda que contó con la simpatía de grandes mayorías sociales y convirtió a marzo en un posible punto de inflexión para el gobierno de Macri.

Como puede, el presidente está intentando contestar, lo que demuele el supuesto ninguneo hacia las movilizaciones, que distintos funcionarios transmiten a la prensa aliada. Al auge de la movilización responde con amenazas de desatar la represión de las fuerzas de seguridad, azuzado por el prime time televisivo, que en algunos casos dejó atrás cualquier tipo de corrección política y pide explícitamente violencia policial. Al paro que el triunvirato de la CGT se vio forzado a convocar, le contesta con acuerdos con los dirigentes gremiales más serviles, encabezados por los mercantiles de Armando Cavalieri, que cerraron una paritaria anual por el 20 por ciento en dos cuotas. Frente a la lucha docente aplica una batería de políticas de choque: intentando dividir a la base con incentivos al “carnereo”, criminalizando a los gremios y a dirigentes como Roberto Baradel, despreciando a la educación pública, anunciando resultados parciales y tendenciosos de evaluación educativa. A las críticas a la política económica las enfrenta con una campaña de prensa decidida a instalar que ahora sí la economía “empezó a recuperarse”, aunque todavía no se note en el bolsillo popular, así como con la filtración al periodismo de una serie de presuntos anuncios futuros para dinamizar el consumo. A los reclamos por el deterioro urgente de la situación social en los barrios populares con la promesa de implementación inmediata de la Ley de Emergencia Social, que cajoneó sin reglamentar durante meses.  

Lo cierto es que el desafío para Durán Barba es grande: un gobierno que ajusta difícilmente puede ganar las elecciones. Y este gobierno llegó a la cima del poder político para ajustar. Si hasta la propia Mirtha Legrand se los escupió en la cara.  

Los múltiples rostros de las calles

A contramano de la acusación fácil del gobierno, que las atribuye por completo al espíritu conspirativo de un “kirchnerismo antidemocrático”, las manifestaciones expresaron niveles significativos de pluralidad. El punto de unidad entre todos es el rechazo de la política neoliberal del gobierno y de los sectores funcionales de la oposición.

También los reclamos son de distinto tipo y alcance. No es lo mismo la implementación de la Ley de Emergencia Social que la necesidad de que se haga la paritaria nacional docente o se recupere el poder adquisitivo del salario; tampoco la denuncia de la violencia de género es equivalente a la defensa de la industria nacional o la exigencia de que continúen y se profundicen las condenas a los responsables militares y civiles del genocidio.

Pero poco a poco, de este conjunto de reclamos, se va construyendo en tiempo real y a cielo abierto, una especie de “programa mínimo” que representa las aspiraciones inmediatas de nuestro pueblo en este contexto defensivo.

Probablemente, como ocurrió muchas otras veces en el pasado, el 24 de marzo haya expresado la síntesis política más lograda. Frente a una multitud en Plaza de Mayo, los organismos de derechos humanos leyeron un comunicado donde junto al repudio a los crímenes de lesa humanidad de la dictadura se escuchó también la denuncia de “la miseria planificada” del presente. Y acto seguido, el comunicado leído afirma que “en esta Plaza, recordamos las luchas en los ingenios azucareros, las Ligas Agrarias, el Cordobazo, el Rosariazo y las comisiones internas en las fábricas, el movimiento sindical, estudiantil y popular, la militancia en las organizaciones del Peronismo Revolucionario: UES, Montoneros, FAP, Sacerdotes por el Tercer Mundo y FAL; la tradición guevarista del PRT, Ejército Revolucionario del Pueblo; y las tradiciones socialistas y comunistas: Partido Comunista, Vanguardia Comunista, PCR y PST; y tantos espacios en los que miles de compañeras y compañeros lucharon por una Patria justa, libre y solidaria.”

Vale la pena leer el documento completo para entender por qué desató nuevas muestras de odio de la derecha más reaccionaria.      

Antagonismo y alternancia

Ahora bien, en los años 90 aprendimos que la energía callejera es imprescindible para el freno y la pérdida de consenso social de las políticas neoliberales, pero al mismo tiempo es insuficiente para construir una alternativa política. Ese mismo desafío se presenta en las actuales condiciones de nuestro país. Y en ese sentido corresponde preguntarse seriamente si no corremos el riesgo de retroceder en las urnas los pasos que estamos avanzando en las calles.  

El politólogo Edgardo Mocca escribió en Página/12 hace unos días sobre este mismo problema. Afirma que, “antagonismo o alternancia: así está planteado el dilema actual de la política argentina”. Detalla el discurso neoliberal que rechaza el antagonismo político en nombre de la “unión de los argentinos”, tanto en sus variantes oficialistas como opositoras e, incluso, progresistas. Y explica que “lo ideal para el relato de la Argentina “reconciliada” sería una experiencia en la que el gobierno rotara entre dos o tres partidos que discutieran y se pelearan mucho pero una vez en el gobierno respetaran invariablemente las reglas de juego del “libre mercado” y garantizaran la “seguridad jurídica” de los grandes negocios locales y globales.”

Se trata de algo similar a lo que en estas mismas páginas venimos llamando un “nuevo bipartidismo conservador”. Y Mocca concluye constatando que “el plan para restablecer la normalidad política neoliberal del país –con alternancia incluida– está atravesando enormes y crecientes dificultades.” Eso abre lógicamente un desafío de enormes dimensiones para el campo popular. O dicho de otra manera, plantea la posibilidad de salir de un terreno exclusivamente defensivo para dejar de retroceder y empezar a proyectar la posibilidad de dar algunos pasos hacia adelante.  

¿Cómo construir entonces una fuerza política capaz de constituirse en una opción antagónica a la ofensiva neoliberal? Es tiempo que desde la militancia popular recojamos el guante.  

Un ejercicio de imaginación política

Afrontar este tema requiere relacionarse con el debate existente sobre el rol de Cristina Kirchner en la situación política nacional, lo que necesariamente supone una evaluación de sus gobiernos, pero al mismo tiempo requiere ir más allá para situar la discusión en el terreno de acción presente y poder proyectar hacia el futuro lo que Álvaro García Linera llama una nueva “oleada popular”.

Tal como surge de la declaración de Patria Grande que publicamos en este mismo número de Cambio, Cristina es el “principal vector de oposición frontal al gobierno de Cambiemos”. O dicho en los términos del debate que plantea Mocca, Cristina es una figura antagónica, un obstáculo para recomponer la normalidad política neoliberal.

Esta lectura se complementa con la necesidad de un balance crítico de los últimos años. En primer lugar porque hay que explicar cómo es posible que diputados, senadores y gobernadores que desempeñaron puestos de altísima responsabilidad mientras el Frente para la Victoria estuvo en el gobierno, ante la derrota electoral hayan sido los primeros en abandonar sus compromisos y ponerse a disposición del revanchismo antipopular. La responsabilidad individual de cada uno de ellos es evidente, pero al mismo tiempo es necesaria una reflexión más amplia sobre las bases organizativas con las que convivieron los sectores que actualmente mantienen su lealtad a Cristina.

Y en segundo lugar porque es necesario extraer la lección que nos ofrece Latinoamérica. Aquellos gobiernos que ante las dificultades redoblaron la apuesta y profundizaron su ruptura con el orden neoliberal y con la dependencia nacional –nucleados en el ALBA- son justamente los que consiguieron mantenerse en pie. Mientras que aquellos otros que apelaron a la teoría de que cediendo posiciones se iba a poder pactar una tregua con el poder económico –como dejan en claro los casos de Brasil y Argentina- fueron donde más avanzaron las fuerzas neoliberales.

Pero desde un punto de vista militante, este balance solo tiene sentido si se conjuga con un ejercicio de imaginación política. Tal como propone la declaración de Patria Grande mencionada, el pueblo argentino requiere nuevas herramientas para derrotar la ofensiva neoliberal, “necesitamos derrotar a la derecha desde una propuesta emancipatoria del siglo XXI”. Nuevos frentes políticos surgidos al calor de la resistencia y la movilización callejera, capaces de expresar ese “programa mínimo” que crece en las calles pero también de proponerse formular un proyecto de país que integre los mejores saldos de la década pasada en el marco de una propuesta superadora. Reforma Constitucional, nacionalización del comercio exterior, plena formalización de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, profundización de la integración latinoamericana, son el tipo de planteos que debemos hacer. Nuevos instrumentos para canalizar la vocación de participación ciudadana que late sobre los adoquines.   

¿Podemos imaginar construir experiencias de este tipo junto a dirigentes gremiales de la Corriente Federal de la CGT? ¿Con integrantes del Colectivo Ni Una Menos? ¿Con referentes de la CTEP? ¿Con líderes de las CTA? ¿Con expresiones del movimiento estudiantil combativo contra la Franja Morada? ¿Con artistas, científicos o intelectuales que enfrentan por ejemplo el ajuste en el CONICET? ¿Con representantes de las pymes castigadas por la política económica del gobierno? ¿Con abogados o abogadas defensores de los derechos humanos? ¿Con referentes barriales o comunitarios? ¿Con curas villeros que retoman la crítica a la globalización neoliberal de Francisco?

Es en ese contexto que, retomando la discusión sobre el rol de Cristina, la declaración política de Patria Grande afirma que, “sería determinante si su candidatura fuera lanzada y puesta al servicio de la construcción de un frente político y social con las características mencionadas”.

En ese caso, indudablemente sería posible imaginar un 2017 bisagra en favor de los intereses del pueblo argentino, como punto de partida del despliegue de una fuerza popular antagónica a la estrategia del establishment.

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