Lecturas y reacomodamientos de un año bisagra

Por: Adrián Pulleiro | 06 de diciembre de 2016

2016 fue un año de reacomodamientos para el movimiento popular, al calor de la resistencia frente a la fuerte ofensiva antipopular que desplegó el gobierno. Un análisis retrospectivo de los principales protagonistas del año y los principales debates estratégicos que atraviesan al campo popular.

A la hora de hacer un balance de este primer año de gobierno de Macri se ha confirmado claramente su carácter anti-popular. Tanto hemos escrito en estas páginas que resulta redundante volver a hacerlo. Sin embargo, la batalla por erosionar el respaldo social del gobierno continúa siendo de primer orden: transferencia de ingresos hacia los más ricos, pérdida de derechos populares, reducción del poder adquisitivo del salario, cierre de industrias y despidos, empobrecimiento masivo, recesión, realineamiento internacional con los Estados Unidos y Europa, ataque a los organismos de derechos humanos, represión a la militancia popular, endeudamiento externo a gran escala, etc.

A lo largo del año el gobierno avanzó en parte importante de su agenda económica y ha logrado mantener la iniciativa política la mayor parte del tiempo. En este marco, el macrismo llegaba al último tramo del año en medio de cierta satisfacción, que sin embargo fue matizada seriamente por una serie de hechos en los que no pudo mantener la iniciativa y tuvo que ceder posiciones.

En primer lugar, todo el proceso alrededor de la Ley de Emergencia Social. Si bien el gobierno evitó un costo mayor, lo hizo a costa de desembolsar más recursos y de ceder ante la definición de esa emergencia, cuando en un principio había rechazado de cuajo la Ley. En segundo lugar, la imposición de una agenda más amplia de lo previsto para las sesiones extraordinarias del Congreso y el boicot determinante de una parte de los gobernadores del PJ a la reforma electoral.

En el primer caso resalta el papel de la organización y la movilización popular. En el segundo, habrá que interpretar que más allá de que exista una oposición dialoguista, todo puede cambiar cuando se instala la lógica de la disputa electoral que se avecina.

Un plan a dos tiempos

Para interpretar los matices que tiene la coyuntura actual hay que tener en cuenta que el proyecto del macrismo y la apuesta de las clases dominantes están atravesados por dos tipos de objetivos.

A corto plazo ganar las legislativas de 2017. Para dejar atrás ciertas debilidades de origen, al gobierno no le alcanza con mostrar decisión pro-empresarial. De hecho, si bien el presupuesto 2017 contiene recortes importantes en determinados programas y ministerios, en su conjunto es una herramienta de características gradualistas. La otra cuestión decisiva para un triunfo electoral en 2017 será el nivel de fragmentación de la oposición.

A mediano y largo plazo el objetivo estratégico es dejar atrás el periodo post-2001 y los elementos populistas del sistema político. Esto lo hemos sintetizado en aumentar la rentabilidad empresarial y producir un disciplinamiento duradero de las clases trabajadoras y populares, por un lado, y avanzar en un bipartidismo conservador que dé previsibilidad a la alternancia política para el gran capital.

Como suele ocurrir, las necesidades de corto y largo plazo pueden entrar en relativa contradicción. Por ejemplo, la CGT reunificada ha resultado en la coyuntura un aliado importante para dotar al gobierno de estabilidad política y social. Sin embargo, a mediano plazo, el poder de negociación que mantienen las estructuras sindicales en Argentina es un problema que las clases dominantes buscan resolver regresivamente. El kirchnerismo, sobre todo la figura de Cristina, puede resultar útil al macrismo de cara a 2017 para dividir a la oposición y polarizar voluntades entre el anterior y actual gobierno, pero al mismo tiempo, los componentes populistas que tiene dicha fuerza resultan en un factor de inestabilidad para el régimen político, que a mediano plazo buscan eliminar.

Los y las protagonistas de las luchas de 2016

El dato principal al cerrar el año es el lugar central que ocupó el sector de la economía popular y en particular la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). En términos comparativos, este sector logró triunfos significativos (Salario social Complementario, Registro de Trabajadores y Consejo de la Economía Popular), demostró su capacidad de movilización y actuó como articulador de otros sectores del campo popular, especialmente en las movilizaciones del 7 de agosto y del 18 de noviembre.

La CTEP terminó de adquirir el carácter de interlocutor principal del sector con el Estado y también con la CGT, lo que implica un reconocimiento inédito para los trabajadores y trabajadoras de la economía popular. Esto produce las contradicciones que venimos analizando, al menos en dos planos. Por un lado, el hecho de que para el gobierno esas conquistas son también herramientas de “contención” en un momento de crisis económica. Por otro, el capital político y la fuerza social adquirida por las organizaciones más importantes del sector pueden ser puestos a jugar en estrategias y alianzas políticas que terminen sumando a un polo opositor encabezado por fuerzas conservadoras.

Por su parte, la unificación de la CGT tuvo efectos variados. Hasta ahora sirvió para demostrar capacidad de fuego, contener cierto descontento de las bases y encuadrar tanto a los sectores más dispuestos a confrontar con el gobierno (como los gremios que integran la Corriente Sindical Federal) como a buena parte de los que arrancaron el año pretendiendo apuntalar al nuevo gobierno (la ex CGT Azul y Blanca). Evitar un paro nacional que parecía cuestión de tiempo, fue uno de los triunfos más importantes y más “baratos” para el macrismo.

Las dos CTA, que a mediados de año intentaron avanzar en un camino de reunificación que las fortaleciera, cerraron el año debilitadas tanto por la derrota política que significó el “dialoguismo” del triunvirato de la CGT como por las disputas internas, especialmente en la CTA Autónoma, cuyo principal gremio –ATE- se encuentra duramente dividido en dos fracciones, que a su vez en ninguno de los dos casos respaldan a la conducción nacional de la Central. De todas maneras, a mediados de año pudieron demostrar una importante capacidad para articular un espacio más amplio e intervenir en el debate que se abrió en el movimiento obrero respecto de la política a sostener ante el macrismo. Expresión de esto fue la Marcha Federal, cuya orientación política de confrontación fue derrotada momentáneamente pero puede conseguir reaparecer, sobre todo si la CGT refuerza su política de moderación.

Lo más alentador que se observa en el movimiento popular actualmente es la dinámica generada en el movimiento de mujeres y diversidad. No hay dudas de que la irrupción de cientos de miles de mujeres a las calles en distintas jornadas de movilización como las del 3 de junio, el Encuentro Nacional de Mujeres, las Marchas del Orgullo o el paro de mujeres del 19 de octubre, modificaron las condiciones en las que se venía desarrollando la militancia en este ámbito, haciendo de él un verdadero movimiento de masas a lo largo y ancho del país.

Finalmente, el primer semestre del año tuvo en el movimiento universitario a un factor muy dinámico. La discusión salarial y el tema presupuestario generaron una respuesta contundente. Lo destacable fue que tendieron a primar visiones unitarias y que una nueva camada de militantes estudiantiles tuvo su bautismo en un proceso de movilización masivo. El segundo semestre, sin embargo, mostró una dinámica distinta. Aunque desde diversos sectores estudiantiles y docentes se trató de alimentar la discusión y las medidas en el marco del debate sobre el presupuesto para ciencia y técnica y para las universidades, no hubo un resultado satisfactorio.

Reacomodamientos y estrategias en el movimiento popular

En lo que fue durante la etapa política anterior el conglomerado reunido en el Frente para la Victoria, hoy desarticulado, se pueden distinguir sobre todo tres políticas: una claramente dialoguista que pretende construir una etapa nueva para el peronismo, subordinando o corriendo a un papel secundario a Cristina; un sector con peso propio que se aleja más o menos frontalmente del cristinismo y se plantea como posible articulador de un espacio antimacrista más amplio; y el kirchnerismo puro que se mantuvo intransigente con el nuevo gobierno, cuyo capital político quedó limitado al liderazgo que ejerce CFK. Las dos primeras líneas tienen distintas caracterizaciones del macrismo, sin embargo tienen en su campo de acción una recomposición del peronismo que puede incluir al massismo.

Por su parte, en este año la política del kirchnerismo se caracterizó por la poca capacidad de movilización social y de articulación, más allá de las apariciones de Cristina. La mayor excepción ha sido la Marcha Federal. Sin embargo, la orientación que viene planteando CFK en términos discursivos se caracteriza por la pretensión de romper con cierto sectarismo para que su espacio político se construya en referencia y punta de lanza de la oposición activa al gobierno. A su vez, por eludir conscientemente toda referencia a cómo resolver el esquema de alianzas al interior del PJ. En los hechos, el mejor aliado para que el kirchnerismo siga ocupando ese puesto de referencia ha sido el macrismo. Obviamente tampoco hay que subestimar el peso de la experiencia concreta y el significado positivo que los gobiernos kirchneristas siguen teniendo para una parte del pueblo trabajador, algo que puede incrementarse “por contraste” si el nuevo gobierno no logra mejorar la situación social y económica en el próximo período.

Es una obviedad pero hay que decirlo por las consecuencias políticas que tiene: el rol de CFK es irremplazable entre los sectores que siguen reconociéndose bajo su mando. Así como supone una fortaleza por su nivel de referencia, también es un hecho que genera mucha incertidumbre entre una militancia y un activismo que acusó recibo de la derrota electoral y de la falta de claridad sobre el futuro.

Fuera del peronismo, el Frente de Izquierda cerró el año demostrando una unidad y fuerza militante significativas para el mundo de la izquierda argentina. No obstante, eso no se condice para nada con el papel que ha jugado este año como fuerza política con expresión parlamentaria ni como actor social en ninguno de los conflictos de magnitud ni en las numerosas movilizaciones de masas que vivimos.

Finalmente se encuentran otros sectores, entre los que se destacan el PTP y Libres del Sur, de importante presencia territorial en distintas zonas de nuestro país y con un rol destacado en sectores como el movimiento de mujeres y en la construcción barrial y de la economía popular. En el primer caso, su línea está ligada a intentar expresar electoralmente el bloque que se articuló en torno a las reivindicaciones de la economía popular. En el segundo caso, Libres del Sur es la fuerza política que más explícitamente se definió por una confluencia con el massismo y el progresismo para construir una opción electoral frente al macrismo.

Puntas de cara a lo que viene

A lo largo del año hemos participado de un escenario en el que la dinámica de la “resistencia” a una u otra medida del macrismo y el empresariado se mueve con cierta autonomía respecto de la acumulación de uno u otro actor político, pero también respecto de las estrategias electorales. Es de esperar que esto cambie cuanto más se acerquen las elecciones, pero hasta ahora la propia política del gobierno ha propiciado mayores niveles de unidad en lo social-reivindicativo.

De allí el sentido de nuestra orientación como movimiento para este año: “resistir en unidad, construir la alternativa”, igual que la idea de promover una gran amplitud en lo social-reivindicativo para acompañar todas las acciones unitarias que sumen a la resistencia y puedan debilitar al macrismo. Así, la tarea más urgente del campo popular es todavía ganar voluntades para el campo del antimacrismo, pero a su vez sabemos que con eso no alcanza, no sólo por una cuestión de aprendizajes históricos sino que en el escenario actual ese antimacrismo puede terminar siendo la base social de variantes conservadoras.

Entonces, surge el gran debate que ya atraviesa y estará abierto durante los próximos meses en el campo popular: cómo, además de resistir, se le pone un freno al macrismo en el plano político-electoral. En otras palabras, cómo construir una alternativa popular para derrotar al macrismo, que supere al kirchnerismo conteniendo a lo mejor de sus políticas, su activismo y su base social.