Ley de Emergencia Social: lo que dejó la movilización

Por: Ulises Bosia | 23 de noviembre de 2016

La movilización del viernes 18 por la emergencia social y laboral fue un hecho político muy importante que dejó mucha tela para cortar. Presencias y ausencias significativas, una nueva configuración del movimiento obrero, debates estratégicos sobre paliativos y cambios de fondo.

Antes que cualquier otra cosa, fue una demostración clara de lo que significó el primer año de gobierno de Macri: de la promesa de mantener los derechos adquiridos y la “revolución de la alegría” pasamos a estar en la calle reclamando por cientos de miles de despidos y por políticas públicas para millones de personas empobrecidas que vieron empeoradas sus condiciones de vida y de trabajo. Al cierre de esta edición, se cumple un año del balotaje y, está a la vista, efectivamente no daba lo mismo quién ganara.

Claros y oscuros de la movilización

La composición de la convocatoria dejó también varios elementos para reflexionar. Por un lado, fue la primera expresión de masas del proceso de acercamiento entre la CGT y los sectores de la economía popular. Este es un hecho trascendente, que no había podido verse de la misma manera en la movilización del 29 de abril y que marca un punto de viraje muy importante si pensamos en que la agenda del movimiento obrero durante los últimos años había estado hegemonizada por el reclamo contra el impuesto a las ganancias, que afecta solo a una minoría.

En este sentido, la movilización marca el inicio de un proceso mediante el que el movimiento obrero puede reconocer a los millones de trabajadores y trabajadoras de la economía popular como parte de la clase trabajadora y, por lo tanto, asumir sus reclamos. Este es un hecho profundamente progresivo que tiene hondas raíces en la estructura social argentina.

En efecto, los años de políticas neoliberales fragmentaron a la clase trabajadora entre un sector “privilegiado”, con derechos laborales y gremiales, y un sector excluido, informal, sin derechos, que debió inventarse su propio trabajo para sobrevivir. A pesar de los avances sociales indudables, la década kirchnerista no consiguió modificar este panorama estructural, que responde a fuertes tendencias de la globalización neoliberal. Por esa razón, la unidad de los trabajadores y trabajadoras y la construcción de un movimiento obrero que se parezca más al conjunto de la clase es una cuestión estratégica.   

Por otro lado, también en espejo con el 29 de abril, la movilización por la emergencia social y laboral mostró las cicatrices de la disputa de orientaciones que atravesó al movimiento obrero este año. Este es el aspecto más negativo y contradictorio. De hecho, los sectores gremiales derrotados, los que reclamaban un paro nacional como expresión de una confrontación con la política de ajuste del gobierno, tuvieron una participación secundaria o testimonial. Especialmente las dos CTA y sectores de la CGT como la Corriente Sindical Federal o el gremio camionero, que se habían expresado de manera contundente en la Marcha Federal.

Como hemos venido planteando en estas páginas, la tregua entre el gobierno y la CGT fue un triunfo para el macrismo, que consiguió ganar tiempo para avanzar con su política, descomprimir y contener las tensiones, aislar y fragmentar los conflictos.

Esta situación contradictoria, con sus aspectos progresivos y regresivos, ilustra el momento político nacional y enmarca la discusión política que atravesó la convocatoria.  

Paliativos y cambio estructural

No sorprende que la izquierda ilustrada decida automarginarse de los procesos populares realmente existentes, despreciando conquistas que pueden parecer muy poca cosa en comparación con los objetivos de máxima, pero que a la hora de llegar las fiestas representan una diferencia en los hogares más pobres y, sobre todo, demuestran que vale la pena organizarse y luchar. No se vive de ideales.

Ahora bien, también desde sectores del kirchnerismo fue cuestionada la movilización, planteando que resignaba transformaciones estructurales –un argumento muy poco feliz para quien viene de gobernar doce años, con cuentas pendientes en ese mismo terreno– y que era demasiado conciliadora con el gobierno por concentrarse en el Congreso Nacional y no en la Plaza de Mayo.

Efectivamente, la Ley de Emergencia Social es solo un paliativo. Sin embargo, fue en torno a su aprobación que se concentraron las energías sociales organizadas, con todas sus contradicciones, en una demostración de fuerza contundente que colabora a fortalecer a las organizaciones populares y cuestiona de hecho la política del macrismo.

Un extremo a evitar es el de proyectos políticos divorciados de la fuerza social concreta para hacerlos realidad. La construcción de poder popular requiere valorar los pasos concretos, atender las urgencias sociales, soldar la fortaleza de las organizaciones con triunfos parciales, por pequeños que parezcan.       

Por otro lado, también es necesario evitar un movimiento obrero y movimientos sociales encorsetados en discutir exclusivamente paliativos, mercadería para comedores y merenderos, puestos de laburo, salarios y condiciones de trabajo, beneficios gremiales. Es decir, reclamos corporativos desprovistos de un proyecto político, que terminan siendo funcionales a la administración de la pobreza y al dominio neoliberal.

Sería una ingenuidad pensar que es un peligro inexistente en un país que conoce experiencias sociales y gremiales de enorme separación y hasta de rechazo de lo político, tanto por derecha como por izquierda. Pero si se quiere discutir esta orientación de manera productiva, lo primero es no desconocer la voluntad popular organizada, mucho menos rechazarla.  

Un escollo inesperado

Queda por delante el tratamiento de la Ley de Emergencia en la Cámara de Diputados. El gobierno intenta cajonearla y ganar tiempo hacia el año que viene. De aprobarse, amenaza con vetarla. Teniendo en cuenta las tensiones sociales que se acumulan hacia diciembre, no parece el mejor plan para un gobierno que consiguió triunfos importantes pero encontró un escollo inesperado.

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