Los brotes grises

Por: Tomás Reneboldi | 12 de abril de 2017

En las últimas semanas, los principales voceros del oficialismo se pelean por ver quién demuestra mayor optimismo en la recuperación de la economía. Al analizar los números utilizados, podemos ver cuánto hay de relato y cuánto de realidad en la tan anunciada reactivación económica.

La primera línea del gobierno cuenta con una batería de datos para justificar su análisis. En primer lugar, que nuestro país salió de la recesión y se encamina al tercer trimestre consecutivo de crecimiento del PBI (con una estimación del 0,7% para el trimestre actual). Uno de los factores que explica este resultado son las exportaciones, que en enero de 2017 aumentaron (por tercer mes consecutivo) un 9,3%. La bandera que enarbola el oficialismo es la construcción, para lo cual citan una suba del 15,5% en los despachos de cemento.

Por otro lado, el pretendido optimismo oficial intenta mostrar una recuperación del empleo, el consumo y la situación de las PyME. Según el propio Cabrera, “en enero hubo 86.993 personas más con trabajo formal que un año atrás, lo que muestra que el empleo registrado creció por sexto mes consecutivo”. En relación al consumo, “la recaudación del IVA creció un 2% en diciembre y un 8% en enero” y “el patentamiento de motos aumentó un 53% en el primer bimestre de 2017 respecto de 2016”. Con respecto a las pequeñas y medianas empresas, el dato utilizado indica un crecimiento en los préstamos del 34% en diciembre.

No hay peor ciego que el que no quiere ver

Si ponemos la lupa sobre los propios datos que proporciona el gobierno, veremos qué es lo que verdaderamente muestran.

Al analizar el repunte de la construcción, vemos que el indicador que se cita es el del cemento (el mismo que usó Prat Gay en agosto cuando anunció los famosos “brotes verdes”) que, además de tener un componente fuertemente estacional, no refleja la totalidad del sector. Luego de una depresión fuerte durante 2016, este año se reactivó la obra pública. Sin embargo, las obras para viviendas particulares y las refacciones y ampliaciones de casas y establecimientos productivos continúan estancadas. Por ejemplo, el índice Construya, que abarca la venta de insumos para hogares como pinturas, cañerías, mosaicos, griferías, entre otros, registró un retroceso del 6,8% en el primer bimestre de 2017 respecto del mismo período del año pasado. Incluso el INDEC registra una caída en artículos sanitarios del 22%, de ladrillos huecos en un 4% y de otros materiales para la construcción en casi un 20%.

Mucho más notoria es la situación de las PyME. Según un informe de la CAME (Cámara Argentina de Medianas Empresas), la producción de las pequeñas y medianas empresas cayó un 5% con respecto al año pasado, contabilizando 17 meses consecutivos de caída. Tampoco mejora la rentabilidad que, según el mismo informe, es positiva solo en el 44% de las empresas, mientras que las que obtienen resultados negativos ascienden a casi un 25%. Resulta por lo menos difícil interpretar el aumento en los préstamos como una señal positiva de crecimiento de las PyME.

Tampoco levanta el consumo. De acuerdo a la consultora CCR, las compras en canales de consumo masivo cayeron un 5,7% en febrero. El indicador mensual de consumo de la Fundación Germán Abdala indica una baja del 1% anual pero que representa el décimo cuarto mes de caída consecutivo. Incluso, algunos medios llegaron a esbozar una teoría acerca de la reconversión de los consumidores (ahora consumiríamos menos pero mejor), el mismo eufemismo utilizado para justificar los despidos como reconversión productiva.

Por último, resulta muy difícil hablar de una mejora en el empleo. Efectivamente, el empleo privado registrado viene de cinco meses de mejora con respecto al año pasado (sin recuperar todavía los niveles previos a la asunción de Macri) pero, al desagregar los datos, vemos que lo que impulsa esa recuperación es el empleo público, las amas de casa y los monotributistas. Esto implica un crecimiento a través de una precarización de los puestos de trabajo.

Siembra vientos y cosecha tempestades

Más allá de este ejercicio de contabilidad creativa, hay muchos más datos que el gobierno omite pero muestran el otro rostro de la economía de nuestro país. Por ejemplo, la caída de la industria fue del 6% en febrero, totalizando un retroceso del 3,5% en el primer bimestre de 2017 respecto del mismo período del año pasado (según el Estimador Mensual Industrial del INDEC). No solo eso, sino que el índice de Utilización de la Capacidad Instalada en la Industria mostró un deterioro que lo llevó al 60%, cifra que no se registraba desde el año 2002.

Pero, además, esta caída en la producción (sobre todo industrial) coincide con otros dos fenómenos para nada alentadores. En primer lugar, la apreciación del tipo de cambio real resulta innegable y ya se empiezan a sentir las presiones de los sectores exportadores por una devaluación. A esta percepción tenemos que sumar la constante salida de divisas por fuga de capitales. Según un estudio hecho por la Universidad de Avellaneda, en el primer bimestre de 2017 se fugaron casi U$S 4.000 millones, el monto más grande que se registre desde 2003. Si a esa cifra le agregamos la demanda de divisas para viajes al exterior, obtenemos la mitad de los fondos que obtuvo el gobierno a través de la toma de deuda. Es decir, de U$S 18.000 millones de deuda, la mitad se perdió en dolarización de activos y turismo.

Pensar la posibilidad de una devaluación para este año tiene relación con el segundo problema que mencionábamos: la inflación. Un relevamiento hecho por el Banco Central ya corrigió su pronóstico de alza de precios para este año por encima del 21%, sin contemplar que hay aumentos de tarifas todavía pendientes por las elecciones. Con paritarias cerrando entre 16% y 20%, la caída del salario real seguramente resulte un obstáculo para que el consumo pueda dinamizar la economía.

Más allá del forzado optimismo por intentar ver una reactivación de la economía, el debate de fondo tiene que ver con el modelo económico que busca implantar el gobierno. Como ya podemos apreciar en los 16 meses de gobierno de Cambiemos, una economía más abierta para ser el “supermercado del mundo” implica destrucción de puestos de trabajo, caída del consumo y peores condiciones de vida para las amplias mayorías de nuestro pueblo.

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