Mundo caníbal

Por: Nicolás Caropresi, integrante del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) | 02 de agosto de 2017

Caraza fue noticia en tres ocasiones este año. La primera, cuando la policía entró tirando gas pimienta y balazos de goma a un comedor. La segunda, dos familias resultaron amputadas cuando se les incendió la casa con la vela que utilizaban para iluminarse. La tercera, Lanata hizo una nota utilizando a un niño a quien obligó a decir, entre otras cosas, que había matado a un par de personas.

Los mismos a los que no les parecía mal entrar a los tiros a un comedor –el secretario de Seguridad del municipio de Lanús Diego Kravetz, entre ellos– fueron quienes permitieron que en el lapso de 10 días dos casas sufran la misma tragedia evitable que se llevó la vida de seis pibes. Y, también, los que estuvieron junto a los periodistas de Lanata mientras construían el relato de los “niños asesinos” que inundó diarios, radios y canales de televisión.

Cuando los padres, madres, vecinos y vecinas salieron a pedir justicia por lo que había sucedido en el comedor, el “discurso oficial” del municipio, amplificado por los medios, insistía en la idea de que entrar con tal nivel de violencia a un comedor donde había cien niños comiendo es justificable si se está persiguiendo a un supuesto delincuente.

Cuando vecinos y vecinas salieron a reclamar a las calles de Lanús para que solucionen los problemas de instalación eléctrica del barrio, que ya habían generado dos tragedias, muy pocos se enteraron. Ese lado de las barriadas sólo es vendible si hablan de ilegalidad para los peces gordos de los grandes medios de comunicación.

Finalmente, Lanata les presentó a los carroñeros de la noticia la historia de un nene de 11 años.  Así, solo frente al secretario de Seguridad, frente a la policía local, frente a un periodista de unos 40 años, a un camarógrafo, a algún que otro más del equipo técnico, a 5 metros de un patrullero y frente a un policía exonerado por proteger sectores de la mafia del Conurbano que hoy trabajan en el equipo de Kravetz, frente a todos ellos responde a las preguntas que un tipo totalmente desconocido le hace.

En el lapso de 24 horas, con un relato que le hicieron reproducir, apriete mediante, a un niño, periodistas con complicidad policial y municipal habían logrado materializar una vez más la idea de que nuestra sociedad tiene enemigos peligrosos de no más de 12 años que viven en villas y barriadas de Buenos Aires y que, de alguna manera, había que atacar ese problema. La propuesta macrista de bajar la edad de imputabilidad se convertía, finalmente, en la única respuesta posible, y así lo estuvieron predicando por varios días.

Ante el comunicado del MTE, al discurso oficial se le sumó un condimento más: las organizaciones sociales utilizan la pobreza para concentrar poder y enriquecerse a costa de los pobres en general. Como si eso fuera poco, destilando su odio mientras puteaba y fumaba un cigarrillo en un estudio de radio, Lanata culpaba a un compañero y referente de las mentiras que le habían hecho decir a un niño frente a una cámara de televisión. “Si ese chico está así, es culpa de ustedes”, decía el dueño de la obra macabra mientras cerraba con un “váyase a la mierda, Grabois”.

“Me acaban el cerebro a mordiscos, bebiendo el jugo de mi corazón y me cuentan cuentos al ir a dormir”

Ya casi nadie informa en televisión. Se profesionalizan en construir relatos que vendan, que generen miedo, que escondan la desigualdad, el hambre y el abandono por parte del Estado a miles de argentinos y argentinas. Así lo hicieron siempre, con mayor o menor intensidad, solamente para salvaguardar sus intereses, para cuidarse el culito y para engordar sus billeteras. Nada importó si se habían respetado los derechos básicos de ese pibe a la hora de hacer esa nota, en qué contexto la dio, si se había resguardado su identidad, si el niño inventaba un relato o decía la verdad. Nada importó lo que significa crecer en barrios donde la policía entra a los tiros a un comedor infantil, donde otros mueren mientras duermen en casillas que se incendian por una vela después de estar varias semanas sin luz y donde la policía protege al que vende falopa y persigue a quien la consume. Nada importa el esfuerzo que hace su madre todos los días para mantener a su familia en pie y poder ganarse el mango para poner un plato en la mesa. El peligro son los niños y niñas, esos niños y todo lo que ellos quieren que representen, los que “ponen en peligro a nuestra sociedad”.

Villa Caraza es la historia de Carcova, de Fiorito, de Zabaleta, del Bajo Flores, de la Rodrigo Bueno, de Villa Caracol, de Curita, de Los Troncos. Caraza es la historia de miles de argentinos, de miles de “usurpadores” que buscan un lugar donde vivir dignamente, de miles que no acceden a la energía eléctrica, al agua potable, a cloacas. Es la historia de miles para quienes acceder a un trabajo digno y en blanco es una metáfora, es la historia del capitalismo cada vez más descompuesto, más explícito, más pornográfico, la otra cara de los monopolios, de la concentración de tierras en poca manos, del monocultivo, de la timba financiera, de las cuentas en Panamá, de la corrupción. Ees la otra cara de Nordelta, de los countries, de la narcopolicia, de la especulación inmobiliaria. Ahí está la historia del “polaquito”, la verdadera historia de niños y niñas que crecen en los márgenes ocultos de nuestra sociedad. Lo que realmente quedó al desnudo es la ausencia y desidia estatal.

“Viejas compotas que no dan respiro”

Pocas esperanzas quedan cuando quienes gobiernan tienden a profundizar las variables que llevaron a este escenario: mayor concentración de riquezas, extranjerización de la economía, aumento de tarifas, destrucción del empleo, hambre y represión. Poca esperanza queda cuando quienes gobiernan responden a intereses privados y, sobre todo, extranjeros. Mientras la democracia siga siendo rehén del poder económico, mientras el Estado siga siendo extorsionado por los intereses de un puñado de ricos, el futuro va a seguir siendo el pasado. Como dijo un viejo uruguayo “y a nadie le molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando que la economía no lo sea”.

Detener todo lo que significa retroceso es la principal tarea de las organizaciones políticas y sociales de nuestro continente en este momento. Luchar para que el Estado cumpla su rol en levantar a quienes el poder económico descartó debe ser uno de los principales horizontes. La democracia solo la podemos construir sobre la base de un pueblo consciente y organizado.

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