Nosotras movemos el mundo, nosotras lo paramos

Por: María Paula García | 02 de marzo de 2017

Este 8 de marzo no será uno más. Mujeres de 40 países se unieron bajo un grito común: Paro Internacional de Mujeres. ¿Por qué paran las mujeres?, se pregunta mucha gente. Pero tal vez son menos quienes se animan a imaginar qué sucedería si las mujeres dejaran todas, por un día, de realizar las tareas cotidianas.

 

Imaginate el silencio terrible de las máquinas paradas, el taller iluminado a la espera de las manos. El patrón en el centro, desorientado, un poco asustado. Imaginate la línea de montaje interrumpida aquí y allá, las cajas o salchichas o motores o muñecas o los miles de productos ensamblados por manos de mujeres a bajo costo, amontonándose, chocando, cayendo. Imaginate los platos sucios en millones de casas. Imaginate los niños y niñas de familias ricas atendidos por nadie. Imaginate el lavarropas dormido, los pisos sin barrer, los perros hambrientos, los baños colapsados, las camas sin tender, las veredas con hojas, los mocos, los pañales, las mamaderas, las personas enfermas sin compañía, las mayores sin nadie que las cuide… Imaginá…

El 8 de marzo es el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, una fecha en la que las mujeres del mundo toman las calles para reivindicar y exigir sus derechos, denunciando todas las situaciones de opresión y explotación que viven cotidianamente.

La conmemoración como día central de las mujeres del mundo se les debe a las mujeres socialistas reunidas en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas de 1910 en Copenhague, Dinamarca. Allí, la dirigente socialista Clara Zetkin propuso conmemorar un Día de la Mujer Trabajadora en homenaje a una huelga de trabajadoras textiles. Aunque hay diferentes versiones históricas, la más aceptada es que se trató de la huelga de las camiseras de Nueva York de 1909, conocida como el “Levantamiento de las 20.000”, una huelga en la que participaron principalmente mujeres inmigrantes de origen europeo y familia judía que exigían mejora en los salarios, mejores condiciones laborales y reducción de la jornada laboral. Sin embargo, años más tarde trascendió que se adoptó en honor a las 129 mujeres inmigrantes de entre 14 y 23 años de edad que murieron en otra fábrica textil de Estados Unidos en 1908, cuando el patrón indignado por la medida de fuerza que tomaron sus empleadas prendió fuego la empresa con todas las mujeres dentro. El color violeta como color del feminismo se desprende de una leyenda sobre ese incendio: se dijo que las telas sobre las que estaban trabajando las obreras eran de color violeta; y versiones más poéticas aseguran que violeta era el humo que salía de la fábrica y se podía ver a kilómetros de distancia. Como afirma Nuria Varela en Feminismo para Principiantes, el incendio de la fábrica textil de Nueva York y el color de las telas forman parte de la mística del feminismo más que de su historia, pero tanto el color como la fecha son compartidos por las feministas de todo el mundo.

Lo cierto es que siempre se trató de un día con un profundo sentido político, internacionalista y de lucha feminista. Nunca ha sido una efeméride más. Y, durante décadas, los movimientos de mujeres han cuestionado y combatido todos los intentos del sistema por cooptar, suavizar, edulcorar y tratar de convertir ese día de lucha en un día para regalar flores, bombones o descuentos en los shoppings.

Mujeres del mundo unías

El llamado a un paro internacional de mujeres hunde sus raíces en una larga historia de luchas, hecha de avances y retrocesos, grandes conquistas y fuertes retrocesos. Pero su maduración se aceleró en el último año con dos antecedentes importantes. Primero, pararon las polacas, el 3 de octubre, en rechazo al proyecto parlamentario que restringía aún más el derecho al aborto en el país. Y, luego, las argentinas, el 19 de octubre, días después del Encuentro Nacional de Mujeres más masivo de sus 31 años de historia, movidas por la rabia y el dolor frente al brutal femicidio de Lucía Pérez en Mar del Plata.

Ambos hechos tuvieron fuerte impacto en diversas partes del mundo y fueron el disparador para que activistas de distintos países comenzaran a tejer el sueño de un día de lucha conjunto. Si cabía alguna duda, las masivas movilizaciones del 21 de enero en EEUU catalizaron una reacción en cadena.

El reclamo más visible y unificador es la protesta contra la violencia de género, en particular contra los femicidios. Pero es apenas la punta del iceberg. Como nunca en la historia, el feminismo expresa una combinación entre masividad y radicalidad, representando en el escenario mundial un llamado de atención contra la ofensiva neoconservadora que atenta contra los derechos de las mujeres pero también va contra las libertades y las vidas del conjunto de los pueblos. Es en medio de esa ofensiva que las mujeres son cazadas como brujas. Es en medio del avance de las derechas que aumentan los casos de femicidios y de lesbianas y travestis asesinadas por crímenes de odio. Y no faltan solo ellas: faltan las muertas por abortos inseguros, las secuestradas por las redes de trata, las militantes encarceladas como Milagro Sala, las luchadoras asesinadas como Berta Cáceres, las presas víctimas de la pobreza.

Si nuestras vidas no valen, veamos si pueden sin nosotras

Decimos que los femicidios son apenas la punta del iceberg, la faceta más visible y brutal de una trama mucho más profunda y compleja. En realidad, la enorme contradicción de un sistema de dominación capitalista patriarcal que se sostiene gracias al trabajo invisible de las mujeres pero que, al mismo tiempo, las descarta literalmente en bolsas de residuos. Nuestras vidas no valen. Y con nuestras vidas se juega. Aún corre por la espalda el cinismo de Macri en la apertura de las sesiones legislativas afirmando que muere una mujer cada 37 horas producto de la violencia machista. Indigna porque es mentira. Indigna porque en el primer 3 de junio ya era 1 menos cada 30 horas y en lo que va de 2017 las estadísticas indican 1 menos cada 18 horas. E indigna porque el Estado es responsable.

Pero eso no es nada. Es, además, sobre las mujeres que recae el mandato del trabajo doméstico no remunerado y las tareas de cuidado; son las mujeres las que cobran menos que los varones por el mismo trabajo; las más afectadas por las políticas de ajuste, las más desocupadas y las más precarizadas.

El paro internacional de mujeres es una medida de fuerza pero también una provocación: el sistema no puede prescindir de las mujeres. Como sostuvo en varias oportunidades la filósofa feminista Diana Maffía, el capitalismo es un sistema que se apoya en la sobreexplotación de las mujeres, en el trabajo doméstico; si realmente fuera considerada la reproducción de la fuerza de trabajo, si se cuantificara ese trabajo y hubiera que pagarlo, el capitalismo estallaría. Y agrega más: la explotación y la acumulación de capital en el mundo público es posible porque en el mundo privado se ha naturalizado la reproducción de la fuerza de trabajo, que requiere ese capital para poder pagar menos lo que cada sujeto produce. Para poder acumular necesita que a esa máquina la sostenga otro, no tener que pagar ni su combustible, ni su limpieza, ni su cuidado. Eso lo hacemos las mujeres, en general, en la vida privada gracias a las cadenas patriarcales. Cuando no lo hacemos por otro, lo hacemos por nosotras mismas, ya que rara vez nos sucede que a nosotras nos cuiden, ya que nosotras estamos destinadas a cuidar. Por lo tanto, igual hay una sobreexplotación, aun cuando las mujeres trabajemos en el mundo público.

Mover y sostener el mundo

Mercedes D´Alessandro ilustra magistralmente en su libro Economía feminista qué significa concretamente que las mujeres mueven el mundo y lo sostienen sobre sus espaldas:

  • Según datos de la OIT, más del 80% de todos los trabajos domésticos del mundo son realizados por mujeres. A su vez, 1 de cada 7 mujeres ocupadas en América Latina trabaja en ese sector, donde las tasas de informalidad rondan también el 80%, con salarios bajísimos, jornadas extensas y sin acceso a la seguridad social. En Argentina, solo el 3% de los trabajadores de ese rubro son varones y el trabajo doméstico es la principal ocupación de las mujeres asalariadas, cerca del 20%.
  • Alrededor del 40% de las familias argentinas está a cargo de una jefa de hogar que son, a su vez, las que más sufren el desempleo, la informalidad y la brecha salarial.
  • En Argentina, la discriminación sexual es un impuesto que pagan las mujeres: el promedio de la brecha de género es de un 27,2%, lo cual significa que las mujeres ganan anualmente alrededor de 22 mil pesos menos que los varones por ser mujeres.
  • Si sumamos el trabajo pago y el no pago, a nivel global, la OCDE estima que las mujeres trabajan 2,6 horas diarias más que los varones en promedio. En Argentina, según la encuesta sobre trabajo no remunerado y el uso del tiempo realizada en 2013, una mujer ocupada full time dedica 5,5 horas al trabajo doméstico contra las 4,1 horas que dedica un varón desempleado. En términos generales, las mujeres hacen el 76% de esas tareas. 9 de cada 10 mujeres participan en el trabajo no remunerado en Argentina, mientras que sólo 6 de cada 10 varones lo realiza. Eso implica que 4 de cada 10 varones no cocinan, ni limpian, ni lavan, ni hacen compras y los que sí lo hacen dedican 3 horas menos que las mujeres.
  • Se estima que si en Argentina se le asignara un valor monetario a este trabajo doméstico que realizan gratuitamente las mujeres en base a lo que cuesta cuando dichas tareas son tercerizadas, representaría entre el 10% y el 39% del PBI.
  • Al mismo tiempo, 5 de cada 10 mujeres en nuestro país tienen un trabajo precarizado en el que no cuentan con derechos laborales básicos como la licencia por maternidad, días de enfermedad o estudios, aguinaldo, vacaciones y aportes a la seguridad social.

 

Las centrales sindicales y la mayoría de los sindicatos se sintieron fuertemente interpelados por el llamado a los paros de mujeres. Si bien nadie salió a condenar públicamente una medida nacida de la rabia por femicidios y en medio de centrales que, como la CGT, no vienen llamando a paro nacional a pesar de los despidos, los tarifazos y la inflación, circuló por los pasillos el malestar de cómo podía llamarse a un paro banalizando una medida que debe transitar por canales orgánicos y negociaciones. Sin embargo, pocos han dado cuenta de la ausencia de las mujeres en las cúpulas sindicales y la falta de las principales reivindicaciones de las mujeres en sus agendas. La OIT señala que sólo el 5% de los puestos directivos de sindicatos y organizaciones sindicales están ocupados por mujeres.

Movemos el mundo y el 8 de marzo diremos basta. Millones de mujeres saldrán a las calles en diversos países empuñando, aun sin nombrarlo, el feminismo como linterna. Retomando una vez más a Nuria Varela, “El feminismo es la linterna que muestra las sombras de todas las grandes ideas gestadas y desarrolladas sin las mujeres y, en ocasiones, a costa de ellas: democracia, desarrollo económico, bienestar, justicia, familia, religión. Las feministas empuñamos esa linterna con orgullo por ser la herencia de millones de mujeres que, partiendo de la sumisión forzada y mientras eran atacadas, ridiculizadas y vilipendiadas, supieron construir una cultura, una ética y una ideología nueva y revolucionaria para enriquecer y democratizar el mundo. La llevamos con orgullo porque su luz es la justicia que ilumina las habitaciones oscurecidas por la intolerancia, los prejuicios y los abusos. La llevamos con orgullo porque su luz nos da la libertad y la dignidad que hace ya demasiado tiempo nos robaron en detrimento de un mundo que, sin nosotras, no puede considerarse humano”.

El 8M, más juntas y hermanadas que nunca, dejemos nuestras tareas, empuñemos nuestras banderas y salgamos a las calles. Nos une el hilo violeta. Y la tierra va a temblar. Tal vez, ya no será la misma.

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