Pasado y presente de los programas del movimiento obrero argentino

Por: Victoria García, Rodrigo Martínez, Fernando Toyos y Fernando Verón | 06 de junio de 2017

Los desafíos del movimiento obrero en la Argentina son múltiples y complejos y se agudizan en esta coyuntura de ajuste que nos plantea el gobierno de Cambiemos. En este artículo repasamos algunas experiencias programáticas que nos sirven de aprendizaje para encarar no sólo tareas defensivas sino la generación de alternativas.

El movimiento obrero argentino enfrenta hoy el desafío de concebir e impulsar, en lo inmediato, un plan de lucha que dé continuidad al proceso de movilización popular protagonizado por la clase trabajadora de nuestro país a través de 2016, un proceso que estalló con profunda fuerza en el multitudinario “marzo caliente”. Allí quedó reflejada, indudablemente, no sólo la capacidad de los trabajadores y trabajadoras organizados de resistir frente a las políticas neoliberales implementadas por el gobierno, sino también el papel conciliador y colaboracionista del triunvirato de la CGT.

Pero, además, existe otro desafío que interpela hoy al movimiento obrero: es el de discutir, conformar y disputar al interior del movimiento un programa sindical que oriente el rol y la estrategia de los y las trabajadores en un contexto de avanzada neoliberal.

En ese sentido, la historia del movimiento obrero argentino nos arroja algunas experiencias inspiradoras, cuyas enseñanzas sólo pueden evaluarse a la luz del contexto en que se produjeron.

En 1957, en el contexto de la resistencia popular y obrera a la “Revolución Libertadora”, el Plenario Nacional de Delegaciones Regionales de la CGT y de las 62 Organizaciones aprobó el Programa de La Falda, que planteaba una interpretación de la realidad argentina del momento inspirada en las tres banderas peronistas –independencia económica, justicia social y soberanía política–, y articulaba en torno de esa concepción una serie de reivindicaciones sindicales y políticas de y para las clases trabajadoras. Entre ellas se contaban el salario mínimo, vital y móvil; la estabilidad laboral, la previsión social integral y el “control obrero de la producción y distribución de la riqueza nacional”. Además, el programa llamaba a la nacionalización de los frigoríficos y de los recursos energéticos y esbozaba una propuesta de reforma agraria sosteniendo la necesidad de una “expropiación del latifundio y extensión del cooperativismo (…) en procura de que la tierra sea de quien la trabaja”.

En 1962, el Programa de Huerta Grande retomó el espíritu de La Falda. Elaborado en el Plenario Nacional de las 62 Organizaciones, el programa proponía –entre otros puntos– la implantación del control obrero sobre la producción, la nacionalización de la banca y de los sectores clave de la economía, la expropiación de la tierra a los grandes latifundistas y el desconocimiento de la deuda externa contraída “a espaldas del pueblo”. Uno de los principales impulsores del programa fue Amado Olmos, dirigente combativo del gremio de Sanidad. Los sectores sindicales agrupados en torno de Olmos, y promotores del Programa de La Falda, se enfrentaban por entonces no solo a las políticas antipopulares implementadas desde el poder político –Frondizi había aplicado, hasta el año anterior, el represivo Plan CONINTES–, sino además a las posturas conciliadoras y hasta colaboracionistas de sectores del propio movimiento obrero, dentro de los cuales se destacaba la figura emblemática de Augusto Timoteo Vandor.  

De la CGT de los Argentinos a la Corriente Federal

Unos años más tarde, en 1968, tomó forma el que probablemente sea el programa sindical más emblemático de la historia del movimiento obrero argentino: el del 1° de Mayo, manifiesto fundador de la CGT de los Argentinos que se conformó en disidencia con la burocrática CGT Azopardo, encabezada por Vandor. El Programa del 1° de Mayo, inspirado en las experiencias previas de La Falda y Huerta Grande, propone una interpretación integral de la realidad social y política de su época, en la que la dictadura de Onganía profundizaba el proceso de deterioro de las condiciones de vida del pueblo, extranjerización y concentración de los recursos económicos, proscripción y represión política que se había abierto en 1955. “El movimiento obrero es la voluntad organizada del pueblo y como tal no se puede clausurar ni intervenir”, sostenía en ese marco el programa. En su elaboración política tuvo un papel central Raimundo Ongaro, mítico dirigente de los trabajadores gráficos que lideró la CGTA. Rodolfo Walsh, como periodista y escritor incorporado a la experiencia sindical de dicha central combativa, aportó la redacción del texto. La orientación estratégica del programa promovía la función social de la propiedad, la participación de los trabajadores en la producción y la distribución de bienes, la nacionalización de los recursos económicos, el desconocimiento de la deuda externa, la expulsión de las empresas monopólicas, la reforma agraria, y la democratización del derecho a la educación.

En la actualidad, el programa de la Corriente Federal de Trabajadores plantea algunos elementos interesantes para pensar y debatir un programa de los y las trabajadoras que contribuya a construir una salida política progresiva al actual contexto. La CFT, enmarcada en la CGT, disputa la conducción de la central frente al inmovilismo tibio de su dirigencia: “Nuestras demandas”, sostiene el programa, “no deben ser objeto de negociaciones coyunturales con los dictados del poder. Tenemos el desafío de recuperar la movilización y dar la respuesta social a un gobierno al servicio de las multinacionales, la oligarquía y el sistema financiero y de prepararnos para volver a ser protagonistas en defensa de una democracia plena con Justicia Social”. El programa podría ser ampliado y enriquecido. Sería importante, en ese sentido, incorporarle una perspectiva de género en un contexto en que el feminismo impugna con fuerza el machismo presente en las estructuras organizativas del movimiento sindical. Sin embargo, constituye un buen piso para que el movimiento obrero y el campo popular articulen acuerdos programáticos sólidos, en pos de la construcción de nuevas mayorías sociales.

Justamente, si repasamos la historia del movimiento obrero, ha sido en los contextos más adversos que la clase pudo forjarse las herramientas programáticas que permitieran enfrentar políticas antipopulares no solo desde resistencia defensiva en las calles, sino además desde la generación de alternativas de y para las grandes mayorías del país. Esa es la tarea, para nada sencilla pero indudablemente necesaria, del movimiento obrero y del campo popular en la etapa histórica actual.

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