Punto de inflexión

Por: Patria Grande | 15 de marzo de 2017

Semana negra para Mauricio Macri y su gobierno. Jornadas de lucha y demostración de fuerza de miles de mujeres y hombres del pueblo trabajador. Cualquiera sea el ángulo que se elija para titular, las movilizaciones del 6, 7 y 8 de marzo asoman como un punto de inflexión.

Antes de recibir tres sopapos al hilo, de contundencia incuestionable, el panorama ya no era un cuento de hadas para el gobierno. El año arrancó con más ajuste y caída en la aprobación social. El más grave y evidente de los problemas es que Macri no logra cumplir con parte sustancial de su programa. La economía parece lejos de repuntar, la inflación no se reduce y la lucha por las instituciones y contra la corrupción ha quedado enchastrada por decenas de negociados y conflictos de intereses. En este contexto se desarrollaron tres grandes movilizaciones.

Un hueso duro de roer

Tres jornadas consecutivas de semejante masividad no encuentran parangón en la historia reciente. Momentos de crisis orgánica e irrupción popular, como 2001 y 2002, mostraron una tendencia permanente a la acción directa. Desplegaron dosis fuertes de radicalización política e impugnación a las instituciones vigentes, incluyendo reiteradas confrontaciones con las fuerzas de represión. Sin embargo, no encontraremos en aquel contexto semejante demostración masiva concentrada en apenas 72 hs. Si, por la crisis de los de arriba y la radicalidad de los de abajo, la situación es distinta a la de 2001, ¿qué expresaron entonces las recientes movilizaciones?

En primer lugar, vinieron a confirmar lo que hasta ahora era una hipótesis: la derecha ganó una elección pero no derrotó a la organización popular. Sin grandes derrotas en la lucha de calles ni una crisis general que desorganice la capacidad de resistencia de trabajadores y trabajadoras, Cambiemos asume en condiciones de relativa inestabilidad. Disciplinar a las clases trabajadoras y “normalizar” el sistema político es una cuenta pendiente, y de su concreción depende el éxito de la aventura macrista.

Sabíamos que se venía una amplia ofensiva contra los sectores populares, pero también que nuestras capacidades de resistencia habían logrado una considerable ampliación. La semana del 6 de marzo fue una confirmación de esa fuerza, y de un fenómeno de más largo aliento: la inagotable capacidad de resistencia de nuestro pueblo, que ha sobrevivido a dictaduras y cataclismos sociales de los más severos para volver a levantarse y poblar una y otra vez las anchas avenidas.

Si hablamos de cada una de las marchas, encontramos denominadores comunes y especificidades. En todas estuvo presente el clima de hastío e irritación frente a un gobierno garante de los poderosos e indiferente u hostil frente a la gente de abajo. En todas hubo reivindicación de derechos y promesas de continuidad. Y, en las tres, disputa política y reivindicación social aparecieron entreveradas de formas diversas.

La educación del pueblo no se vende

La marcha docente del 6 fue una prueba de fuerzas extraordinaria entre el gobierno y el conjunto de los trabajadores y trabajadoras, particularmente los dependientes del Estado. El conflicto, con uno de sus epicentros en la provincia de Buenos Aires, es un caso testigo desde varios puntos de vista. En primer lugar porque resume la pulseada por el techo paritario del 18%. Los trabajadores y trabajadoras se juegan su salario y el gobierno expone el éxito de su programa económico, sobre todo en lo vinculado al control de la inflación y el déficit fiscal. Por eso la virulencia expuesta por funcionarios de toda laya y, por eso también, la contundente respuesta de la docencia movilizada.

En segundo lugar, la eliminación de la paritaria nacional docente es un capítulo de un ataque más general a las negociaciones paritarias y los convenios colectivos de trabajo.

Por último, el movimiento expresa algo mucho más amplio. La ofensiva gubernamental ha despertado una valoración positiva de la educación pública como un derecho universal, muy presente en amplios sectores de nuestro pueblo. Se percibe, y están en lo cierto, que en estas luchas no se juega solo el salario docente sino las condiciones de posibilidad de la educación pública para todos y todas.

Con los dirigentes a la cabeza o…

El martes vimos una extraordinaria manifestación de la vitalidad que el sindicalismo obrero mantiene en nuestro país. Nos habla de una tradición sindical y una fortaleza organizativa que se mantiene, no sin mermas, claro, aun después de los efectos desorganizadores de la llamada ofensiva neoliberal. La última década de recuperación de empleos ayudó en parte a re-solidificar estas fuerzas. El triunvirato de la CGT pensó la marcha como un último intento de que “el gobierno escuche”, sin llamar a un paro general. El tiro les salió por la culata. Al ritmo de la inflación, pero sobre todo de los despidos y suspensiones que empiezan a ser cada vez más corrientes en los sectores industriales, el malestar en la base fue creciendo. Más de 300 mil almas colmaron el centro porteño y la inmensa mayoría de ellas iba a escuchar la fecha de un paro general de actividades. Frente a la tibieza dirigencial, y por los intersticios de la interna burocrática, se filtró la bronca y el acto terminó como terminó. Lo paradójico es que la jornada mostró, en un sentido, la fortaleza de las estructuras sindicales tradicionales, con lo bueno y lo malo que eso supone, y, al mismo tiempo, desnudó las limitaciones o al menos las grietas que esa fortaleza tiene desde el punto de vista de su conducción.

El desborde final puede ameritar muchos análisis y balances, pero hay algo ineludible: la cúpula sindical carece de liderazgos sólidos y en las bases hay bronca. Y mucha. Esto preocupa en los despachos oficiales. Empresarios y gobernantes saben que, por más desagradable que les resulte un burócrata “empoderado”, en última instancia se comparten salones, acuerdos y criterios razonables para negociar. Cuando estas mediaciones se debilitan, se abre un terreno de incertidumbres y allí todo puede pasar. Por ahora, los dirigentes mantienen su cabeza sobre los hombros. ¿Se pondrán a la cabeza?

Nuestros ovarios ya están acá (en la calle)

El 8 de marzo fue una nueva demostración del movimiento más dinámico del momento político. El movimiento de mujeres irrumpió masivamente en nuestro país al grito de “Ni una menos”. El rechazo a los femicidios y la violencia de género concitó un amplio apoyo en sectores políticos y sociales de los más diversos. Pero este reclamo empalmó con una larga tradición de lucha del feminismo local y distintas expresiones de la disidencia sexo-genérica. Politizada, aguerrida y acostumbrada a nadar contra la corriente del sentido común, esta militancia supo canalizar un grito de mayorías, dar explicación y empezar a formular alternativas a los dolores, violencias y sinsabores de millones. La discriminación, las desigualdades y violencias flagrantes en los lugares de trabajo y el peso de las labores “domésticas” no remuneradas engrosan la lista de reclamos de un movimiento sin techo en lo que respecta a su desarrollo. Este 8 de marzo, en particular, su expresión se dio en el marco del primer paro internacional de mujeres. Este movimiento parece ser de largo alcance y excede en mucho la disputa puntual contra el gobierno de Macri y sus políticas, pero no se coloca de ninguna manera al margen. Sin ir más lejos, una vez más, la potencia feminista puso en evidencia la tibieza burocrática de las cúpulas sindicales. El reclamo del paro general fue uno de los más oídos en una Plaza de Mayo colmada.

La continuidad, en las calles y en las elecciones

El gobierno de Macri no ha logrado estabilizarse. Esto responde tanto a un contexto económico desfavorable como a errores propios, pero sobre todo a la capacidad de resistencia que está demostrando nuestro pueblo. En un año electoral con cuentas flacas, el gobierno afronta la difícil tarea de ajustar y ganar elecciones. Difícil. Macri ha tomado un rumbo que en la política y en la guerra suele desaconsejarse. Eligió pelearse con muchos al mismo tiempo y favorecer a pocos, a demasiados pocos para contar con una base de sustentación robusta. Hay sectores de nuestra sociedad hostiles al sindicalismo o al reclamo docente en particular, también aquellos con un muy arraigado antiperonismo que añoran el gobierno de una elite tecnocrática. Pero no solo de ideología y prejuicios vive la gobernabilidad de la derecha. Si el peaje, la prepaga y los servicios suben, y el trabajo y los ingresos de la mayoría bajan, los “voluntarios” y los twitteros pagos no alcanzarán nunca para quebrar un conflicto o aislar por completo un reclamo justo. Hay que aprovechar estas condiciones para golpear la viabilidad y la legitimidad del plan económico antipopular.

En este contexto, las movilizaciones del 6, 7 y 8 fueron exactamente eso. Tres golpes fuertes, muy bien dados y en el momento justo. Pueden ser un punto de inflexión, pero eso depende de la capacidad que se tenga para unificar reclamos, lograr la convocatoria inmediata al paro general e involucrar en esta resistencia al conjunto de los sectores populares afectados por el plan neoliberal.

El gobierno puede intentar dividir a partir de atender algunas reivindicaciones sectoriales, sean de los docentes, de la CGT o de las organizaciones sociales. Cualquier avance parcial debe ser tomado como un triunfo merecido y conquistado en la lucha, pero de ninguna manera canjeado por paz social o la ilusión de que cada uno puede salvarse con lo suyo.

Para el gobierno, un escenario electoral flanqueado por altos niveles de conflictividad es de pesadilla. Por eso debemos impulsar con todas nuestras energías esa lucha en las calles. Pero las elecciones no plantean dilemas solo para el gobierno. La lucha social, y aun un paro general el 6 de abril, se toparán más temprano que tarde con una realidad: frente a las elecciones legislativas, la mayor parte de las referencias gremiales y sociales tomará posición.

Las internas del PJ atraviesan a la CGT y a muchos movimientos sociales. Massa especula con ser más opositor o colaboracionista, según el clima. Muchos buscarán llevar la resistencia popular al molino de frustraciones de diversas opciones del sistema, ya sea una nueva oposición conservadora o la simple reconstitución del Partido Justicialista. Por eso, la lucha social no alcanza, la pelea por nuestras reivindicaciones se da en la calle, pero también demanda la construcción de una alternativa política popular. El 6,7 y 8 de marzo nos muestran con claridad las fuerzas sociales y las reivindicaciones y programas que pueden constituir una nueva mayoría social y política de carácter popular. Que la calle tenga voz y potencia en el terreno electoral. Hacer crujir las instituciones (todas). Demoler posibilismos y sentidos comunes. Animarse, una vez más, a pensar que la tierra tiembla cuando el pueblo se pone a andar. Y nuestro pueblo vaya si está en marcha.

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