Reflexiones en torno a la problemática sociosanitaria en Argentina

Por: Daniela Bustos y Julieta Seplovich | 26 de abril de 2017

Los días 30 y 31 de marzo se llevó a cabo en Córdoba el Encuentro Latinoamericano de Salud Colectiva al cual asistieron estudiantes, docentes, investigadores y trabajadores de la salud de diferentes regiones del país. En este marco, integrantes de Movimiento de Salud “Irma Carrica” de Córdoba conversaron con el Dr. Hugo Spinelli.

Hugo Spinellli es Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús y dirigió el Doctorado en Salud Colectiva, la Maestría en Epidemiología, Gestión y Políticas y la Carrera de Especialización en Gestión en Salud de la misma Universidad. Desde 1993 coordina la colección de libros Salud ColectivaLugar Editorial y es editor responsable de la revista Salud Colectiva desde 2005.

Cambio: ¿Cómo evalúa la situación actual que atraviesa la salud de nuestro país?

Hugo Spinelli: No es que ahora pasamos a una situación nueva de manera brusca. El sistema de salud viene sufriendo un avance privatizador desde hace décadas. En ese sentido, no veo a la Cobertura Universal de Salud (CUS) como un gran monstruo, hace 40 años que se quiere implementar la historia clínica digital y no se consigue. Lo que van a conseguir es crear padrones digitalizados que permiten corrupción porque nadie los controla y hacer negocios financieros con algunas obras sociales, es decir, el gran negocio de la salud.

Lo que me parece que hay que debatir es la actitud de los profesionales de la salud, médicos y no médicos, que no le ponen el cuerpo al trabajo, se rajan, no están. Si no tenemos gente que cumpla sus funciones, lo público se cae y eso para el gobierno actual no es un problema porque no tiene ningún interés en fortalecerlo.

Defender lo público es una cuestión lógica, los países centrales tienen una proporción de empleo público mucho mayor que la nuestra y esos trabajadores están muy bien pagos. Además, a esos lugares entran los mejores egresados universitarios, es decir, son espacios muy difíciles de acceder porque tienen una gran responsabilidad. Es una cuestión obvia desde el punto de vista racional.

Lo bueno que tiene el campo de la salud es que cuenta con mucho margen de libertad, es decir, un trabajador en un centro de salud, independientemente de las condiciones adversas macroestructurales que haya, puede seguir haciendo un trabajo que sea liberador y de calidad. Atender bien a un paciente debe ser una obligación para los trabajadores, hecho que contribuye, además, a la salud mental de ellos.

Es una discusión interesante al interior de las distintas organizaciones políticas, incluidos los gremios. Estos no pueden reducir al trabajador a la condición de “homo economicus” que solamente le importa el salario, que es la teoría del capitalismo. Los gremios no pueden, en función de tener afiliados, ignorar los problemas de salud que afectan a la gente del territorio y que afectan a la estructuración de lo público. Pero tenemos que ser honestos de que esta problemática viene de mucho tiempo antes y tenemos que pelear junto con los gremios para ponerla en agenda.

C: ¿Cómo cree que impacta el cierre o vaciamiento de algunos programas sociales vinculados a la salud?

HS: La verdad descreo de la eficacia de los programas. Creo que hay que poner equipos de gente a trabajar en territorio y que se queden allí. Hay que pagarle muy bien a esos equipos para que estén firmes todo el día, que tengan relación con las comunidades y que estas tengan posibilidad de evaluarlos; y, eventualmente, hacer algunos hospitales que concentren toda la tecnología. Nada de eso estamos haciendo. Seguimos creando hospitales como si fuese la solución. En países centrales europeos están cerrando hospitales y creando espacios o centros de salud donde se dé lugar al trabajo artesanal y el trabajo relacional. Hay que charlar con doña Rosa o con don José y ahí se van arreglando las cosas. Eso baja gastos, se consumen menos medicamentos, es un proceso menos industrial y genera desestructuración en cabezas muy poco inteligentes que piensan todo en términos mecánicos. Lo que pasa es que muchas de esas cabezas egresan de la Universidad.

C: Recuperando la reflexión anterior sobre los egresados universitarios, ¿cómo nos deberíamos preparar para la conmemoración de los 100 años de la Reforma Universitaria?

HS: El año que viene no hay mucho para festejar de la Reforma del 18, muchas cuestiones no se cumplieron y otras habría que repensarlas, básicamente el rol social de la Universidad. Se producen muchos profesionales que son poco útiles para la desigualdad argentina, por eso hay que discutir qué Universidad queremos con fondos públicos. Lo que pasó hace 100 años fue interesante, se lograron cosas como eliminar la cuestión familiar, la libertad de cátedra, etc. La pregunta es, ¿qué agregamos después de esos 100 años? Es decir, ¿qué problemas está solucionando la Universidad?

Estamos repitiendo cosas viejas, hacemos preguntas que son muy poco inteligentes. Mi abuela, que era casi analfabeta, estaba llena de refranes que daban cuenta perfectamente de “lo relacional”. En cambio, tenés egresados universitarios con posgrados, maestrías, doctorados que siguen pensando en la sociedad sujeto-objeto y tienen una persona adelante, eso es grave.

C: También existe la visión del universitario que ingresa a la Universidad para ser profesional y ganar plata…

HS: “Mi hijo el doctor” de Florencio Sánchez lo que marca es una forma de ascenso social, es decir, el migrante que consigue que el hijo vaya a la Universidad. Ahora, una forma de ascenso social no puede ser que el profesional se transforme en alguien que profundice la desigualdad, y sabemos que tenemos profesionales médicos que realizan prácticas que no son necesarias y que están ligados a procesos de corrupción (vía prótesis, vía prescripción de medicamentos). La Universidad no puede avalar eso, ni tampoco puede ser que algunos hospitales públicos sean lugares de ensayos clínicos que violan principios éticos y de derechos humanos al hacer negocios en función de los cuerpos de otros.

Las carreras universitarias no nacen porque hay una necesidad en el pueblo, salen por presión de las corporaciones, entonces ¿tiene sentido financiar con lo público esas gestiones? Ahí queda abierta otra discusión.

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