Seis reflexiones sobre las PASO

Por: Ulises Bosia | 23 de agosto de 2017

  1. Macri no es De la Rúa. A pesar de que en la previa se discutió mucho, sobre todo por cómo sería tomada por los votantes la eventual participación de CFK, las PASO fueron, principalmente, un plebiscito sobre el gobierno nacional.

Tiene sentido que haya sido así. El macrismo llegó al gobierno después de un ajustado balotaje (es decir, con una parte de sus votos “de prestado” para que perdiera el FPV) y durante 18 meses afrontó sucesivas movilizaciones multitudinarias que cuestionaron su legitimidad democrática.

Sin embargo, hoy es evidente que una parte significativa de nuestra sociedad quiso ratificar en las urnas al gobierno, darle un espaldarazo al “cambio”. No es una mayoría pero sí una primera minoría bastante sólida, que adquirió finalmente una presencia nacional, con mucha fuerza en el centro del país pero reconocible y competitiva en todas las geografías.

En el caso de la provincia de Buenos Aires, Cambiemos logró que “se adelante” la lógica del voto útil que se esperaba para octubre, sumando a su propio porcentaje el de quienes rechazan a toda costa un regreso de CFK. Se instaló una lógica de elección “tipo balotaje”.

El buen resultado de Cambiemos determina la clausura definitiva del pronóstico un tanto ingenuo, que muchas veces tienta a la razón militante, de que el gobierno de Macri podía derrumbarse fácilmente. Subsidiariamente, es la tesis de que su llegada a la Casa Rosada solo se explicaría por un engaño electoral o un accidente histórico. Evidentemente, Macri no es De la Rúa. Dejar de subestimar al macrismo implica asumir que la consolidación de Cambiemos, de confirmarse en octubre, es una posibilidad concreta y una muy mala noticia para el pueblo argentino que debemos tratar de evitar.

  1. Los que apostaron a la “avenida del medio” perdieron. En la vereda de enfrente pudo verse una fuerte vocación opositora a las políticas de Macri, no solamente representada en los resultados de Unidad Ciudadana, sino también en distintos espacios de izquierda y, en menor medida, también de sectores del peronismo no kirchnerista.

El ambiente polarizado se vio también en que terceras posiciones, ambiguas frente a la batalla central de este momento, y por lo tanto caracterizadas por cuestionar la pertinencia de “la grieta” como forma de ubicación en el campo político, fueron abandonadas por sectores significativos de sus votantes. Es el caso del socialismo santafesino, del Frente Renovador de Massa, del peronismo cordobesista de Schiaretti, del ‘opoficialista’ porteño Lousteau o de la caprichosa aventura randazzista. Seguramente las presiones para acercarse más al oficialismo o a la oposición van a ser cada vez más fuertes para todos esos sectores, como ya se puede observar en la CGT.  

En ese sentido, hay que decir que la estrategia de la clase dominante de construir estabilidad y consenso a partir de un “bipartidismo conservador”, dejando atrás al kirchnerismo, no puede avanzar por el momento. Se trata de un requisito indispensable para lograr una nueva hegemonía neoliberal. La candidatura de CFK sirvió para impulsar este retroceso de la estrategia de la clase dominante.  

Una mirada extremadamente derrotista, que el gobierno amplificó con bastante éxito a través de la manipulación del conteo el domingo 13, solo promueve un refugio en las propias ideologías, el sectarismo político, la bronca contra el pueblo que uno aspira a representar y un rechazo a tratar de entender las razones del voto al gobierno.   

Al contrario, la batalla está abierta y el campo político avanza hacia una mayor confrontación. Este es el rasgo más positivo que dejó la elección.

  1. Una elección nacionalizada. Si bien se trató de elecciones provinciales, muchos resultados solo pueden entenderse teniendo en cuenta el peso del factor nacional. En concreto, el gobierno ganó en cuatro sobre cinco provincias con gobernadores afines: la CABA, Mendoza, Jujuy y Corrientes. En la provincia de Buenos Aires se registró un engañoso empate técnico que, seguramente, se convierta en una leve diferencia a favor de CFK, una vez que se terminen de contar los votos. Por otro lado, Cambiemos también consiguió imponerse en Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, Santa Cruz, Neuquén y San Luis.

En cambio, en nueve provincias ganaron oficialismos peronistas o aliados al peronismo (Formosa, Misiones, Chaco, Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca, San Juan y Santiago del Estero), mientras que en las cuatro restantes perdieron los oficialismos. En Chubut y Tierra del Fuego se impusieron sectores del kirchnerismo, mientras que en Río Negro ganó el Frente para la Victoria, un armado peronista y kirchnerista enfrentado a Pichetto y, finalmente, en Santa Fe, Agustín Rossi lideró las internas del peronismo y se impuso a Cambiemos y al socialismo.

En resumen, en 11 provincias perdieron los oficialismos locales, de distinto color y posición política respecto del gobierno nacional. Se trata de un fenómeno inusual en la política argentina que expresa el importante peso del factor nacional en esta elección.

  1. CFK se reinventó y revalidó su liderazgo. Dentro del peronismo, se distinguen, a grandes rasgos, dos políticas: una de confrontación abierta contra el gobierno macrista y otra de diálogo y acuerdos. Esa división no puede obviarse y es progresivo que se exprese en armados políticos distintos y hasta en formaciones que compitan entre sí. Otra cosa sería caer en la unidad sin rumbo para vencer a un gobierno neoliberal, una fórmula que ya demostró su inutilidad en la experiencia noventista de la Alianza.

A pesar de los deseos de los escribas de la clase dominante, las PASO mostraron la vigencia de CFK como portavoz principal de la primera orientación del peronismo. Pero no fue ese el dato más relevante.

El lanzamiento de Unidad Ciudadana y el tipo de campaña al que apeló mostraron su capacidad de reinventarse, al calor de una interpretación de la realidad nacional que arrojó buenos niveles de efectividad. Logró instalar en el centro del debate la cuestión económica y centró su discurso en un mensaje simple: “#AsíNoSePuedeSeguir”. Además, se corrió del centro de la escena y corrió también a los “políticos profesionales”, trabajó la cercanía con la gente y la necesidad de que se exprese la voz de las personas afectadas por el ajuste. Fue una verdadera “campaña ciudadana” ¿sería excesivo ver en ello una inspiración en propuestas como la de Podemos de España? que ubicó a CFK como la dirigente política del campo popular más atenta a tratar de entender la nueva realidad que estamos viviendo y a adaptar su propuesta a ella.

Mientras es considerada “lo viejo” por amplios sectores, CFK demostró una búsqueda de renovación ausente en otros espacios políticos. El hecho de que no alcanzara para lograr un porcentaje electoral aún mayor no niega su intento sino que motiva a explorar distintas vías para profundizarlo, un camino que choca con cierta inercia de la cultura militante kirchnerista y que puede enriquecerse con el aporte de otros sectores.

Lejos de haber quedado reducido a un fenómeno de clases medias, como distintos intelectuales y analistas vienen repitiendo desde hace unos años, CFK mantiene su ascendencia sobre grandes capas de la población más humilde del segundo y tercer cordón del Gran Buenos Aires. Justamente, su desafío político principal es recuperar a los sectores medios y medios bajos que perdió desde 2011. En una metáfora geográfica, debe lograr recuperar terreno en el primer cordón del Conurbano y en las grandes ciudades.

Pero, además, la falacia de creer que “el kirchnerismo quedó reducido a un fenómeno metropolitano” fue desmentida el domingo cuando distintas construcciones explícitamente alineadas con Unidad Ciudadana consiguieron buenos resultados en Santa Fe, en la Ciudad de Buenos Aires, en Tierra del Fuego y Chubut, en Río Negro e incluso buenos porcentajes en las esquivas Córdoba, Salta y Neuquén.

Las derrotas de Schiaretti, Bordet, Verna, Das Neves y Bertone opacaron la potencia de la “liga de gobernadores peronistas” en formación y debilitaron a la renovación peronista. El peronismo no puede ignorar a CFK si quiere ser competitivo pero, por el momento, los gobernadores tampoco están dispuestos a acercársele. Más bien, parece continuar la tendencia centrífuga. Como sea, una situación similar podía verse en la provincia de Buenos Aires solo unos meses atrás pero, a fuerza de conducción política, varios intendentes peronistas que reclamaban la renovación terminaron protagonizando el operativo clamor para que CFK se presentara.

  1. La grieta se agudiza. La polarización se fue extremando ante la aplicación de las políticas neoliberales, alineando de un lado y de otro a quienes las defienden y a quienes las cuestionan. Claramente, se trata de la principal batalla en curso en nuestro país y también en el continente que le da sentido a los campos antagónicos. No se trata de un invento de los medios ni tampoco de “un artificio de dirigentes políticos de Buenos Aires”. La “grieta” expresa la confrontación real de intereses sociales. Por eso, no llama la atención que asuma un marcado sesgo de clase en el que los principales sectores sociales damnificados por el neoliberalismo fueron el sostén privilegiado de los votos kirchneristas. Viceversa, en las zonas y en los sectores medios y altos beneficiados por el macrismo se encuentra el núcleo duro de sus votantes.

Sin embargo, atribuir exclusivamente a las clases medias y altas el voto por Cambiemos sería persistir en una de las zonceras que viene caracterizando el pensamiento progresista argentino. Evidentemente, el neoliberalismo contiene formas de persuadir y atraer con sus promesas de progreso individual y renovación política a sectores sociales muy humildes. Tenemos todavía mucho trecho para entenderlas mejor y sobre todo para encontrar formas de neutralizarlas.

Pero ese hecho no puede llevar a ignorar la coincidencia de su núcleo duro de votantes con el paisaje sojero y ganadero pampeano o con la clase media alta de las grandes ciudades. En todo caso, hay que tratar de entender cómo intervienen en la subjetividad de los votantes las mediaciones políticas y culturales que permiten interpretar las causas y los responsables de la situación económica que estamos viviendo.

La izquierda popular no puede ser indiferente ante la conflagración central de esta etapa. Por eso, existe la necesidad de desarrollar una campaña por el voto a CFK en la provincia de Buenos Aires, especialmente buscando aportar votos provenientes de la izquierda y el progresismo.

  1. Un frente antineoliberal, estrategia central para esta etapa. Cuando ganó Macri, dijimos que era un cambio importante en las correlaciones de fuerzas sociales. Sin embargo, también afirmamos que no se había producido aún un quiebre, una derrota categórica de los sectores populares que determinara un fin de ciclo.

Las PASO muestran la decisión del gobierno por seguir avanzando en su ofensiva. De lograr imponerse en octubre con claridad, todas las luces rojas estarán prendidas porque será el momento para el despliegue de la agenda de reformas estructurales de la clase dominante para desarmar el andamiaje de conquistas y derechos que nuestro pueblo fue construyendo desde los años cuarenta.

Sería un error pensar que una cosa son los avances institucionales del macrismo y otra distinta las correlaciones de fuerzas sociales. Naturalmente, todas las batallas no se definen en las urnas, pero contar con el Estado es una herramienta muy importante al servicio del poder económico. Si a eso se suma el poder mediático, el apoyo de Estados Unidos y buena parte del poder judicial, entonces estamos ante una acumulación de fuerzas realmente muy peligrosa. Es fundamental asumir la densidad del momento histórico.

La izquierda popular asume la lucha contra el neoliberalismo como el actual antagonismo principal y, por lo tanto, impulsa en todos los terrenos una política frentista. Su estrategia central en esta etapa es promover un amplio frente antineoliberal que pueda construir un horizonte alternativo.

Desde ese lugar, apuesta a llevar adelante el desafío generacional que la motiva: aportar ideas para reconocer la nueva realidad que estamos viviendo y renovar las propuestas del campo popular; sumar militancia y juventud para defender derechos, construir poder popular, confrontar con los poderes establecidos y apuntar a perspectivas más radicales. En pocas palabras, ayudar a construir una nueva mayoría popular para derrotar al neoliberalismo.