Suplemento especial: Debates de la izquierda popular

Por: Patria Grande | 02 de agosto de 2017

Continuamos con la publicación del suplemento “Debates de la izquierda popular”, una herramienta para promover la reflexión y la discusión colectiva de cara al conjunto de nuestra militancia y a quienes se referencian con nuestra construcción.  

Las notas que publicamos hasta ahora, y las que seguirán saliendo en los próximos números, se ordenan alrededor de tres grandes ejes generales de discusión: el balance de las experiencias políticas más recientes en Argentina y América Latina, sus limitaciones y posibles vías de superación; la caracterización de la nueva etapa política, las razones del triunfo de la derecha neoliberal; y la construcción de una nueva alternativa popular, sus vínculos con el acumulado, las propuestas y los liderazgos del kirchnerismo y de diversas expresiones peronistas y de izquierda que hoy se encuentran en la oposición.

Invitamos también por este medio a la militancia de PATRIA GRANDE a enviarnos sus aportes.

 

Resistiendo con aguante

Por Florencia Oroz

La idea de conciliar un horizonte socialista con la identificación nacional-popular de las grandes mayorías de nuestro país, y las discusiones que trae aparejadas, no son cosa nueva. Por eso, en el marco de este suplemento, y con la intención de aportar al debate, queremos reponer algunas de las claves que signaron el período que vio nacer lo que hoy llamamos «izquierda popular».

Recapitulando: al promediar el segundo mandato de Perón, y en una coyuntura internacional que ya no reservaba para nuestro país la bonanza económica de la inmediata posguerra, la crisis económica estaba en ciernes. La respuesta fue el Segundo Plan Quinquenal (1952), basado en la afluencia de inversiones extranjeras, junto con el «aumento en la producción y la reducción del costo como únicos medios para ampliar las utilidades», en palabras de Perón. Estas medidas se toparon con la férrea oposición de la clase obrera dando inicio a un auge de la protesta social.

Las fracciones más concentradas de la burguesía evaluaron entonces que Perón no podía controlar el movimiento que, en gran medida, él había ayudado a desatar y decidieron recurrir a las FFAA para ensayar su propia salida a la crisis. Bombardeo a Plaza de Mayo mediante, asaltaron el Estado e iniciaron un ciclo político que alternaría entre gobiernos de facto y democracias restringidas hasta 1973.

El 17 de octubre de ese convulsionado 1955 sería una muestra de lo que vendría luego: con la CGT paralizada por la vacilación de sus cúpulas entre la lealtad a Perón y la lealtad a su propia cuota de poder, fueron las bases las que tomaron en sus manos la manifestación por medio de paros, actos relámpago y ausentismo general.

Ese acto de rebeldía de la clase trabajadora con respecto, incluso, a sus propias dirigencias sindicales encendió las alarmas. No bastaba ya con la toma del gobierno y la represión para «reencauzar» el rumbo del país. Era necesario desterrar la posibilidad para los trabajadores de involucrarse en la vida política. Comenzaba así un período signado por la proscripción, responsable de uno de los momentos más creativos en la historia de nuestras clases subalternas: la Resistencia Peronista.

Las claves de la historia posterior oscilan entre los intentos de la clase dominante por encontrar una fórmula que garantice la gobernabilidad (y sus sucesivos fracasos) y la iniciativa cada vez más audaz por parte de un movimiento peronista sui generis, privado ahora de su líder indiscutido.

¿Pero qué representaba ese movimiento? Habrá quienes digan que no distaba mucho de las «mayorías sociales» de la Cuba de Fidel y el Chile de Allende. Sin embargo, para no caer en simplificaciones riesgosas, la pregunta a hacerse es qué proyecto hegemonizaba cada experiencia. Para aquellos casos, la respuesta queda clara. Baste recordar a Fidel cuando le decía a Ramonet: «si no hubiéramos estado inspirados en Martí, en Marx y en Lenin no habríamos podido siquiera concebir la idea de una revolución en Cuba (…) tales ideas fueron la materia prima esencial de la Revolución».

Para el caso argentino, sin embargo, la cuestión no es tan fácil. Con Perón exiliado y con las cúpulas sindicales dubitativas y fuertemente cuestionadas a partir del surgimiento del sindicalismo clasista de Tosco, el movimiento se radicalizaba sin que nadie lo pudiese contener.

Y es que el «mito» del regreso de Perón, que él mismo había fomentado en sus primeros años de exilio, cada vez significaba menos la defensa de un proyecto político y más un verdadero «desafío herético» de las clases oprimidas hacia el status quo. Se volvía, al calor de la resistencia en las calles y en las fábricas, una consigna aglutinante en favor de una salida revolucionaria. La clase obrera entendía que el retorno de Perón a la Argentina era posible solo si las clases dominantes peligraban. Así, peronismo y revolución constituían una misma bandera: el retorno a la democracia era inescindible de la política revolucionaria.

Solo faltaba una chispa para encender la mecha, y ahí estuvo Córdoba. La alianza política gestada en las barricadas del Cordobazo modificó los términos de la situación. La Libertadora lograba lo que había resultado imposible en diez años de gobierno peronista: vincular socialmente las capas medias con el proletariado y empujar a la clase obrera hacia las banderas que la juventud rebelde enarbolaba en América Latina y en el mundo entero: el socialismo. En lugar de marchar bajo las imprecisas banderas de Luz y Fuerza, la clase obrera ahora marchaba tras las de la Revolución Cubana. En este punto, el desafío herético era completo: la cuestión ya no era cuál de los partidos tradicionales, incluido el peronismo, se haría cargo del aparato del Estado, sino la naturaleza misma de ese Estado.

Ahora bien, el peronismo produce un desplazamiento de la clase (que no se puede definir a priori sin la confrontación de clases y, por lo tanto, sin la política en sentido amplio) hacia otras oposiciones: «pueblo versus oligarquía», «peronistas versus gorilas» o «nación versus imperialismo». Estas oposiciones perfilan dos conjuntos políticamente determinados que contienen, cada uno, una alianza inter-clases (cualquier similitud con la tan mentada «grieta» no es casualidad). Es por esto que el peronismo requiere, siempre, para posibilitar el pacto social que lo motoriza, una coyuntura económica favorable que permita contener a unos y otros.

Cuando la coyuntura económica no se muestra propicia para tal proyecto, el problema de la hegemonía entra en escena. En ese punto, solo existen dos alternativas: conservadurismo o radicalización, capitalismo «menos» distributivo o revolución. Cuando en 1974 se llegó a ese límite de no retorno, esa fracción de la burguesía aliada políticamente con la clase obrera bajo las banderas del peronismo no dudó: primero, la propia reproducción como clase. Así surgió la denuncia de Perón a Montoneros como los «marxistas que se quieren infiltrar en el movimiento», así llegaron los tiempos de Isabel, López Rega y la Triple A.

No se trata, entonces, de disputar el «proyecto peronista». El famoso «sin el peronismo no se puede, con el peronismo no alcanza» no implica que la batalla por el socialismo en nuestro país requiera disputar el «proyecto peronista» porque ese proyecto, por la misma naturaleza de la alianza de clases que le da vida, se agota siempre dentro de los márgenes capitalistas. Lo que sí está en disputa, lo que debemos profundizar hacia un sentido superador, revolucionario, es ese «desafío herético» que no es peronismo en sí, sino lo que el movimiento popular ha hecho de él.

 

Vencer el macrismo, derrotar el neoliberalismo

Por José Luis Fuentes y Nicolás Fava

El desafío que tenemos puede definirse como la posibilidad de subsunción de las mejores opciones tácticas a los grandes objetivos estratégicos. Es importante una perspectiva histórica en el debate en torno a candidatos, vislumbrar proyectos de largo alcance tras sus nombres. Así como el programa empresarial trasciende a Macri y podría valerse de Vidal o de cualquier figura del ejército de reserva neoliberal, la posibilidad de un proyecto pos-neoliberal no debería agotarse en CFK. La hipótesis de radicalización del populismo puede ser útil para impulsar un momento destituyente, ordenando una multiplicidad de luchas. Pero deberemos prepararnos, dotándonos de la capacidad organizativa y la fuerza moral, para un momento constituyente que habilite cambios estructurales irreversibles a partir de que las diversas luchas del pueblo se reconozcan como parteras de un mismo proceso.

La izquierda realmente existente se define históricamente, no es un concepto predefinido. Nuestra razón de ser hoy es intervenir en todos los planos, astuta, audaz y responsablemente, haciendo correr la centralidad del tablero político hacia posiciones más progresivas. Eso requiere establecer un diálogo con mayorías y ponernos espalda con espalda con diferentes focos de resistencia. La materia prima para un análisis correcto es la experiencia real del pueblo frente al poder: expresiones como el feminismo, la economía popular, el kirchnerismo. Para el conjunto de las personas de esos movimientos no es prioridad la superación radical de este sistema social; aun así entendemos que un bloque de poder que dispute la dirección de la sociedad debe nutrirse de ellos. Pero incluso siendo optimistas, estos movimientos no constituyen por sí la mayoría social. Corremos el riesgo de confundir el activismo con el pueblo si interpretamos la construcción de mayoría como un ejercicio aritmético. Solo universalizando esas luchas, inscribiéndolas en un relato común que interpele al masivo, se convertirán en alternativa.

Actuar con responsabilidad internacional además, implica no solo ser solidarios con luchas alrededor del mundo, sino inscribir nuestra táctica en una lectura de las tendencias a nivel mundial. Los grandes líderes que admiramos (así como nuestros mayores enemigos) entendieron que los verdaderos cambios se juegan en el tablero global. Patria Grande ha tenido siempre un internacionalismo consecuente que en tiempos de avanzada significó respaldar los procesos más profundamente comprometidos. En un momento de reflujo, involucra el compromiso con el marco de alianzas más efectivo contra la ofensiva neoliberal. El ensimismamiento sectario de elegir anclar nuestra actuación política al interior de las disputas del campo popular significaría optar por una política de cabotaje, sin sentido del momento histórico mundial. Recaer en un vicio de la izquierda: una política en espejo de disputas con organizaciones afines, que se reduciría a la rapiña política y nos colocaría en el lugar exacto en el que los enemigos del pueblo nos quieren encontrar.

Avanzamos mucho desde que pensábamos la disputa institucional como “incomodidad” hasta admitir la centralidad de la acumulación electoral. Si bien seguimos representando en el debate público poco más que una corriente de opinión minoritaria, demostramos no poca destreza en ese terreno, derivada de experiencias en construcciones de base. Responder a las necesidades del pueblo hoy, a las persianas que bajan, las changas que no salen, los despidos y suspensiones,  ayudar a parar la olla, requiere dar un paso más. Adecuarnos a los reflejos de nuestro pueblo, que ha mostrado estar más a la altura de las circunstancias que todas las estructuras organizativas. Esto no significa descuidar definiciones estratégicas, cerrar debates, debilitar instancias orgánicas, sino lo contrario. Solo con claridad estratégica podemos darnos el lujo de flexibilizar nuestra táctica.

Frente a los embates del poder real el kirchnerismo se sostuvo entre otras cosas por el nivel de desarticulación de su oposición política. Es por eso que en el análisis del cambio de etapa es necesario reconocer sin fascinación pero sin preconceptos los logros políticos de la nueva derecha. Otro elemento a incorporar sobre las limitaciones del ciclo anterior es la cuestión federal. Así como nuestra organización haría bien en procesar las particularidades provinciales, una nueva experiencia política transformadora debería emerger de las necesidades de la Argentina profunda, pintándose de pueblo y trascendiendo las alianzas pragmáticas con traicioneras burguesías locales, más comprometidas con un modelo extractivo transnacional que con un proyecto soberano.

Es inevitable escuchar los ecos de Santucho, Cooke, Tosco. Todos con elementos para aportar al debate. Puede que cobren a la luz de las circunstancias otro significado, logrando dar cuerpo a las ideas que queremos expresar. Vivimos en una sociedad signada por la larga noche neoliberal que fue posible solo con la desaparición física de esa generación. Los efectos del genocidio se extienden hasta el presente en múltiples formas de resquebrajamiento del tejido social que la democracia liberal, aun en su versión más social, no ha logrado revertir. Diluir, seguidismo, instrumentalizar no son los principales monstruos a los que nos enfrentamos.

Al macrismo no lo conmoverá la integralidad de nuestro programa, la radicalidad de nuestro discurso, ni siquiera la conflictividad que seamos capaces de generar, pero el neoliberalismo no encontrará su derrota definitiva en un horizonte posibilista. Esfuerzos como los que venimos realizando por romper en todo sentido las estructuras tradicionales de los armados políticos, reinventando la participación ciudadana con creatividad, atendiendo a los desafíos de cada distrito y asumiendo la responsabilidad histórica de formar parte de la principal alternativa anti-neoliberal son ejemplos del tipo de construcción que necesitamos considerar, experimentar y balancear de cara al 2019.

La tarea hoy es torcerle el brazo al macrismo para frustrar el avance de sus objetivos. Eso incluye admitir la centralidad de CFK y liderazgos provenientes del kirchnerismo en la construcción de un próximo ciclo pos-neoliberal. La responsabilidad histórica de nuestra generación requiere saltar un muro un poco más alto. Nos toca reactivar los sueños de los 30 mil, que no lucharon por unos cuantos puntos del PBI o políticas de asistencia social. Esto implica desembarazarse definitivamente del neoliberalismo alojado en la política tradicional y avanzar en la construcción de un nuevo orden que permita dejar atrás el capitalismo, el imperialismo y el patriarcado.

 

Coordenadas para el debate

Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan entenderse ante la realidad concreta del día. Que no se esterilicen bizantinamente en exconfesiones y excomuniones recíprocas. Que no alejen a las masas de la revolución con el espectáculo de las querellas dogmáticas de sus predicadores. Que no empleen sus armas ni dilapiden su tiempo en herirse unos a otros, sino en combatir el orden social, sus instituciones, sus injusticias y sus crímenes.
C. Mariátegui

Por Gabriela Giacomelli y Santiago Mayor

Todo debate electoral debe enmarcarse en un reconocimiento del papel que este nivel de la lucha de clases ocupa en determinado momento. Y toda política de alianzas debe ser resultado de un análisis coyuntural. Con esto queremos decir: análisis de la situación actual de la lucha de clases. Aclararlo parece una perogrullada, pero hasta los propios militantes de izquierda caemos en análisis abstractos.

Desde Patria Grande, afirmamos que una intervención política de izquierda con vocación de mayorías debía escapar a la dicotomía “k/anti k” al reconocer que el espectro político kirchnerista es predominante dentro del campo popular argentino y que la construcción de una alternativa popular no puede construirse sin esos sectores. Pero exige una superación por izquierda.

Sin embargo, muchos análisis propios parecen poner en una balanza imaginaria todo lo que el kirchnerismo tiene de progresista o neoliberal para defender una posición. No se trata de ver cuán kirchneristas o no somos, sino de analizar en qué medida nuestra política hacia dicho espacio contribuye a mejorar la correlación de fuerzas de la clase trabajadora.  

La sábana corta del capitalismo dependiente

El antineoliberalismo que primó en América Latina a comienzos del siglo XXI consistió, centralmente, en una impugnación política a ese modelo económico. Las medidas de redistribución de la renta e intervención estatal en la economía, si bien implicaron tensiones con las tendencias globales de la acumulación de capital y, por eso, las tensiones con sectores económicamente más concentrados no modificaron la estructura dependiente y mantuvieron el rol histórico en la división internacional del trabajo de la región.

En Argentina, el desarrollo industrial se montó sobre la capacidad instalada y dependió de divisas aportadas por el alza de las commodities. El impacto de la crisis internacional hizo emerger un problema estructural de nuestra economía, la restricción externa, y puso un límite objetivo al intento de conciliación entre mejora de la clase trabajadora y desarrollo capitalista.

Sin embargo, el escenario abierto con la crisis de la globalización es complejo también para los proyectos neoliberales. Cambiemos no encontró aún respuesta ante su “apertura al mundo” y su llamado a las inversiones.

Para no perecer, el proyecto macrista debe profundizarse en sintonía con las reformas de su par brasilero Michel Temer. Y eso no depende de un resultado electoral. La devaluación vendrá después de octubre gane o pierda Cambiemos, porque la corrida contra el dólar está instalada. La reforma laboral, por su parte, dependerá de alianzas con otras fuerzas políticas en el Congreso y de nuestra capacidad de resistencia en las calles.

Elecciones, alianzas y lucha de clases

En este contexto internacional de avance del capital frente al trabajo y de crisis o inestabilidad de los proyectos políticos que disputaron hegemonía en la región durante la década pasada neoliberalismo, neodesarrollismo y socialismo, el debate sobre el papel de las alianzas políticas en la acumulación de fuerzas se torna central.

Sabemos que no hubo experiencia revolucionaria en América Latina que haya estado exenta de alguna alianza con fracciones burguesas de tendencias más autónomas respecto del capital internacional. Pero tampoco aquellos procesos se dieron sin un momento de ruptura contingente y más allá de la voluntad política, de construcción de una mayoría popular que las subordine a un proyecto de la clase trabajadora.

CFK es actualmente la dirigente popular con mayor capacidad de expresar el descontento contra el neoliberalismo. Pero no por eso constituye una referencia para nosotros como organización. El hecho de reconocer su liderazgo no implica darle un cheque en blanco de apoyo hasta que surja uno nuevo. Nuestro apoyo, como sucede en estas elecciones, dependerá en cada caso del rol que cumpla ante determinado escenario político.

Subordinar nuestra construcción a la figura de CFK por ser la única líder popular existente supone abandonar de hecho un proyecto revolucionario. Ahora bien, un planteo diametralmente opuesto que rechace cualquier articulación con el kirchnerismo corre peligro de esterilidad política y de condenarse a la marginalidad.

Nuestro desafío es articular, dialogar con esa experiencia política contradictoria, disputar sus bases sociales y militantes. Para ello no debemos esperar de manera soberbia e infantil que se arrepientan de sus “errores” pasados, pero tampoco podemos soslayar nuestros cuestionamientos y la confrontación de proyectos en pos de la unidad. No debemos perder de vista la necesidad permanente de encauzar las conquistas recientes en una lucha anti-sistémica para articularlas en un proyecto popular y revolucionario. Por eso debemos jerarquizar y reconocer nuestras tareas más allá de la disputa electoral, como la lucha y la comunicación de masas y la formación político-estratégica interna.

No existe proceso revolucionario por mera acumulación de fuerzas. Ni en lo sectorial ni en lo político-institucional. La disputa electoral es un plano de nuestra lucha pero no podemos sobredimensionarla. A su vez, derivar que por el cambio de etapa tal o cual política “es lo que hay que hacer” supone un análisis simplista y apresurado. Preferimos ser más cautos porque el problema no es la decisión táctica de constitución de frentes electorales con expresiones políticas diferentes a la nuestra. El problema es su justificación o impugnación desligada de un análisis basado en el devenir histórico de la lucha de clases.

 

Sobre los tiempos, las tareas y los debates de la izquierda popular

Por Jonathan Gueler

Previo a la conformación de Patria Grande a mediados de 2013, nos debatíamos sobre la primacía entre los objetivos de a) construcción de una “organización nacional de la izquierda popular” y b) aportar a la creación de un “movimiento por la emancipación nacional y el cambio social” (primer atisbo de planteo estratégico). Esa discusión preliminar fue resuelta en favor de la simultaneidad de ambas tareas, descartando así una mirada “correlativista” en la que la primera precediera la segunda en orden cronológico.

Esta introducción no pretende la reconstrucción histórica de nuestras discusiones, sino que es pertinente en función de la reedición de un debate similar que se da en la actualidad y que encuentra sus raíces en aquel. Si en 2013, con una preeminencia y relativa estabilidad de los gobiernos posneoliberales, concebíamos ambas tareas como igualmente urgentes, el que hoy, cambio de etapa mediante, volvamos a discutir si lo que tenemos que hacer prioritariamente es construir la izquierda popular implica un retroceso.

Resistir en unidad

En nuestro PNDE definimos que nos encontrábamos ante un año bisagra, ante la posibilidad de que el neoliberalismo se consolide y se profundicen políticas hasta ahora “tibiamente” enunciadas (aunque ya con dolorosísimas consecuencias para nuestro pueblo). Esto, que a priori era abstracto, adquirió un nivel de realidad mayor con las declaraciones de Macri sobre la baja del “costo laboral” y el anuncio de la reforma en esta materia. De concretarse, implicaría un salto para un gobierno que busca una transformación estructural —y claramente regresiva— del estado y de las relaciones del trabajo. La muy dificultosa reversibilidad de las derrotas del pueblo cristalizadas tanto en leyes como en construcción de sentidos comunes hace aún más grave esta situación.

Si bien lo descripto más arriba no implica controversia alguna, el sentido de su inclusión pasa por remarcar lo que ya ha sido planteado en este suplemento: es la realidad de nuestro pueblo y la necesidad de propinarle una derrota a este proyecto político, económico y cultural lo que debe orientar nuestra intervención. Esto no implica esquivar debates, sino llevar adelante las dos tareas (desarrollo de nuestra táctica en función de nuestro horizonte estratégico —en debate— y construcción de la izquierda popular) entendiendo las particularidades de cada una de ellas y reafirmando su concomitancia.

Construir la alternativa

Como Patria Grande, no tenemos dudas acerca de la necesidad imperiosa de derrotar al macrismo. Incluso tenemos un nivel de acuerdo mucho mayor a aquel con el que contábamos hace tan solo unos meses sobre ciertas definiciones tácticas para avanzar hacia ese objetivo.

Naturalmente, existe un amplio debate con respecto a la construcción de la alternativa y las inconveniencias de una supuesta confusión entre los planteos tácticos y la orientación estratégica o, peor aún, un apartamiento de esta última, planteado esto concretamente a partir de la experiencia de Ahora Buenos Aires en Unidad Porteña.

Es preciso decir que la realización de esta apuesta electoral no implica una rediscusión de nuestro balance de la etapa kirchnerista (construido a lo largo de años de debates y expresado con claridad en las resoluciones del primer y segundo Plenario Nacional de Delegados), ni en función de su embellecimiento tardío ni de un ensañamiento que nos es igualmente ajeno.

Es, sin embargo, perfectamente válido que se proponga una revisión de estas caracterizaciones, tanto porque los últimos 20 meses lo ameriten, o porque no haya existido en realidad verdadero consenso con las resoluciones adoptadas. Justo es plantear, en cualquiera de esos casos, que esa proposición no tiene su causa en la conformación del frente en la CABA.

Es por eso que no debemos enfocar estos debates en reforzar la delimitación respecto del kirchnerismo o a CFK o en remarcar la superioridad del socialismo del siglo XXI por sobre el capitalismo serio ya que esto no varió con el cambio de etapa.

Además de los balances, sería de suma importancia discutir las perspectivas del kirchnerismo y de otros procesos políticos de la región, como es el caso de Brasil. Allí, el PT terminó su mandato con la derecha integrada el gobierno avanzando hasta el punto de echar, golpe mediante, a una presidenta electa con 54 millones de votos. ¿Qué balance se hizo de esta experiencia? ¿Cómo sería una eventual nueva presidencia de Lula, sobre qué sectores se apoyaría y qué programa tendría? ¿Qué lugar tendrían los movimientos sociales?

En Argentina, la propia aparición de Unidad Ciudadana y los 15 puntos con los que se lanzó presentan algunos elementos novedosos con respecto al ciclo político anterior. Si estos son el embrión de un rumbo superador o si son planteos oportunistas/electoralistas será objeto de un debate que merece ser dado.

Así como no hubo aún una revisión de los balances sobre el kirchnerismo, tampoco ABA en UP implicó un alejamiento de nuestras definiciones estratégicas o aquellas constitutivas de nuestra identidad política.

No obstante, siendo consecuentes con el advenimiento de un cambio de etapa, es razonable considerar profundizar debates de carácter estratégico, ya sea que esto implique afinar los trazos gruesos anteriormente planteados, o la contrastación de formulaciones generales con realidades, actores y posibilidades concretas o incluso la redefinición de la estrategia de Patria Grande.

Algunos de estos planteos ya fueron enunciados, como si debemos apostar a la radicalización de una experiencia nacional-popular, si el kirchnerismo constituye o no la representación de esa identidad histórica en el actual escenario político, entre otros.

Debates de la izquierda popular

Esta es una tarea a ser asumida con responsabilidad. No es excepcional ni somos los primeros que la enfrentamos. A lo largo de la historia, numerosas organizaciones partieron de retrocesos o derrotas populares para revisar su pasado y formular nuevos planteos con respecto a su horizonte.

En relación a los “debates de la izquierda popular”, pueden proponerse dos elementos para orientarlos y para su posterior balance:

En primer lugar, estos tendrán sentido únicamente si obtenemos como saldo una mayor claridad estratégica para la izquierda popular. Para esto debemos ser también pacientes. Seguramente los balances de las políticas hoy en desarrollo constituirán un elemento de suma riqueza para abordar nuestras discusiones. En sentido opuesto, la discusión en base a interpretaciones de planteos estratégicos deducidos a partir de intervenciones electorales constituye una dificultad para que el debate sea progresivo y se desarrolle francamente.

En segundo lugar, sería equivocado medir el “éxito” solamente en función de la resolución de una discusión de nuestra organización, sino que esto debe hacerse también a partir del aporte que hagamos a las tareas de la etapa no de Patria Grande, sino  del campo popular argentino. Debemos hacernos cargo de nuestros debates para que, en el futuro, estemos orgullosos, además de por la forma en la cual los dimos, de que la orientación política que de ellos resulte haya sido la mejor contribución que pudimos hacer para derrotar al neoliberalismo y para construir una alternativa de liberación para la Argentina.

Temas de la nota: