[Suplemento especial Fidel Somos Todos] El nombre de la Revolución

Por: Martín Ogando | 06 de diciembre de 2016

Fidel es el nombre de la revolución en América Latina. No se me ocurre definición más escueta y profunda al mismo tiempo. Por eso resiste la asimilación edulcorada de este sistema y las tibias equidistancias de la “corrección política”. Porque las revoluciones abren brechas profundas, abismos, entre justicias e injusticias. Porque a las revoluciones no se las perdonan jamás. Y Fidel, vaya si hizo una revolución. Estudiar su obra, debatir y reactualizar su legado teórico, ético y político, es una responsabilidad central de la militancia popular.  

El legado de Fidel es inseparable del de la Revolución Cubana. El 1° de enero de 1959 la hegemonía de los Estados Unidos y su influencia sobre América Latina se encontraban en franco ascenso, al ritmo de la guerra fría. La revolución pateó el tablero y demostró que un pueblo digno y movilizado podía contra casi todo.

Pero la Revolución no cayó del cielo. Cuba tenía una historia de luchas nacionales y populares de extraordinaria riqueza. Alcanza su independencia de España en 1898, en un contexto marcado por el surgimiento del imperialismo moderno. Los cubanos libran su guerra, pero los Estados Unidos, con su intervención postrera, logran implantar su propio protectorado.

La contradicción no podía ser más marcada. El proceso independentista más popular, combativo y antiimperialista del continente dio como fruto la imposición de nuevas cadenas. Durante 60 años esa contradicción emergió testaruda en las luchas patrióticas y democráticas de generaciones de cubanos y cubanas. El héroe de la independencia, José Martí, es contemporáneo de las luchas socialistas y anarquistas del movimiento obrero, y compañero de ruta de José Baliño, fundador, -junto a Mella-, del primer Partido Comunista en Cuba. Esta original experiencia, que comienza a mixturar las reivindicaciones nacionales y las sociales tendrá una fuerza determinante en el recorrido posterior de los revolucionarios cubanos.

Cuba, patria y socialismo

La Revolución Cubana fue nacional y patriótica, como pocas, y fue al mismo tiempo la primera revolución socialista de América Latina. El 26 de Julio encarna la recuperación del pensamiento antiimperialista y democrático de Martí en la lucha por un proyecto de nación verdaderamente popular. Es el sujeto campesino, popular y plebeyo el que tiene en sus manos la capacidad de construir un proyecto nacional autónomo y democrático. No hay proyecto de nación posible en manos de las clases poseedoras, sólo interesadas en compartir los negocios de las multinacionales.

Pero ese objetivo nacional asumió en Cuba un horizonte socialista. Bajo el azote de la contrarrevolución, la Revolución Cubana asumió la necesidad de trascender el capitalismo. En su origen las reivindicaciones unificadoras eran fundamentalmente democráticas, contra la dictadura de Batista, pero la toma de posición de  Estados Unidos y la defección de los grupos propietarios locales le terminarán dando al proceso características netamente antiimperialistas y socialistas. No hay liberación nacional bajo la bota del capital, esa será una de las grandes lecciones cubanas: revolución socialista o caricatura de revolución.

Pero Fidel y el Che no contrapusieron al nacionalismo revolucionario y al socialismo, sino que por el contrario, los sintetizaron creativamente a partir de la propia experiencia cubana. La memoria popular de las luchas martianas y los mambises se entreveraron con el moderno ideario socialista, pariendo una perspectiva de enorme influencia en las izquierdas latinoamericanas de las décadas posteriores. Fidel es el pensamiento de Martí y también es Marx, es la liberación nacional y la emancipación social de las clases trabajadoras y populares. Esta experiencia sigue siendo vital al día de hoy. Enraizar la lucha emancipatoria contra este sistema explotador en las tradiciones y experiencias concretas de cada uno de nuestros pueblos sigue siendo un desafío central para un nuevo proyecto político, al que como izquierda popular nos planteamos aportar. Cuba no nos dice cómo se construye aquí y ahora esa experiencia, pero sin entender su revolución estaremos mucho más lejos de encontrar el camino.

Donde sea, en cualquier continente

Fidel nos ha dejado un precioso legado internacionalista. No el de la retórica y las solidaridades abstractas, sino el del compromiso material, humano, concreto, con los procesos de liberación de todo el mundo. Sea como combatientes guerrilleros en las luchas anticoloniales, o como médicos, rescatistas e ingenieros, los cubanos han dado ejemplo sobrado de solidaridad internacional.

Este internacionalismo está vinculado a una fuerte apuesta ética y humanista. Es impensado que un proceso político subsista durante décadas, sometido a privaciones materiales inmensas, sin una enorme transformación en las cabezas y los corazones. El Che y Fidel fueron dos baluartes indiscutidos de esa prédica por una revolución brutalmente honesta aún en la pobreza, que fomentó la solidaridad y la entrega de los dirigentes y cuadros como valores fundamentales. En tiempos en que la política se ha convertido en reducto de oportunistas, corruptos y empresarios que buscan salvarse a costa del pueblo, esta apuesta ética tiene más valor que nunca.

Fidel ha dirigido una revolución, pero también ha sido un hombre de Estado durante más de cuarenta años. Ha timoneado los destinos de una pequeña nación rodeada de un mar cada vez más poderoso de capitalismo. Navegó entre contradicciones, aciertos y por supuesto errores. Se equivocó, avanzó y retrocedió con su pueblo, poniendo en juego miserias y grandezas, como las de cualquier ser humano. También tuvo la capacidad de reconocer errores, a veces muy importantes, e intentar rectificar. En una nueva etapa histórica y luego del duro periodo especial, supo colocar a Cuba como punta de lanza del ALBA, junto a Chávez y Evo, en quienes reconoció rápidamente compañeros de lucha.

Con estas idas y vueltas Fidel siempre fue fiel a Fidel. Siguió defendiendo hasta el final de sus días la independencia cubana y confiando en que un futuro socialista es lo único que puede salvar al planeta de la degradación y la violencia. Esas banderas son las nuestras. Sin calco ni copia, pero con Cuba como inspiración, sabiendo que está en las nuevas generaciones inventar la vía para otro mundo posible, sin miseria, pobreza, ni explotación.

Hasta el socialismo siempre, compañero Fidel.

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