Un freno en las urnas y en las calles

Por: Santiago Nardin y Ulises Bosia | 02 de agosto de 2017

Durán Barba recomienda no hablar de economía mientras las organizaciones gremiales se preparan para retomar las calles. En pocos días, las PASO darán una primera muestra de la voluntad popular ante un gobierno que busca ser plebiscitado. Lo que está en juego.

A pocos días de las PASO, Cambiemos se prepara para plebiscitar su gestión en todo el país. En el horizonte, amenazan las sombras de una reforma laboral “a la brasileña”, de un ataque al sistema previsional y de un agresivo ajuste fiscal, que los funcionarios del gobierno prometen a los intereses dominantes para la segunda parte del mandato en caso de imponerse en las elecciones.

En efecto, hemos caracterizado que 2017 es un año bisagra porque están en juego la consolidación electoral del proyecto macrista y la definición de los términos políticos y sociales en los que el gobierno llevará adelante una política de ajuste ya decidida.

En estas últimas semanas, las grandes movilizaciones de comienzos de año parecían haberse tomado un respiro momentáneo, mientras la atención de las fuerzas del campo popular se centró en la construcción de opciones electorales. Sin embargo, agosto marca la reaparición de la fuerza callejera al calor de un deterioro social que se profundiza.

Los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, nucleados en la CTEP y sus organizaciones aliadas, se preparan para reeditar la multitudinaria movilización del 7 de agosto del año pasado, cuando San Cayetano los vio irrumpir en la agenda nacional detrás de las banderas de tierra, techo y trabajo.

Por su parte, la CGT, cuya política vacilante fue golpeada por la continuidad de los despidos y la intervención de distintos sindicatos, resolvió convocar a una movilización para el 22 de agosto. El súbito endurecimiento tiene más que ver con la agresividad del gobierno que con un cambio al interior de las correlaciones de fuerza del movimiento obrero. De hecho, su sector más dinámico, la Corriente Federal de Trabajadores, irá el 7 de agosto a San Cayetano mostrando su descontento con la política del gobierno.

La situación económica también deja en claro la incertidumbre que ronda la coyuntura del país. La corrida cambiaria –aún en curso– que llevó el dólar a 18 pesos es un síntoma de la vulnerabilidad del rumbo elegido.

Tras un año y medio que convirtió al macrismo en el gobierno más endeudador de la historia, sus principales objetivos económicos están lejos de cumplirse: el grueso de los capitales que llegaron al país lo hicieron atraídos por la actividad especulativa e, incluso, la salida de capitales supera la llegada de inversiones; la inflación aspira, en el mejor de los casos, a terminar 2017 en los mismos niveles de 2015; el déficit fiscal aumenta debido a la rebaja de impuestos a los sectores pudientes y la reducción de los ingresos fiscales, debido a la baja de la actividad económica. Se entiende por qué Durán Barba les recomienda que no hablen de economía.     

Entre Buenos Aires y el país

Ante una elección legislativa, siempre es difícil determinar de manera tajante ganadores y perdedores, en especial cuando ningún resultado podría garantizarle al gobierno nacional una mayoría en el Congreso.

Cambiemos se presenta con un mismo sello en 23 provincias, con la única excepción de la Ciudad de Buenos Aires. Con buenas probabilidades de sumar más bancas a su bloque, el oficialismo buscará construir una lectura nacionalizada de los resultados, de la misma manera que lo intentó el kirchnerismo en 2009 y 2013.

Cambiemos cuenta con cinco gobernadores que forman parte de su alianza: los de Corrientes, Mendoza, Jujuy, Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires. Con excepción del difícil terreno bonaerense, aspira a revalidar su favoritismo en las otras cuatro, con buenas posibilidades de hacerlo.

Pero lo que podría representar un avance para ellos sería imponerse en Córdoba frente a los candidatos del gobernador justicialista Schiaretti; en Santa Fe, donde consiguió que el radicalismo rompa su alianza con el socialismo; en Tucumán, donde José Cano va por su revancha contra el peronismo; o en Santa Cruz, donde derrotar al kirchnerismo tendría un peso simbólico muy grande.

Esta “lectura nacionalizada” buscará, sobre todo, correr del centro de atención los resultados bonaerenses. Sin embargo, tanto por el peso específico del distrito como por la participación directa de CFK, si Cambiemos pierde en territorio bonaerense, le será tan o más difícil de lo que fue para el kirchnerismo en 2009 o 2013 explicar que en realidad “ganó las elecciones por ser la primera minoría a nivel nacional”.

Ninguna de las cuatro elecciones provinciales mencionadas se presentan sencillas para el gobierno, por lo que perderlas no implicaría necesariamente un retroceso. Distinta es la situación en la provincia de Buenos Aires, donde por ahora CFK encabeza todas las encuestas, especialmente en el sur y el oeste del Gran Buenos Aires, pero consiguiendo también buena recepción en distintos municipios del conurbano norte y en Mar del Plata.

Como hemos venido planteando, una derrota de Cambiemos a manos de CFK supone un terreno más favorable para evitar que avance el programa de ajuste. La figura de CFK representa hoy en la conciencia de millones una esperanza para ponerle un freno al neoliberalismo y a las aspiraciones del gobierno actual.  

Ponerle un freno al macrismo, construir una alternativa popular    

La etapa política que estamos viviendo renovó los desafíos para las fuerzas políticas del campo popular. Generó debates que atraviesan tanto a PATRIA GRANDE como a otras organizaciones y movimientos.

Pero sea como fuere, tenemos en claro que ningún debate se dará al margen de la batalla principal que en estas semanas estamos dando en las calles y en las urnas, con un enemigo claro al que hay que frenar. Sólo allí mismo se podrán gestar los caminos de una alternativa que recupere los pisos ganados en la etapa anterior pero, además, logre superarla para construir una nueva mayoría.

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