Una nueva oleada feminista

Por: María Paula García | 17 de febrero de 2017

A veces, de maneras silenciosas y, otras veces, más ruidosas; muchas veces desde el amor, pero otras también desde la rabia, el dolor y la indignación; a veces, a partir del más duro trabajo físico y, otras, desde el esfuerzo del trabajo intelectual; a veces en soledad, sacando fuerzas desde nuestro interior, otras veces juntas, uniéndonos; en cualquier caso, siempre, cada uno de los días del año, las mujeres movemos el mundo. Y este 8 de marzo decidimos pararlo. Una nueva oleada feminista surge cuando la realidad mundial se agita y estremece, preanunciando grandes cambios en medio de la crisis de la hegemonía neoliberal.   

Pese a que la violencia recrudece, el movimiento de mujeres en Argentina llega a este 8 de marzo fortalecido y organizado, fruto de años de construcción y aprendizaje. En el último tiempo, dio un salto cualitativo y cuantitativo, volviéndose más feminista y más popular. Un avance que no se da en el vacío sino en el marco de un mundo cada vez más delicado y complejo. El fin del sueño de la Europa unificada y la llegada de Trump con sus discursos de proteccionismo económico son algunos elementos que llevan a caracterizar, como mínimo, una crisis de la hegemonía neoliberal. Álvaro García Linera afirma que estamos ante la muerte de la globalización. Obviamente no es posible decretarlo ya y se trata de un proceso abierto. Pero sí se puede poner atención a las dinámicas. Sobre todo porque si la hegemonía neoliberal está peligrando, ello no significa una buena noticia en sí misma para nuestros pueblos. Lo estamos viendo: las desigualdades sociales aumentan, la riqueza se concentra aún más en unos pocos poderosos, los Estados se cierran, ajustan, recortan políticas sociales, avanzan sobre los derechos conquistados, persiguen a migrantes y criminalizan a los sectores populares. Hasta el mismo papa Francisco se expresó al respecto, alertando incluso del peligro de que, en tiempos de crisis, los pueblos salgan a buscar un salvador que les devuelva la identidad y los defienda con muros. Por eso es tan necesario precisar por dónde, a través de qué alternativa es posible vislumbrar una salida frente a un mundo cada vez más hostil.

El movimiento de mujeres que reacciona y se despliega en gran parte del planeta está diciendo muchas cosas. Como venimos asistiendo en el último tiempo en Argentina, y también en las históricas movilizaciones en EEUU de enero, con réplicas en 57 países, es la voz que empezó a alzarse contra los atropellos y los poderosos, a gritar lo que otros movimientos no salieron masivamente aún a decir. Porque salir se puede salir de muchas formas, pero solo amplios sectores de mujeres están diciendo que no se sale sin un proyecto en el cual entremos todos y todas; no se sale si todos los seres humanos no somos iguales en condición y en posibilidades; no se sale si no tenemos todas y todos los mismos derechos; no se sale con racismo, transfobia y homofobia; no se sale si los Estados continúan ajustando y recortando beneficios sociales y políticas públicas; no se sale con políticas de pobreza, desempleo y exclusión; no se sale si no transformamos la trama social y económica que hace posible los femicidios. Y, definitivamente, no se sale si este sistema le sigue negando a las mujeres y a las identidades sexuales disidentes el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos y a gozar libremente de su sexualidad. El fondo del problema no es solo caracterizar la situación mundial, porque en ello pueden hasta coincidir sectores de las clases dominantes y muchas religiones, no precisamente interesados en la ampliación de todos los derechos y el fin de toda opresión y explotación. La cuestión es precisar hacia dónde ir, cómo transitar ese camino y qué sujetos están expresando lo nuevo en un sentido verdaderamente transformador.

Hoy, el movimiento de mujeres, creciente a nivel internacional, es uno de los sujetos más dinámicos, organizados y principalmente aglutinador de muchos otros sectores. Por ello, la categoría “mujer” está más en disputa que nunca.

Lo está claramente para el sistema de dominación, que solo concibe a las mujeres como objetos de consumo y explotación. Pero, también, al interior del movimiento de mujeres que, desde ya, no es homogéneo. Existen sectores feministas liberales, corporativos y “punitivistas”. Feminismos funcionales y complacientes con el poder y con grandes demandas de endurecimiento de los códigos penales, muy fácil de ser cooptados y muy peligrosos en contextos represivos como los que vivimos. Feminismos que están en crisis como el neoliberalismo que sostienen y que fracasaron. Porque la incorporación de feministas provenientes de ONGs a gobiernos conservadores no redundó ni en más derechos ni en mejores políticas públicas para las mujeres. Más bien todo lo contrario. Y, en Argentina, tenemos sobradas pruebas.

Afortunadamente, hay nuevos movimientos de mujeres que plantean que la mujer puede ser un sujeto transformador. Ser mujer hoy puede significar más que nunca la existencia de un sujeto político que aglutina a todas las opresiones (de género, étnicas, de clase), y logra hacerlo en unidad.

Las masivas movilizaciones de mujeres interpelan a todos los movimientos sociales y políticos en gran parte del mundo y no son tanto una novedad. Las diferentes oleadas feministas, que pusieron en debate la ampliación de los derechos de las mujeres, se dieron siempre en grandes momentos históricos: al terminar la Segunda Guerra Mundial y al calor de los movimientos raciales, pacifistas, obreros y estudiantiles a fines de los años sesenta, cuando se estaban discutiendo grandes cuestiones. La derecha conservadora lo sabe. Por eso, mientras muchos aún se sorprenden de la fuerza y la irrupción del movimiento de mujeres preguntándose cuán revolucionario es o cuánto durará, o directamente ignorándolo, la derecha tiene respuestas y disputa imaginarios. No casualmente una de las primeras medidas de Trump fue decretar la prohibición a ONGs y proveedores sanitarios de utilizar fondos del gobierno estadounidense para subsidiar a grupos en el extranjero que practiquen o asesoren sobre el aborto. No de la nada la derecha colombiana militó en contra de los acuerdos de paz azuzando que de la mano de esos acuerdos se venía “la ideología de género”. No de manera improvisada en los discursos para echar a Dilma del gobierno se la acusó de haber promovido la educación sexual integral en las escuelas. La derecha no separa y no ignora.

En este contexto vamos hacia un nuevo 8 de marzo: con el llamamiento a un Paro Internacional de Mujeres que ya tiene apoyo en más de 30 países. Las mujeres somos las más golpeadas por las políticas neoliberales. Y también por la reacción patriarcal, por los soldados del patriarcado que nos quieren mudas, que nos quieren sumisas, que nos quieren santas. Argentina, con su grito de “Ni una menos”, es una vanguardia que inspira a muchas mujeres del mundo. Un grito más vigente que nunca. Porque este año, en nuestro país, ya sufrimos 57 femicidios en apenas 43 días. Porque el Estado y, en particular, este gobierno misógino de Macri es responsable de que las mujeres estemos cada vez más desprotegidas. Indefensas ante la violencia, sin protección y asistencia, cada vez más precarizadas y amenazadas por el miedo del desempleo y el aumento de los precios. Pero, como escribió la periodista y activista feminista Marta Dillon en Página 12 hace unos días, “nuestro ‘basta’ es rotundo frente a quienes creen que pueden hablar de nosotras como lo hizo Donald Trump, como si estuviéramos siempre disponibles y sin deseo propio y también frente a quienes diseñan la economía de modo que tengamos que sostener sobre nuestros cuerpos el costo social de ser las más precarizadas y las que sostenemos las tareas domésticas y de cuidado que hacen la vida posible sin que ese trabajo nunca sea reconocido”. Hartas de sostener el mundo así como es. Queremos cambiarlo. #NosMueveElDeseo. El nuestro, el propio. Y el 8 de marzo decimos basta, paramos y vamos por todo.

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