Venezuela en el punto de bifurcación

Por: Compañeros de la Brigada Eva Perón, desde Caracas | 06 de junio de 2017

Dos bloques de fuerzas avanzan en simultáneo y expresan agendas y estrategias mutuamente excluyentes: el proceso constituyente oficial y la vía destituyente insurreccional. La resolución del actual empate político podría demorarse al año que viene, pero su conclusión definirá sin duda el curso de la Revolución Bolivariana.

La insistencia opositora en recurrir a la violencia callejera confirma la hegemonía de grupos comprometidos con la salida forzada del gobierno. Todo ello se enmarca en un contexto de crisis económica impuesta y un estancamiento político que impacta diariamente en la moral de la población y en el propio tejido social del país.

El 1° de mayo, el presidente Nicolás Maduro anunció la iniciativa de elegir, por medio del voto universal y secreto, una nueva Asamblea Nacional Constituyente (ANC). El gobierno inició su campaña con nueve ejes temáticos desde donde reformar y actualizar el texto que vio nacer a la República Bolivariana. A su vez, se abre el juego para incluir propuestas elaboradas desde las bases que deberán ser canalizadas por los 545 constituyentitas que resulten elegidos el 30 de julio. Al cerrarse la inscripción el 4 de junio, más de 55314 venezolanos y venezolanas se han registrado entre representaciones territoriales y sectoriales.

Sin embargo, la dirección de la oposición ha insistido en boicotear el proceso y cuestionar su legitimidad, optando por promover diariamente las protestas callejeras. No parece importar que el gobierno haya reconocido todos los reclamos de los voceros opositores: anunció la realización de las postergadas elecciones regionales para diciembre de este año, antesala de las presidenciales de 2018, y confirmó que la Constitución resultante de la ANC deberá ser aprobada en un referéndum nacional.

Un juego peligroso está en curso: no solo el resultado de la constituyente resulta importante por el contenido que dará a la base jurídica y legal del país; más importante aún es que pueda contar con una participación mayoritaria. De lo contrario, no está en juego sólo la representatividad o continuidad de un gobierno sino la misma estabilidad del país y la legitimidad del Estado. Una Constitución que no sea reconocida por una parte significativa de la población solo afianzará la fractura social y política. De ahí en más, cualquier posibilidad entra en los cálculos.

El delgado hilo democrático, el chavismo y sus propias correas

La Asamblea Nacional Constituyente contiene un potencial que, de saberse aprovechar, podría revitalizar el proceso saldando así el empate en el que se encuentra la confrontación política. Revivir el entusiasmo al apelar a unos de los elementos más ricos de la Revolución Bolivariana: la democracia participativa y protagónica que subvierte las lógicas de la democracia representativa.

Pero ello, demandará de una gran capacidad de comunicación de los fines buscados, de pedagogía en explicar los medios y de apertura para canalizar reclamos, demandas e inquietudes de la base social. Contra la propia energía del elemento comunal y participativo han actuado años de guerra económica, corrupción y burocratismo.

La estructura partidaria del chavismo deberá mostrar nuevamente la flexibilidad que supo tener en el pasado este movimiento policlasista para integrar a los diversos sectores sociales y sus intereses. De lo contrario, el saldo final podría golpear en un mayor retraimiento de la participación popular y un crecimiento del desencanto.

Un aspecto a destacar ha sido el creciente protagonismo mediático que ha ganado la fiscal general Luisa Ortega. Con sus críticas a la metodología con la que se ha convocado a la ANC y al accionar de las fuerzas de seguridad, proveyó de un importante empujón a la oposición partidaria, en especial por tratarse de una figura que hasta marzo se hallaba asociada al chavismo.

Ortega se ha transformado en una voz de disenso desde dentro de uno de los poderes del Estado; lo cual vuelve más transparente la manera en la que la disputa nacional se ha afianzado en el corazón mismo de las instituciones. Si esto se suma al estado de desacato en el que se encuentra la mayoría parlamentaria, el futuro próximo podría ver una mayor degradación o parálisis institucional.  

La evolución de la violencia hacia el ensayo insurreccional

Si bien debe reconocerse que hay una base de realidad desde la cual parte el descontento, ha tomado especial protagonismo la metodología violenta de grupos de choque en las protestas y “guarimbas”. Muestran una mayor capacidad de organización y acción que en el último ciclo de violencia producido en 2014.

Si bien en los medios de comunicación internacionales se ha representado la imagen de un movimiento de protesta civil y pacífica, llama la atención la coordinación de acciones simultáneas contra objetivos bien definidos: infraestructura relacionada con la provisión de servicios y alimentos, vías e intersecciones clave en la comunicación entre poblaciones y zonas productivas, instalaciones militares y policiales son objeto de incursiones en las que abundan las armas de fuego, caseras o convencionales.

Pese que para finales de mayo y principios de junio la mayoría de los focos de violencia parecen haberse contenido, abril y mayo fueron testigo del ensayo de un escenario insurreccional a pequeña escala con los copamientos de territorios en urbanizaciones como Los Teques y San Antonio de Los Altos (en los accesos sur de Caracas) o el intento de ocupación de la localidad barinense de Socopó a mediados de abril. Escenarios en los que hubo un intento abierto de expulsar al Estado y constituir zonas liberadas.

A la par de esto, resultan preocupantes los efectos que sobre la psicología colectiva está teniendo la promoción constante de la demonización del otro y el predominio de una lógica de guerra en el discurso social y político. El linchamiento y quema del joven Orlando Figueroa (que falleció a raíz de sus heridas el 4 de junio) acusado de chavista por su aspecto físico y por tener puesta una remera roja, en el contexto de una protesta opositora en la plaza Altamira de Caracas, grafica cruentamente los niveles de descomposición social que se están alcanzando.

De perpetuarse el empate político, cabe preguntarse si no veremos una escisión entre la política y el sentir de las mayorías, alimentándose mutuamente con el crecimiento de la apatía y la social; escenario  propicio para el predominio de la violencia.

La crisis impuesta sobre el país hace que sea muy difícil hoy poder imaginar cómo será su devenir. Pero, en medio de la incertidumbre, la certeza es que existe un acumulado del chavismo significativo que aún está por verse cómo se pondrá en juego. En la apropiación de la política por parte del pueblo donde reside en gran parte el legado de Chávez, y quizás una parte de la respuesta al interrogante que es Venezuela.

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