Venezuela, la madre de las batallas

Por: Julián Aguirre y Florencia Catelani, integrantes de la Brigada “Eva Perón” | 26 de abril de 2017

En las últimas semanas, se ha vivido un nuevo ataque de la derecha nacional e internacional, el intento de aplicación de la carta democrática en la OEA, el asedio mediático, las acusaciones de dictadura y “autogolpe”, la vuelta de las guarimbas. Desde Caracas, un testimonio de la disputa más importante de América Latina.  

Desde los últimos tiempos de Chávez, y especialmente desde su partida física y la asunción de Maduro como presidente, se han profundizado estos ataques e intentos de desgaste.

El último mes ha presenciado una escalada de la presión ejercida sobre la Revolución apuntando a dos vías: la desestabilización con miras al golpe y la imposición de elecciones adelantadas en un panorama negativo para el oficialismo. Un mismo objetivo: la salida prematura del gobierno encabezado por Nicolás Maduro como pie para acabar con 18 años de transformaciones sociales y construcción de poder popular.

No se trata de algo espontáneo, lo que sucede en Venezuela es parte de una estrategia de desgaste, una guerra de nuevo tipo digitada e impulsada desde el centro del Imperio, ya implementada en otros lugares, como Medio Oriente. Lo que se está desarrollando ha sido llamado “guerra de cuarta generación”. Sigue el manual de las “revoluciones de color” que se dieron en las ex repúblicas soviéticas; se trata de una agresión constante, con picos de actividad, que se despliega a nivel económico, comunicacional, diplomático, psicológico. Solo eventualmente hace uso de la carta militar. Busca atacar y hacerse con el control de la propia rutina de sus habitantes.

El ministerio de las colonias

La presión diplomática encontró su mejor conductor a través de la OEA. Esta organización ha asumido con ímpetu su rol de ser el martillo de la política exterior estadounidense. El secretario general de la OEA, Luis Almagro, junto a un grupo de países, asumió la tarea de aislar y sancionar a Venezuela.

Esta situación da cuenta del cambio de color político en la región. El sesgo político se vuelve evidente. No merecen mayor atención la ola de asesinatos de militantes y referentes sociales en Colombia; ni las protestas que llevaron al incendio del Congreso en Paraguay; mucho menos la débil situación institucional del ilegítimo gobierno de Michel Temer en Brasil. No, el problema, la enfermedad a desarraigar del continente, es Venezuela y su/nuestra Revolución Bolivariana.

El proyecto de una integración fundada en la soberanía de los pueblos de Latinoamérica se ha visto duramente golpeado en años recientes. Los gobiernos actuales de Brasil y Argentina se han sumado con entusiasmo al coro de países que carecen de una política exterior autónoma de los designios de Washington.

La canciller Malcorra ha hecho de “la cuestión venezolana” una de sus prioridades para la agenda exterior argentina, sacrificando toda perspectiva a largo plazo de soberanía política. Recién la victoria de Alianza PAÍS en el hermano Ecuador dio aire, y la compleja situación vivida por los gobiernos en la región da señales de que la arremetida de las derechas regionales no carece de fracturas.

Mejor no hablar de ciertas cosas

Como si volviéramos al escenario de 2002 o de las guarimbas de 2014, la derecha nacional e internacional encuentra en los medios de comunicación y redes sociales su arma de preferencia. Esto toma un giro cínico y perverso en la disputa mediática por la propiedad de la muertes ocurridas en estas semanas. Lo que se busca es reforzar aún más el convencimiento de sus propias bases sociales y conmover a las audiencias extranjeras con imágenes de “la brutalidad del régimen”.

Sirven de ejemplo los asesinatos de Brayan Principal (de 14 años) y Paola Ramírez (23), sucedidos el 11 y el 19 de abril, respectivamente. Ambas muertes fueron secuestradas para uso de la oposición. No importa si la propia comunidad a la que pertenecía Brayan, la Ciudad Socialista Alí Primera, se haya pronunciado señalando que el adolescente fue asesinado por balazos disparados por quienes estaban asediando la urbanización. En cambio, Paola se hallaba en las inmediaciones de una de las protestas. Posiblemente estuviese participando. Una bala disparada desde una moto le impactó en el cráneo. Inmediatamente se acusó a “los colectivos chavistas” y a francotiradores de la Guardia Nacional. No importó si los informes de balística y las investigaciones que siguieron dieran con el responsable: un empresario y militante del partido de derecha Vente Venezuela, dirigido por María Corina Machado. Nada de eso importa, la verdad de los hechos ya fue igualmente abatida, el shock ya fue logrado.

La derecha compensa sus fallos políticos apoyándose en el eco que los medios de comunicación producen en el exterior. Mientras en el centro de la ciudad no se oyen los disturbios, les basta con golpear en alguna arteria clave de la capital. Con captar la atención de la lente y del corresponsal oportuno consiguen lo que quieren: una postal de inestabilidad y caos.

Pese a todo esto, la oposición aún no consigue masividad, unidad y legitimidad suficiente para sus objetivos. No lograron generar el escenario que buscaban: una marcha masiva que llegara al centro de la ciudad. Esta promesa repetida e incumplida varias veces genera desgaste y resignación en su base social. En esa mezcla de desesperación y odio se encuentra la motivación de las guarimbas y su violencia.

Los ataques a edificios públicos, urbanizaciones del Plan Vivienda o el más reciente ataque contra el Hospital Maternal “Hugo Chávez” ejemplifican el rencor que mueve a los grupos de choque. El problema es el chavismo como fenómeno de protagonismo popular e igualación social. Los jóvenes enardecidos de clases medias y altas del Este de Caracas no requieren de los servicios de las clínicas que incendian, ni necesitan las casas que el gobierno ha construido. Estas materializan los logros del chavismo y son su objetivo.

Aunque podemos pensar que este sector aún no tiene la correlación de fuerzas para sacar a Maduro de la presidencia, tampoco podemos decir que están fallando rotundamente. Continúan avanzando en la generación de un escenario de desgaste, aplicando las recetas del Imperio en este nuevo tipo de guerra. Siguen las convocatorias a las protestas y no queda claro hasta cuándo podrán sostenerlas, ni qué estrategias tomará el gobierno para intentar buscar una salida. Una posibilidad es el llamado a elecciones.

El asedio

El gobierno ha intentado elaborar respuestas institucionales a los retos que le presenta la coyuntura. La economía ha mostrado señales de estabilización pese a no recuperarse por completo de la caída excepcional del petróleo. Estabilidad no significa normalidad.

Esto viene de la mano de un rico proceso de discusión y debates dentro del chavismo respecto de la orientación general, a mediano y largo plazo de la Revolución. Es un debate acerca de la perspectiva estratégica que involucra a cuadros políticos y administrativos del Estado, como a las organizaciones sociales y bases populares. Existen críticas respecto de cierta hegemonía de una orientación reformista, y una necesidad de reforzar la perspectiva revolucionaria, de profundización del poder popular y democracia protagónica. Lo que se ha llamado “chavismo salvaje” ha estado muy atravesado por un duelo aún no sanado por la partida del Comandante, y una desilusión respecto de los dirigentes del proceso. Hay sin dudas un gran desafío en la construcción de liderazgos que expresen valores éticos revolucionarios y una orientación que re-enamore nuevamente a este pueblo dispuesto a darlo todo por el legado que sembró Chávez.

Pese a las críticas y dificultades, lo que queda en claro para el chavismo, en sus distintas expresiones, es la necesidad de defender este proceso, lo cual implica en este momento de ataque imperialista defender el lugar de Maduro como presidente. Ningún debate respecto de los problemas propios puede hacer perder de vista el verdadero enemigo, verdadero responsable del asedio que vive la sociedad venezolana: el Imperio y sus expresiones en la derecha nacional.

Otro factor necesario a tener en cuenta, que ha permitido debilitar los intentos desestabilizadores de la oposición, es que las Fuerzas Armadas han mostrado ser uno de los pilares sobre los que se apoya la Revolución Bolivariana. Su composición social, el legado ideológico y personal del Comandante Chávez y su participación en el control y dirección de resortes clave de la economía y la administración pública hace de la FANB un componente íntegro del chavismo. Ningún gobierno podrá seguir sin su participación y en tanto la oposición se obstine en negar al chavismo, no logrará romper la cohesión del ejército. A ello se le suma otro factor del legado de Chávez: la Milicia Nacional Bolivariana, el pueblo en armas como reserva política y militar del poder popular.

El 19 en las calles

Si algo define al proceso político vivido en Venezuela en los últimos 18 años es la calle y su vida. Tanto la arremetida de la derecha como las respuestas del chavismo se dirimen en la disputa y apropiación del espacio público. Cada barrio, con sus colores y sonidos, sus eventos y murales, expresa la polarización y politización del país. Y ambos lados encuentran en la movilización de masas la oportunidad para demostrar su fuerza. Si hay un día de estas últimas jornadas que da testimonio de ello, ese fue el 19 de abril, la “madre de todas las marchas”. La MUD y el chavismo jugaron su gran apuesta.

Pese a los golpes sostenidos, el 19 confirmó que hay un pueblo que no confunde la vereda sobre la cual pararse. Aun si las respuestas del gobierno no se hallan a la altura de las expectativas; aunque ni Maduro ni ningún referente popular logre llenar el vacío dejado por Chávez y su rol como pedagogo, comunicador, estratega y líder moral de la Revolución; si bien el desabastecimiento y la guerra económica golpea el día a día del bolsillo y el estómago, existe no obstante un convencimiento, un piso firme de conciencia acerca de los logros y retos que enfrenta el proceso bolivariano. Cimentado en el protagonismo popular y la reivindicación de un pueblo negado por siempre.

El chavismo ha salido a las calles como no se veía desde tiempos de Chávez. Masividad y alegría como defensa de un proyecto. La alegría, el color, la música expresan que el chavismo más allá de su rostro institucional es un sentir popular mestizo, obrero, femenino, juvenil, al igual que reparación histórica, es identidad y calle, rancho y barrio.

La pregunta que queda abierta aún es si este puede ser un momento bisagra para el país, para la Revolución Bolivariana y el socialismo del siglo XXI. Si acaso existe una posibilidad de renovar los aires, rectificar la orientación del proceso en un sentido de profundización; o si la derecha logrará avanzar con su estrategia de desgaste hasta obtener por algún medio el poder político, teniendo en cuenta que en ese caso tampoco les será fácil la gobernabilidad. De lo que no quedan dudas es que el escenario es de disputa, y lo que hoy está en juego en Venezuela es definitorio para el destino de las luchas de nuestros pueblos en el continente, y del socialismo como horizonte en este mundo convulsionado.

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